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Capítulo 50: El Octavo Año de la Hégira (4ª parte)

La Batalla de Hunain

El Enviado de Dios (B.P.) acostumbraba, cuando tomaba algún distrito, asumir la responsabilidad de las cuestiones políticas y religio­sas de la zona mientras se encontrara allí. Al momento de abandonar el lugar confería su autoridad a diferentes personalidades. Eso se hacía necesario pues los habitantes de esos lugares sólo conocían el antiguo sistema en que habían vivido, basado en la idolatría, y desconocían las características del Islam.

Como sabemos, el Islam conforma un sistema político, social, moral y religioso a la vez, cuyas leyes emanan todas de la fuente cristalina del mensaje.

Por eso, para enseñar a esos pueblos (recién ingresados en el ámbito del Islam) los principios islámicos y có­mo llevarlos a la práctica, se hacía necesario designar como autoridades a personas hábiles e instruidas, que pudieran presentar las ideas islámi­cas con inteligencia así como implementar con habilidad su política.

Cuando el Profeta (B.P.) decidió abandonar la Meca para dirigirse a los territorios habitados por los clanes de Hawazan y Zaqif nombró a Ma‘ad-Ibn Yabal, maestro de religión, para enseñar y orientar a los que allí quedaban. El gobierno, la administración de la ciