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Prefacio del editor a la edición inglesa

En 1994, nuestro amigo y colega Héctor Horacio Manzolillo, prolífico traductor profesional, nos presentó dos volúmenes de la publicación académica Epimeleia, los cuales contenían el artículo “El islam shiíta: ¿ortodoxia o heterodoxia?” Nos preguntó si podíamos traducirlo del español al inglés. Para ese entonces había completado la licenciatura en la Universidad de Toronto y estaba a punto de empezar mis estudios de postgrado. Los argumentos presentados por Luis Alberto Vittor me impactaron profundamente y aprecié la contribución académica que constituía su trabajo, pero rechacé el pedido debido a la falta de tiempo, a la vez que aseguré a ambos que efectuaría esa traducción en algún momento en el futuro.

Fue sólo en el verano de 2004, diez años después de la publicación del artículo original, que estuve en condiciones de dedicarle tiempo a la traducción del trabajo en cuestión, luego de haber completado la maestría y el doctorado en el año 2000 y conseguir el cargo de Profesor Asistente de Lenguas Modernas en la Park University de Kansas City en el año 2001. Me llevó varios años asentarme, académica y financieramente, antes de poder dedicarle tiempo a la traducción del artículo. Fue así que en el verano de 2004 le informé a Luis Alberto Vittor, desde 1994 amigo íntimo y colega, consejero espiritual y mentor académico, que estaba listo para poner manos a la obra con su escrito.

Debido a la naturaleza específica del trabajo, sentí la necesidad de agregar extensas notas para hacerlo más accesible a los neófitos. Este aporte fue reconocido como imprescindible por el propio autor quien, en distintas comunicaciones personales, nunca cesó de considerar mi trabajo como un complemento necesario al suyo. Si bien el erudito en islam, el filósofo musulmán o el intelectual podría comprender aquello a lo que alude el autor, a otros se les habría hecho muy difícil, sin el auxilio de una anotación que amplie los profundos significados y los precisos conceptos de orden metafísico expresados por el autor.

Es por esta razón que creí necesaria la tarea de acrecentar en gran medida cada renglón, párrafo, oración o capítulo. En consecuencia, lo que se suponía iba a ser un pequeño proyecto de verano, se transformó en un inmenso esfuerzo de varios años de duración, lo que llevó a que el escrito se convirtiese en un libro substancioso.

La traducción El islam shiita: ¿ortodoxia o heterodoxia? de Luis Alberto Vittor, quedó finalmente completada, con una gran cantidad de notas explicativas. Luego de ser revisada por varios eruditos islámicos, incluidos el Dr. Likayat ‘Ali Takim, el ḥujjat al-islam shaykh Feisal Morhell, el arabista argentino Prof. Lic. Gustavo César Bize y sayyid Muḥammad Rizvi, fue acogida favorablemente por el señor Muḥammad Taqi Anṣariyan. La mayoría de los académicos que la leyeron, reconocieron que su valor reside en el hecho de ser el primer estudio erudito que se ocupa de la polémica entre sunnitas y shiitas desde una perspectiva metafísica y esotérica, a la vez que provee una crítica general del orientalismo occidental.

Las observaciones que hace Luis Alberto Vittor al orientalismo occidental están ampliamente justificadas y, ciertamente, no es el primero en plantearlas. Como es bien conocido, Edward Sa‘id condenó categóricamente al orientalismo al denunciar que servía a fines políticos. Efectivamente, el orientalismo fue usado para justificar el imperialismo europeo en la etapa colonial. También es cierto que en la actualidad sirve para respaldar los intereses norteamericanos y sionistas en el mundo musulmán. De todos modos, en las declaraciones de Sa‘id hay una generalización excesiva. Los errores cometidos por algunos orientalistas no son necesariamente maliciosos. Muchos, simplemente, tenían una visión limitada porque, como bien ha visto el propio Vittor, nunca se liberaron de sus prejuicios al analizar a otros. También Bárbara Castleton lo ha observado y señalado con toda precisión:

Debería recordarse que la gente sólo puede mirar algo desde la perspectiva de su propia experiencia. Aunque Toqueville manejó un brillante análisis de Norteamérica después de haber estado aquí sólo seis meses, esta no es la norma. De todas maneras, reconoció que escribía como observador. Un orientalista, arabista o islamólogo, nunca puede hacer un aporte fehaciente y certero sobre una cuestión a la que sólo observa.

Para algunos eruditos, el islam es como un océano, al que exploran desde la costa. Pueden mojarse los pies o chapotear enérgicamente en la playa, pero nunca llegarán a meterse en el mismo y nadar en sus aguas profundas. Nunca se alejarán de la costa ni experimentarán la agitación o vórtice que produce el introducirse mar adentro. Así y todo, muchos de estos orientalistas han hecho importantes contribuciones al campo de los estudios islámicos.

Vittor no niega tales aportes ni pone en duda la probidad intelectual de los orientalistas bien intencionados. Por esta razón menciona con respeto a quienes son dignos de su admiración. Sólo somete a su crítica a aquellos otros que, despreciando aquel fenómeno religioso que es objeto de su estudio, se comportan de manera arrogante, insolente y abiertamente hostil a la fe islámica. Estos últimos no se han metido nunca en el océano del islam. En vez de revelar sus riquezas y beber de su pureza primitiva, se ubican al margen del mismo, lo contaminan y buscan, sin éxito, enturbiar sus aguas.

Si bien el libro de Luis Alberto Vittor, en su versión inglesa, fue calurosamente recibido y elogiado por importantes eruditos shiitas del mundo islámico tanto como por algunos especialistas académicos occidentales objetivos e imparciales de Argentina, Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y España, sabemos que eventualmente podría ser deliberadamente ignorado o censurado por quienes, rubricando el silencio de los conspiradores y deshonestos, trabajan para impedir que sea difundida una obra que hace manifiesta una verdad que se revela o se hace evidente a sí misma ante el escrutinio de cualquier investigador imparcial y objetivo que revise críticamente la historia del islam a la luz de sus propios testimonios orales y documentos historiográficos.

Situándonos en este terreno hipotético, desde el que estamos adelantando, imaginamos cuáles podrían ser las posibles actitudes o reacciones de aquellos que continúan empeñandos en mantener juicios condicionados para estudiar el islam shiita según parámetros culturales y conceptos prejuiciosos que favorecen sus intereses y satisfacen sus necesidades egoístas.

Conocemos muchos ejemplos de investigadores que, dando una ejemplar muestra de disciplina académica y conciencia íntegra, escribieron obras importantes que por su independencia intelectual se vieron relegados y marginados por la propia comunidad académica que, por el contrario, tendrían que haberlos recibido con honores por alguna contribución al trabajo científico.

Conociendo muy bien la naturaleza de esta obra no podemos albergar muchas esperanzas que ésta sea del agrado de aquellos orientalistas oficiales que buscan condicionar juicios sobre el islam shiita para predisponerlos a favor de la aceptación de sus propias tesis, muchas veces a contracorriente de sus fuentes, que invariablemente suelen ajustarse a los criterios culturales y políticos de los gobiernos centrales que representan y asesoran.

Como arabista y orientalista, el autor de la obra que comentamos evidencia una competencia y una idoneidad de investigador que no va a la zaga de ningún orientalista oficial, ya que como hemos tenido ocasión de comprobarlo, al revisar críticamente sus fuentes primarias y secundarias, sus conocimientos del pensamiento, la cultura y las lenguas islámicas son de primera mano y, debemos confesar, que controlar su trabajo ha sido un esfuerzo exigente y ciclópeo.

Pero supongamos, sólo por un momento, sin salirnos nunca del terreno de lo hipotético, que la obra estudiada suscitara alguna objeción crítica de algún académico, ¿qué es lo que podría echar en falta? Posiblemente, si el propósito es restarle méritos académicos, lo primero que harían sería levantar sospechas sobre su honestidad intelectual o suscitar dudas entre los expertos que no han leído la obra tocante a una falta de objetividad por parte del autor por emitir juicios no condicionados sobre el islam shiita que están en desacuerdo con los juicios condicionados aceptados como válidos por el orientalismo oficial. Aunque pueda parecer paradójico, tales orientalistas podrían objetar la validez de una investigación sólo porque no aprovecha el estudio del islam shiita para sus propios fines e intereses corporativos.

Y es que el autor, en vez de hacer causa común con el orientalismo oficialista, ha elegido el camino más difícil y seguro de investigar al margen de las imposiciones académicas que, como es sabido, exige de los sabios oficiales aunar esfuerzos para reforzar el espíritu de cuerpo que sirve de identidad colectiva al grupo de pertenencia, lo que implica, por supuesto, que no se tenga en consideración ninguna contribución hecha por ningún investigador que desee mantenerse al margen de las componendas académicas oficiales.

Todo aporte, por más importante y significativo que fuere, como de hecho es la obra comentada, debe ignorarse deliberadamente, fingir que no se la ha registrado ni tenido en cuenta, a fin de que no emerja a la luz. Sin embargo, la obra de Vittor, ha surgido por efecto de sus propios méritos y ya se ha situado en la consideración de importantes miembros de la comunidad académica del mundo islámico que no han dudado en incluirla en sus curriculas.

El hecho de que una obra sobre el islam shiita haya sido aprobada y aceptada por distintos especialistas islámicos del Oriente Medio debe hacernos reflexionar sobre su importancia como material bibliográfico para estudiar cómo es visto el shiismo por los ojos occidentales desde el punto de vista crítico de un investigador occidental serio y honesto.

Debemos dejar bien en claro que el autor no es antioccidental por criticar los excesos y deficiencias de las políticas culturales occidentales. Su reacción es la que cualquier persona honesta asume ante cualquier forma de atropello a la dignidad humana, sin importar si es occidental u oriental. Hay orientales de orígen islámico, como Salman Rushdie o Taslima Nasrin, que pueden considerarse antiislámicos por sus posturas favorables hacia Occidente. Sin embargo, ningún occidental les ha acusado de antiorientalismo por escribir libros ofensivos en contra del islam, sino que, por el contrario, hasta se les ha premiado otorgándoles títulos de nobleza y rendido honores académicos.

A Vittor no se le ha premiado otorgándole títulos de ninguna clase ni rendido honores académicos en el mundo islámico por ser fiel a una conciencia académica íntegra que no claudica ante la exigencia de exponer la verdad que surge de las mismas fuentes estudiadas, sobre todo, si dichas fuentes no son shiitas, sino sunnitas, razón por la que su objetividad queda salvaguardada al haber sabido demostrar por medio de las evidencias aportadas por las fuentes tradicionales de la escuela mayoritaria la legitimidad del reclamo milenario de la minoría islámica. Por el contrario, es un mérito de alcances extraordinarios, que coloca a nuestro autor en una línea de investigadores precursores que se aventuran solitarios por caminos que no han sido trillados.

Por lo general, lo hemos visto muchas veces a lo largo de nuestra experiencia académica, quienes defienden un punto de vista que no está condicionado por juicios y prejuicios sobre el islam shiita, vale decir, que no está sancionado ni validado por el orientalismo oficialista, se expone al riesgo de ser tachado de parcial y subjetivo porque escribe e investiga desde un ángulo de visión que es solidario con el punto de vista doctrinal de la perspectiva espiritual shiita y además, sin asumir una actitud partidaria, asume una posición revisionista por la que pretende hacer justicia a quienes acusan al islam shiita de cismático y heterodoxo.

Puede resultar irónico que los investigadores que enfocan el estudio del islam shiita, desde una perspectiva que no está condicionada por los prejuicios de sector, sean acusados de parciales y subjetivos por quienes se esmeran por ahogar las voces discordantes o los otros tañidos de la campana, haciendo gala de una parcialidad y subjetividad todavía mucho más cuestionable. Por todas estas razones, pensamos que la obra comentada puede considerarse como una continuación natural y una confirmación de aquellas intuiciones centrales de Edward Said sobre el orientalismo, a saber: que el Otro sobre el que proyecta sus prejuicios occidentalistas el orientalismo debe por definición permanecer silencioso, asumiéndose como alguien incapaz de hablar y producir conocimiento por sí mismo o sobre su misma fe o su misma cultura.

Si se condena la obra de Vittor es porque, al igual que la obra de Edward Sa‘id, ha tocado cuerdas muy íntimas y resortes muy ocultos en la actividad de los orientalistas oficiales que se sienten desenmascarados y puestos al descubierto. Si la fundamental obra de Sa‘id ha sido tan prodigiosamente comentada, criticada, desechada, difamada, tergiversada, malinterpretada, e insinuada, pretendiendo ignorar deliberadamente que su esfuerzo constituía un gran avance epistemológico, conceptual y filosófico, seríamos ingenuos si esperásemos una distinta reacción académica del orientalismo oficial ante una obra que no la desmiente, sino que la confirma, verifica y continúa.

Quienes escatimaron elogios a la obra de Sa‘id no arrojarán flores a la obra de Vittor, por el contrario, es de esperarse que se la incluya en una suerte de índice inquisitorial como un libro prohibido.

Cientos de cartas recibidas a lo largo de nuestra relación epistolar nos permite afirmar que el autor jamás ha trabajado con la expectativa de recibir alguna suculenta recompensa ya que, desde los mismos inicios de su investigación, tuvo conciencia que la empresa era sumamente riesgosa porque no solamente desafiaba la posición oficial del corporativismo académico sino, mucho más, a los poderes políticos centralizados de Occidente que, precisamente, promueve y favorece los juicios condicionados de los Orientalistas oficialistas porque convalidan y refuerzan sus propias tesis de conflicto entre culturas o civilizaciones.

¿Quién en su sano juicio puede dudar que investigadores de esta estirpe o linaje pertenecen a una línea de intelectuales comprometidos que, lo mismo que El Quijote, desafían solitarios y heroicamente a los poderosos molinos de viento de la globalización transformados en amenazantes gigantes para toda la humanidad?

La obra de Vittor, al igual que la de Sa‘id o la de Guénon, pertenece a ese tipo de libros que tienen la virtud de iluminar aspectos muy ocultos y crear conciencia en sus lectores, haciéndoles evidente lo que no era visiblemente apreciable a primera vista, razón por la que, con intención descalificadora, algunos quisieran verla reducida a la categoría de un mero “resentimiento cultural” o un “pesimismo filosófico.”

Por consiguiente, es imperativo mostrar el valor intelectual de este trabajo comenzando por prevenir al lector sobre el uso tendencioso de todas las caricaturas y los estereotipos que se han aplicado a la obra de Sa‘id, para negar así que hay investigadores que no necesitan medrar en torno a los centros de poder para ser capaces de realizar un trabajo pionero, incomparable, irremplazable y también singularmente inimitable.

Precisamente, el gran mérito intelectual del crítico cultural argentino, es haber sabido continuar con la labor desinteresada de desnudar la hipocresía de algunos orientalistas oficialistas a las órdenes de los gobiernos dominantes a los cuales sirven como asesores académicos o fabricantes de ideas (think tanks) instalados en grandes despachos como si fueran funcionarios políticos, de hecho lo son, aunque no reivindiquen este rango, sino el de investigadores universitarios. Esto solo es suficiente para colocar a este libro a la par de otras obras magistrales escritas por críticos culturales de Occidente que suman su calidad de investigadores y escritores a la de observadores agudos y atentos de los hechos internacionales como lo son René Guénon, Edward Sa‘id, Hichem Djaït, Mary Louise Pratt, Aḥmad Ghurab, Ranajit Guha o Noam Chomsky, entre otros.

Cuando se quiere desacreditar a un autor cuyas tesis responden a juicios no condicionados sobre el objeto de su estudio, hay por lo general, medios y tácticas que se emplean con el propósito de neutralizar sus efectos y su influencia en otros investigadores, sobre todo más jóvenes, de la misma comunidad académica. Una de estas tácticas, como dijimos, consiste en relativizar el valor de su aporte, señalar fallas técnicas -que si existen en nada invalidan la tesis expuesta-, cuestionar la objetividad del enfoque o la pertinencia metodología del autor. Uno de los puntos más vulnerables, sin dudas, sería el manifiesto propósito del autor de evaluar la legitimidad de la posición shiita –en todas sus dimensiones metafísicas y esotéricas–, desde un ángulo de simpatía con la perspectiva tradicional de los autores orientales.

La propia obra de Guénon fue objeto de esta fuerte crítica porque no se la encontraba ajustada a las metodologías científicas más al uso académico. Este no es el caso de la obra de Vittor, nos apresuramos a señalarlo, ya que los distintos colegas que han intervenido en el control y revisión técnica de su trabajo, tanto argentinos, norteamericanos, canadienses, árabes, persas y pakistaníes, han emitido juicios críticos positivos que rayan en la admiración intelectual de un especialista que conoce muy bien el objeto de su estudio y los medios metodológicos para observarlo y analizarlo.

Entre ellos nos ha tocado a nosotros la tarea de controlar y revisar técnicamente sus fuentes que son irreprochables pues, como dijimos, son mayoritariamente sunnitas, punto a favor para desarticular enseguida la imputación de parcialidad y falta de objetividad ya que ha probado la legitimidad del reclamo shiita con las pruebas aportadas por la escuela tradicionalmente rival.

Si el autor hubiera usado, para demostrar la validez de sus tesis, únicamente las fuentes shiitas, prescindiendo de las fuentes sunnitas, sería difícil demostrar imparcialidad y objetividad. Sin embargo, como hemos dicho, procedió de un modo totalmente inusual en el medio académico occidental, he aquí el indudable aporte, el mérito indiscutido y el valor agregado de su contribución.

Pocos autores, aun teniendo el mismo manejo de fuentes y lenguas islámicas, han querido o podido ver claramente lo que Vittor nos muestra con transparencia y precisión. Su labor construye desconstruyendo o demoliendo las artificiosas construcciones terminológicas y conceptuales de los orientalistas oficiales y de los fabricantes de ideas (think tanks) al servicio de los gobiernos centrales de Occidente.

El análisis de cada término y cada concepto es irreprochable, de una enjundia intelectual envidiable pues sabe extraer todas las consecuencias de sus premisas al mismo tiempo que demuestra la inanidad de las falacias lógicas utilizadas tendenciosa y arbitrariamente por quienes reemplazan la objetividad científica por la subjetividad ideológica aun cuando la sostengan con artificios de escuela.

Habrá quienes, seguramente, dirán que asumir una posición que se alinea en la perspectiva de un punto de vista tradicional, a comienzos del siglo XXI, va a contracorriente de la modernidad, sería una manera amable de decirle que visión es retrógrada o conservadora porque se ajusta más a la mentalidad del islam. Podrían objetarle también que este libro estaría mejor dirigido a musulmanes occidentales antes que a los especialistas académicos, se evitaría así reconocerlo como un trabajo erudito apuntado hacia el sector de estudiosos y expertos oficiales.

Hagamos notar al lector que si Luis Alberto Vittor hubiera afirmado que el islam shiita es una creación persa, que el Corán es obra nacida de la inspiración poética de Muḥammad, vale decir una obra de creación humana antes que fruto de una revelación divina, un cuerpo de creencias y preceptos copiado de las escrituras hebreas y cristianas y que las tradiciones proféticas son sólo leyendas, su libro habría sido difundido como un trabajo ajustado a las exigencias académicas del orientalismo oficial y, en consecuencia, se habría considerado su trabajo como digno de recibir generosas subvenciones estatales y privadas para que prosiga sus estudios. Incluso, eventualmente, podría haber sido considerado para ocupar una cátedra prestigiosa de estudios islámicos o para servir como consultor del algún organismo gubernamental u observatorio internacional sobre fenómenos religiosos y políticos relacionados con el mundo islámico.

Pero al situarse en la misma posición de críticos culturales como Guénon, Sa‘id, Chomsky, Ghurab, entre otros, se ha colocado del lado políticamente incorrecto, justo en aquel frente de pensadores de vanguardia que son los primeros que algunos orientalistas oficiales están ansiosos por atacar, porque se atreven a estudiar el islam shiita seria y objetivamente, pero lo que en ellos pueden encontrar criticable rara vez será objeto de crítica para evaluar las perspectivas pro-cristianas, pro-sionistas o pro-baha’i de sus más distinguidos colegas.

Tal vez algunos orientalistas hasta desestimen sus tesis por simpatizar abiertamente con la posición shiita y haber producido una obra que resultará un serio escollo superarla ya que se erige con la firmeza inconmovible de una roca que no obstaculiza el camino recorrido, por el contrario, si sitúa al costado del mismo como un hito o piedra miliaria que señala la dirección correcta.

Sería deseable que los jóvenes investigadores musulmanes shiitas, árabes, persas y pakistaníes, tomasen este libro como una guía imprescindible ya que, al ser su autor, un escritor occidental con mucha sensibilidad oriental, les permitirá adquirir una visión amplia de cómo deben llevarse las investigaciones sobre el islam shiita o el islam en general para presentarlos de una manera adecuada ante la consideración del público occidental que es mucho más receptivo a las posiciones abiertas y objetivas que a las posturas cerradas y subjetivas que en su afán de traer agua limpia para su cántaro, ensucian el cántaro de quienes no beben la misma agua.

Como especialistas académicos occidentales podemos sostener con la autoridad de nuestra propia experiencia que las posiciones extremistas, por otra parte ajenas a la tradicional posición de moderación de los santos imames, no resultan simpáticas y provocan rechazo en el público occidental que, con toda razón, se aleja de los exaltados en lugar de acercarse a ellos.

La obra comentada es distinta a todo lo que se ha escrito en Occidente por la sencilla razón que no solo toma en cuenta los hechos concretos de la historia reciente, con aguda perspicacia sociológica, sino que también considera aquellos datos históricos que son contemporáneos a los mismos comienzos del islam, no sólo porque están sólidamente fundamentados, sino convalidados por los datos tradicionales (Corbin les llamaría metahistóricos) de orden metafísico aportados por las tradiciones orales de los Santos Imames, los guías espirituales por excelencia.

Cualesquiera que fueren las objeciones que pudieran levantarse sobre este uso de datos tradicionales en una obra de erudición académica, nos permitimos recordar que este tipo de fuentes y datos ya no son desdeñados por las nuevas generaciones de islamistas y arabistas que, desde Henry Corbin hasta Christian Jambet o Seyyed Ḥossein Naṣr, los consideran como dimensiones esenciales para una investigación toda vez que enlazan lo inteligible con lo sensible.

Pareciera que hay una suerte de consenso acerca de que el islam debe ser estudiado sólo por no musulmanes o por investigadores que no escriban sobre el islam desde un ángulo de simpatía. Si fuese así, ciertamente se trataría de usar con los musulmanes un extraño doble rasero, pues aunque la mayoría de los eruditos sobre el judaísmo son judíos, y la mayoría de los eruditos sobre el cristianismo son cristianos, es prácticamente improbable escuchar que se critique a algunos de ellos por escribir desde un punto de vista tendencioso o de simpatía con su propia fe.

No requiere mucho esfuerzo encontrar orientalistas responsables de lecturas reduccionistas de la fe islámica. Tomemos, por ejemplo, la actitud del islamólogo católico Padre Félix María Pareja, quién dijo que “el islam es la religión de la espada.” Si un académico musulmán dijera que la cristiandad es la religión de las cruzadas, la inquisición y el genocidio, los eruditos occidentales nunca dejarían de rasgarse las vestiduras y clamar al cielo su justificada indignación. Dios no permita que un académico musulmán se atreva a decir que el judaísmo es hoy día una religión impregnada de sionismo, vale decir, de una ideología secular y moderna ajena al legado tradicional del profeta Moisés, pero afín ahora al espíritu mundano del colonialismo judío que perpetra contra los palestinos los mismos crímenes de lesa humanidad que han sufrido los propios judíos en manos de los nazis, ya que, al igual que sus antiguos perseguidores, el sionismo, en nombre del Judaísmo, es impulsor de los campos de concentración palestinos, de Dayr Yasin y de Ṣabra y Shatila, así como de la expulsión masiva de musulmanes de sus tierras. Sin embargo, las palabras del padre Pareja no sólo no son denunciadas por los eruditos religiosos occidentales, sino que son citadas, en cuanto manual o artículo académico se escriba sobre el islam sin que nadie se ocupe o preocupe de cuestionarle su evidente falta de objetividad.

Los orientalistas occidentales, en vez de cuestionar el saber producido por los eruditos musulmanes, deberían considerar criticar a arabistas como Miguel Asín Palacios, Félix María Pareja u otros del mismo estilo. Es cierto que hoy día son numerosos los arabistas que admiten abiertamente que el enfoque de Asín Palacios está superado y viciado de prejuicios. Y entre ellos pueden citarse a algunos discípulos y epígonos como Luce López Baralt o Miguel Cruz Hernández, entre otros distinguidos investigadores académicos de indudable calidad intelectual. Pero, paradójicamente, continúan usando su trabajo como precedente sustantivo a pesar de su afirmación de que el sufismo no es más que una forma cristianizada de islam. Si la tesis es incorrecta, también lo es el argumento que lleva a ella y debe ser descartado.

La difusión alcanzada por las incoherencias de los filósofos occidentales ha llevado a que Alan Sokal y Jean Bricmont hablen de “imposturas intelectuales” que se apoyan en la verborrea para cubrir sus deficiencias argumentativas. Desafortunadamente, algunos orientalistas occidentales permanecen “esclavos de viejas ideas,” imposibilitados de apreciar el valor de trabajos escritos con libertad académica.

No obstante sus acusaciones de subjetividad, es difícil que los orientalistas occidentales presenten una crítica valedera sobre este trabajo, que es objetivo y riguroso epistemológica y metódicamente. Aunque puede tener algunos puntos débiles admitidos y reconocidos por el propio autor como, por ejemplo, el enfocarse sólo en ciertos aspectos del tema debido a las limitaciones de tiempo y espacio, ello no invalide el texto en su conjunto. Eso sería como descartar un traje Armani porque la costurera dejó pasar un pequeño detalle de hilvanado en la tela del forro. Finalmente, lo que más molestará a algunos orientalistas es que se trata de un estudio científico realizado en el marco de la fe islámica, sin caer en posturas tendenciosas o en intentos proselitistas.

Eruditos como Edward Sa‘id, Aḥmad Ghurab y Luis Alberto Vittor no son antiorientalistas ni propagandistas de la causa islámica, si bien algunos pueden considerar desagradable sus juicios críticos. No pretenden destruir a los orientalistas occidentales ni se proponen realizar un programa misionero. Por el contrario, la fuerte y profunda crítica cultural que realizan está encaminada a señalar importantes errores metodológicos en el abordaje del islam. Es un llamado que, alejado de ambiciones políticas y económicas, sólo apunta a servir a los verdaderos estudiosos al servicio de la ciencia.

Para Edward Sa‘id, Aḥmad Ghurab y Luis Alberto Vittor la investigación académica y la metodología científica deberían ser ante todo legítimos y valiosos medios de reconciliación cultural, de acercamiento y mutuo conocimiento entre Oriente y Occidente, más que instrumentos concebidos para la dominación colonialista, la implantación de políticas imperialistas basadas en la subalternidad del musulmán, la subestimación y el desprecio del Otro.

De acuerdo con Sa‘id, Ghurab y Vittor, algunos temas son venerables, es decir, se los puede estudiar científica y críticamente pero siempre con una actitud de respeto y tolerancia. Se trate del hinduismo, el taoísmo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo o el islam, todas las tradiciones religiosas merecen ser estudiadas sin que se las menosprecie, se las mancille o se las humille. Esto se aplica, igualmente, a cualquier discusión sobre el islam shiita, estigmatizado como sectario y heterodoxo, debido a la opinión de los orientalistas que aplican al islam los mismos rótulos o marbetes con que clasifican los fenómenos religiosos de Occidente. Muchos de estos orientalistas hacen caso omiso, desvergonzadamente, de la etimología del término, y equiparan shiismo con cisma, alegando que el término shi‘ah significa “secta,” cuando en realidad significa “seguidores” o “partidarios.” Esta tergiversación del lenguaje árabe y de la realidad islámica fue impugnada por J. Spencer Trimingham hace casi cuarenta años:

En el pensamiento occidental la “secta” es considerada un grupo que se ha separado de la comunidad religiosa madre a causa de diferencias de enfoque. Con este criterio, el shiismo no es una secta en sus orígenes, pues es una de las dos ramas que brotan directamente de la corriente islámica principal del islam. Y cada una de ellas sigue interpretaciones diferentes, que se cristalizan en doctrinas acerca de los orígenes y del ordenamiento de la sociedad islámica. (79)

Claramente, en el islam no existe solamente la corriente sunnita, de la cual nacen, como arroyos, sectas heréticas, que luego desaparecen, para decirlo en un lenguaje simbólico, en las arenas de la infidelidad y la herejía en vez de alcanzar el mar de la eternidad. Sin duda, el islam es un árbol eterno. Sus pilares son las raíces, la shari‘ah es su tronco, las distintas interpretaciones sus ramas y sus seguidores las hojas que se renuevan en el curso de las estaciones del año.

De todos modos, el diálogo entre sunnismo y shiismo ha estado lejos de ser poético, ecuménico y fraternal. Los expertos en este campo son concientes de que el debate entre sunnismo y shiismo ha provisto un extenso corpus de literatura polémica. La argumentación shiita en la materia se caracteriza por su carácter académico. Sin embargo, la de los sunnitas y más particularmente la de los salafitas, se caracteriza por una actitud que es divisionista y destructora de la unidad islámica. En el mejor de los casos, quienes se manifiestan en contra del shiismo están mal informados y tergiversan las enseñanzas de los doce imames. En el peor de los casos, en su afán de caracterizarlo y presentarlo como una herejía, lanzan acusaciones contra el islam shiita basados en documentos dudosos, fábulas y argumentos antojadizos.

Entre los heresiólogos y polemistas sunnitas clásicos se incluyen Abu al-Hasan al-Ash‘ari (fallecido en 935-6), Abu al-Muẓaffar al-Isfara’ini (fallecido en 1078-79), Abu al-Qaṣim ‘Abd al-Waḥid b. Aḥmad al-Kirmani (fallecido en 1131), Abu al-Faraj ‘Abd al-Raḥman ibn ‘Ali ibn al-Jawzi (fallecido en 1201), Shahrastani (fallecido en 1135) y Mu‘i al-Din Mizra Makhdum (fallecido en 1587). Entre los más modernos se incluyen Aḥmad b. Zayni Dahlan (fallecido en 1886), un mufti shafi‘i de Makkah y Musa Jar Allah (fallecido en 1949). A finales del siglo XX y principios del siglo XXI, los salafitas primero y los sunnitas que observan posturas extremadas después, se pusieron al frente de la producción de folletos polémicos antishiitas. Los más notorios de entre ellos son Aḥmad al-Afghani, sayyid Abu al-Ḥasan Nadvi, Abu Aminah Bilal Philips, shaykh ‘Abd al-Raḥman Dimashqui, shaykh Yaḥya Silmi al-Saylani y shaykh Faisal. Algunas de estas personas, como Bilal Philips, converso canadiense de origen jamaiquino que representa a los salafitas prosaudíes, ha sido financiado por el establishment saudita. Otros, como el shaykh ‘Abdullah al-Faisal, converso jamaiquino conocido anteriormente como Trevor Williams Forrest, representa a los salafitas antisaudíes. Actualmente se encuentra en prisión en el Reino Unido, pues fue condenado a nueve años de reclusión en 2003 por incitación al asesinato. En su defensa, explicó que lo que él predicaba era “lo mismo que se enseñaba en la Universidad Islámica Imam Muḥammad ibn Sa‘ud, en Arabia Saudita” y que “todas mis enseñanzas las tomo del Corán y de Arabia Saudita” (Gillan).

Acusar a los musulmanes shiitas de “herejía” como lo hacen muchos salafitas, es ser juez y parte. Es bien conocido entre los musulmanes que la ley islámica prescribe la pena de muerte para los herejes y los apóstatas. Por supuesto, no todos los autores son tan artificiosos como para llamar a los shiitas herejes y quedarse lo más tranquilos. Aḥmad Shah Maṣ‘ud de los mujahidin afganos y de la Alianza del Norte, el fundador del Hezb-i Islami Gulbbuddin Hekmatyar, Mulla ‘Omar de los ṭaliban, Usamah ben Laden, Ayman al-Ẓawahiri y el recientemente fallecido Abu Mus‘ab al-Zarqawi de al-Qa’idah, han abogado abiertamente por el asesinato, en tanto declaran que los shiitas son peores que los infieles, y que verter su sangre es ḥalal. Libros como Talbis Iblis, (El engaño shiita demoníaco), sitios de la web extremistas y panfletos antishiitas, son usados a menudo para incitar a fanáticos ignorantes a acciones terroristas o de violencia destructora, individual o colectiva. Las masacres de musulmanes shiitas en Afganistán, Pakistán e Irak, son, en parte, el resultado de esta propaganda antishiita. Los responsables de alentar y cometer estas atrocidades, son verdaderos terroristas con las manos manchadas de sangre inocente.

En muchas naciones occidentales, como Canadá, existen leyes contra la literatura que fomenta el odio racial o confesional. Es hora de que los defensores de los derechos humanos, demanden su aplicación, pongan coto a la propaganda en contra de los shiitas, prohíban su diseminación y exijan que se sancione a quienes la impulsan. Si Canadá, los Estados Unidos y otras naciones prohíben que el revisionista del holocausto David Irving ingrese en sus territorios, seguramente también pueden hacer extensiva esa prohibición a los extremistas salafitas.

En los últimos cincuenta años, la familia dirigente y gobernante de Arabia Saudita ha adoctrinado a millones de musulmanes con la ideología wahabita a través de sus universidades islámicas en el país y de instituciones del exterior asociadas, a través de sus casas editoriales y a través de su red de organizaciones islámicas y mezquitas. La gran mayoría de éstas en Norteamérica están controladas por la Sociedad Islámica de Norteamérica (ISNA), “órgano oficial” de los salafitas sauditas en el mundo occidental. Frank Gaffney, fundador y presidente del Centro para la Política de Seguridad en Washington y antiguo Secretario Adjunto de Defensa para la Política de Seguridad Internacional, bajo la presidencia de Ronald Reagan, revela:

La Sociedad Islámica de Norteamérica (ISNA) fue establecida por la Asociación de Estudiantes Musulmanes con dinero de Arabia Saudita y es un frente para la promoción de la infraestructura política, doctrinal y teológica de dicho reino en los Estados Unidos y Canadá. Durante cinco años ha buscado marginar a los líderes de la fe islámica que no apoyasen la tendencia “islamofacista” de los wahabíes, a la vez que por medio del patrocinio de mezquitas y de la propaganda al efecto se fijó como objetivo manejar el islam en América del Norte eventualmente. Se estima que de unas 2.500 mezquitas en este continente, 1.100 reciben material de adoctrinamiento provisto por la ISNA. Valiéndose de un grupo subsidiario – Fideicomiso Islámico de Norteamérica (NAIT)– fundado por el gobierno saudita para financiar empresas islámicas en EE.UU., posee los títulos de propiedad –en calidad de garantías hipotecarias– del 50% - 79 % de dichas mezquitas. A través de este dispositivo ISNA ejerce influencia ideológica y teológica sobre lo que se predica y enseña en esas instituciones y escuelas.

El dinero del petróleo saudita ha diseminado tanto el salafismo, al punto que gran parte del sunnismo se integró al mismo. La amenaza del “fundamentalismo musulmán” ha golpeado a Arabia Saudita, la que enfrenta el regreso de sus hijos pródigos. Seguramente, los dólares saudíes, en vez de usárselos en el fomento del extremismo islámico, serían mejor empleados en el envío de ayuda humanitaria a los países islámicos para respaldar el desarrollo económico y estimular la unidad islámica.

El 7-8 de diciembre de 2005 se dio un paso simbólico hacia la unidad islámica con la “Declaración de Makkah al-Mukarramah” en la tercera sesión extraordinaria de la Conferencia de la Cumbre Islámica, en la cual los estados miembros, incluida Arabia Saudita, reafirmaron su “inquebrantable rechazo al terrorismo y a todas las formas de extremismo y violencia.” Como declaró el rey saudita ‘Abdullah ibn ‘Abdul ‘Aziz, “no se alcanzará la unidad islámica a través del derramamiento de sangre, como es reivindicado por los desviados.”1

Considerando el aumento de la violencia sectaria en Irak y la amenaza que esto representa para toda la región, Arabia Saudita debería reexaminar su patrocinio estatal del salafismo y decidirse a trabajar en pos de la unidad islámica. Como han precisado Muztafa Raf’i, el Dr. Kalim Siddiqi, Iqbal Siddiqi, Zafar Bangash, el shaykh Aḥmad Deedat, el imam Muḥammad al-Asi, el imam ‘Abdul-‘Alim Musa, Amir ‘Abdul Malik ‘Ali. ‘Abd al-Malik Mujahid, el Dr. Shahid Athar y otros musulmanes sunnitas, las creencias fundamentales en común de los musulmanes, superan ampliamente las diferencias históricas que emergieron luego de la muerte del profeta2.
Independientemente de si son sunnitas, shiitas o sufíes, de una u otra escuela de jurisprudencia, primero y antes que nada, son musulmanes y deberían plantearse la unidad en un frente no sectario al confrontar con los enemigos del islam. Las opiniones acerca de la sucesión del profeta y las interpretaciones de la ley islámica son en principio convicciones personales. Pueden aplicarse en un contexto académico apropiado, para incrementar el conocimiento y para desarrollar la valoración de las variadas formas de expresión de la fe islámica. Pero de ninguna manera servir de argumento para el divisionismo y la ruptura de la unidad islámica.

En contraste con el pregonar en el desierto que resulta el llamado a la unidad a los sunnitas, los shiitas poseen una larga historia de sabios con fundamentos fraternales. Con raras excepciones, el consenso general entre los académicos shiitas ha sido que los seguidores de ahl al-sunnah son creyentes auténticos. Los únicos grupos herejes fueron los jariyíes, al principio del islam, debido a una controversia religioso-política en torno al califato que los llevó a sostener que ‘Ali y sus seguidores se convirtieron en infieles; los nawaṣib, quienes manifiestan su odio hacia la familia del profeta; los ghulat, extremistas que deifican a ‘Ali.

El shaykh Ṣaduq fue uno de los primeros eruditos shiitas en formular los fundamentos de la fe de los shiitas duodecimanos en su célebre I’tiqadat, traducido de manera poco precisa Credo shiita. Aunque vivió en una época de intolerancia, de excesivas acusaciones de infidelidad (takfir) y de tensiones que crecían rápidamente entre las variadas escuelas de pensamiento islámico que competían por la supremacía, se dispuso a presentar las creencias shiitas de forma concisa y clara, en comparación con otras corrientes de pensamiento islámico. Su I’tiqadat fue comentado por uno de sus estudiantes, el shaykh al-Mufid, en una nota titulada Sharḥ ‘aqa’id al-Ṣaduq, la que permaneció como texto teológico popular hasta la fecha.

Muchos otros eruditos shiitas escribieron valiosos libros en los cuales contrastan las creencias sunnitas y shiitas. Entre ellos se incluyen el shaykh Abu Ja‘far al-Ṭusi (fallecido en 1067-8), ‘allamah al-Ḥilli (fallecido en 1325) y ‘Abd al-Jalil al-Qazwini (fallecido en 1190), quién presentó una visión sorprendentemente moderada.

En el siglo XX y principio del siglo XXI, las figuras líderes del diálogo interislámico incluyen al shaykh Muḥammad Ḥusayn Kashif al-Ghiṭa’, al ayatullah Muḥammad Ḥusayn Burujerdi –quién trabajó para unificar varias escuelas de jurisprudencia islámica–, a ‘allamah Muḥammad Jawad Mughniyyah, al ayatullah Shariatmadari, al ayatullah Ḥasan al-Shirazi, al imam Musa al-Ṣadr, al ayatullah Marashi al-Najafi –que posee la incomparable distinción de tener ijazah (permiso) de riwayah (enseñar el islam) otorgado por 400 eruditos shiitas, sunnitas y zaydíes–, a los ayatullahs Beheshti, Muntazeri, Muṭahhari y otra pléyade más. Todos ellos defendieron la causa de la unidad de los musulmanes. En los últimos años el ayatullah al-Uẓma sayyid ‘Ali al-Ḥusayni al-Sistani ha hecho repetidos llamados a la paz entre las dos comunidades, en circunstancias extraordinariamente angustiantes. El más grande defensor contemporáneo de la unidad islámica ha sido el imam Khumayni. El fallecido fundador de la República Islámica fijó como regla de oro:

Los musulmanes deberían mantenerse alertas y ser precavidos para evitar la disputa entre hermanos shiitas y sunnitas, pues es algo perjudicial para todos los musulmanes. Quienes quieren sembrar la discordia no son sunnitas ni shiitas, sino agentes de los superpoderes y trabajan para ellos. Quienes intentan sembrar la discordia entre nuestros hermanos sunnitas y shiitas son conspiradores a favor de los enemigos del islam y quieren que éstos triunfen sobre los musulmanes. Los hermanos y las hermanas musulmanes no deben disgregarse debido a la propaganda mentirosa patrocinada por elementos corruptos. Es la ignorancia y la propaganda extranjera la que da pie a la creencia de que los shiitas deben colocarse en una vereda y los sunnitas en otra. Si la fraternidad de los musulmanes ocupase el primer plano de los países islámicos, se convertirían en una fuerza tan grande que ninguno de los poderes globales serían capaces de competir con ellos. Los hermanos sunnitas y shiitas deberían evitar todo tipo de disputa. La discordia entre nosotros sólo beneficiará a aquellos que no siguen a la shi‘ah, ni a los ḥanafi. No quieren la existencia de ninguno de los dos y conocen la forma de sembrar la disputa entre ambos. Debemos tener en cuenta que todos somos musulmanes, que todos creemos en el Corán, que todos creemos en el tawḥid y que todos debemos trabajar para servir a éste y al Corán.

Este mensaje de unidad islámica es algo que todos los musulmanes, sean sunnitas, shiitas o sufíes, deberían recordar. En tanto que el imam Khumayni trabajó incansablemente en pos de la unidad islámica, algunos académicos shiitas no lo imitaron y promovieron el sectarismo antes que el pluralismo islámico. Afortunadamente, existe un excelente corpus literario para los interesados en la unidad islámica dentro de la diversidad.

Si bien hay muchos libros excelentes sobre el diálogo sunnita-shiita, posiblemente el trabajo académico más refinado en la materia es el legendario Muraja‘at o La evidencia, del erudito libanés ‘Abd al-Ḥusayn Sharaf al-Din al-Musawi. Se trata de una discusión epistolar entre un sabio shiita y el shaykh sunnita Salim al-Bishri, Decano de la Universidad de al-Azhar, en El Cairo, Egipto. El debate acrecentó el entendimiento entre los sunnitas y los shiitas al punto que el shaykh Shaltut promulgó una fatwa histórica, en la que reconocía a la madhhab ja‘fari ithna ‘ashari como escuela de jurisprudencia legítima en el islam, a la que se podía adherir libremente. Se trata de un trabajo modelo sobre las adecuadas costumbres islámicas que deben observarse en todos y cada uno de los debates.

Otro reconocido escrito polémico es Peshawar Nights. Aunque se sostuvo que el libro es de origen dudoso y posiblemente redactado con propósitos propagandísticos como parte de las actividades misioneras shiitas, sus argumentos no pierden sustancia.

En años recientes, el tunecino Muḥammad al Tijani, ha escrito diversos libros valiosos, incluyendo Then I was Guided, The Shi‘ah: The True Followers of the Sunnah, Ask Those Who Know y With The Truthful, los cuales han sido traducidos a numerosas idiomas. Desde una perspectiva positiva, podemos decir que presentan una profusa información y documentación que respalda a la shi‘ah y que han servido para acercar, sino incorporar, a muchos sunnitas a ella. Y desde una perspectiva negativa, podemos acotar que el autor no es académico ni erudito tradicional del islam, como lo admite él mismo. En resumen, sus libros no están libres de errores, contradicciones, juicios de valor discutibles y un entusiasmo desenfrenado. A veces recurre a argumentos que para algunos sunnitas resultan urticantes, lo cual acentúa las divisiones en vez de atenuarlas.

Esto se aplica aún más a los sitios de internet como answering-ansar.org y a ciertos artículos publicados en shianews.com. Pensados como sitios para brindar información, se convirtieron en polémicos y en donde en vez de buscarse acuerdos cordiales en base a los respectivos principios, se echa más leña al fuego. En el prefacio de Devil’s Deception of the Naṣibi Wahhabis que aparece en answering-ansar.org, ‘Abdul Ḥakeem Orano explica claramente que “Este libro emplea el método de la confrontación.” Evidentemente, se trata de un criterio de acercamiento inapropiado. Allah enseña: “Invita (a todos) al camino de tu Señor con sabiduría y buena exhortación y argumenta con ellos de la mejor manera. Ciertamente, tu Señor conoce mejor que nadie a quién se desvía de Su sendero y conoce mejor que nadie a quien está bien dirigido” (16:125).

Como puede deducirse de este análisis inicial, la omisión más seria de los académicos, en el área del diálogo sunnita-shiita, es que se centran en los aspectos exotéricos de la religión. Ven a las doctrinas que se ocupan de lo terrenal como opuestas a los temas propios de la espiritualidad, el misticismo y la metafísica.

Por todas estas razones anteriormente anotadas podemos sostener que el presente estudio, El islam shiita: ortodoxia o heterodoxia de Luis Alberto Vittor, lleva este debate entre sunnismo y shiismo a un nivel superior, es decir, a la esfera espiritual y a planos filosóficos profundos.

Antes de finalizar estas líneas, queremos agradecer a su autor por confiarnos este trabajo de traducción. Nos hemos mantenido lo más fieles posibles al texto original y hemos intentado redactarlo en un inglés claro y culto. También queremos agradecer al Sr. Héctor Horacio Manzolillo, verdadero amigo y figura paterna, quién ha permanecido a nuestro lado permanentemente. Asimismo, vaya nuestro agradecimiento a todos los estudiosos que compartieron su conocimiento con nosotros, desde sayyid Muḥammad Zaki Baqri y sayyid Muḥammad Rizvi en Canadá hasta los grandes ayatullahs de Qum y Najaf. De la misma manera, hacemos llegar nuestro reconocimiento a nuestros primeros asesores, Aḥmad Ḥaneef, Khalid Ḥaneef-Jabari, y ‘Ali Muḥammad Shahid Ḥasib.

Por mi parte, agradezco a mi esposa Rachida Bejja, por la revisión, corrección y edición, una y otra vez, de las transliteraciones del árabe. Y, por supuesto, a mis hijos Ya-Sin y Ta-Ḥa, quienes han servido de fuente de paz y alegría sin lo cual no habría podido terminar este trabajo.

Igualmente, enviamos un agradecimiento especial al Sr. Muḥammad Taqi Anṣariyan, a quien expresamos nuestro agradecimiento por su contribución inestimable al campo de los estudios shiitas a través de la publicación y distribución de libros académicos, así como por el constante respaldo que da a este esfuerzo erudito a través de sus dos ediciones en inglés y esta primera en español.

Esperamos que los especialistas en el campo de los estudios islámicos den una buena acogida a esta edición académica en español, que ésta beneficie tanto a académicos como a estudiantes del islam, que sirva a los orientalistas occidentales para recapacitar, que dé lugar a un mayor grado de comprensión y deseo por la unidad a las variadas posiciones dentro de la ortodoxia islámica. Como colofón, en mi carácter de editor académico, acepto la total responsabilidad por el contenido y me comprometo a corregir, en futuras ediciones, cualquier falla que pueda contener. Todo lo bueno de este trabajo proviene de Dios y todos los errores de quienes lo hemos realizado.

Dr. John Andrew Morrow
Profesor Asociado de Lenguas y Literaturas
Eastern New Mexico University

  • 1. “Moderation and Tolerance Urged al OIC Summit: Stress on Combating Extremism.” The Dawn, Dec. 8, 2005.
  • 2. Nota del editor. Islāmunā de Mustafā Rāfi’ī representa uno de los primeros esfuerzos de los estudios sunnitas para comprender al shiismo basándose en sus fuentes genuinas. Aunque este distinguido experto en jurisprudencia islámica no entiende siempre por completo la perspectiva shiita sobre ciertos asuntos, su contribución a la unidad y reconciliación islámica es notable.
    El Doctor Kalīm Siddīqī fue uno de los intelectuales y activistas más prominentes del movimiento islámico contemporáneo. Fundador y director del Instituto Musulmán en Londres, ayudó a forjar la filosofía del movimiento islámico contemporáneo. Fue un ardiente defensor de la unidad islámica como lo es su hijo Iqbal Siddīqī, actual editor de Crescent International.
    Zafar Bangash, colega y compañero íntimo del Doctor Kalīm Siddīqī, es director del Instituto de Pensamiento Islámico Contemporáneo. Fue el anterior editor de Crescent International, la publicación más prestigiosa del movimiento islámico mundial.

    El shaykh Aḥmad Didat fue un sabio sudafricano especializado en religiones comparadas. En la página web: http://islam-usa.com/e114.htm puede encontrarse un discurso suyo sobre la unidad sunnita y shiita.

    El imām Muḥammad al-Asī es el imām electo del Centro Islámico de Washington D.C. Colabora regularmente con Crescent International y es un enemigo acérrimo del sectarismo.

    El imām ‘Abdul-’Alīm Mūsā es activista musulmán, director de Masjid al-islām en Washington D.C. y fundador y director del movimiento al-sabiqūn, el cual provee servicios sociales y espirituales a las zonas urbanas estadounidenses. Partidario de la Revolución Islámica de Irán y del imām Khumaynī y promotor del renacimiento islámico, visitó varias veces Irán como representante de los musulmanes norteamericanos. Hace dos décadas que se dedica a eliminar las divisiones entre los musulmanes, a la vez que enfatiza que el éxito del movimiento islámico depende de la unidad entre sunnitas y shiitas. Otro de los líderes de al-sabiqūn, Amīr ‘Abd al-Malik ‘Alī, también se opone a la actual división (fitnah) entre sunnitas y shiitas y sus mensajes en tal sentido se distribuyen ampliamente por Internet a través de diversos podcasts (archivos de sonido, generalmente en formato mp3 o AAC y en algunos casos ogg).

    ‘Abd al-Malik Mujāhid es presidente y director de Sound Vision Foundation e imāmen el área de Chicago. En la página web: http://soundvision.com/info/muslims/shiaSunni.asp pueden encontrarse su “Call for Shī’ah Sunnī Dialogue” (“Llamado al diálogo entre shiitas y sunnitas”) y su “Resolution” (“Resolución”) dirigidos a imames, predicadores, oradores, mezquitas, asociaciones musulmanas y líderes comunitarios.

    El Doctor Shahīd Athar, seguidor de la doctrina sunnita, es activista musulmán en Indianápolis, Illinois. Sunnita por creencia, promueve la unidad islámica. Sus escritos, muchos de los cuales demuestran su aprecio a todas las escuelas islámicas, pueden encontrarse en la web en: http://www.islam-usa.com/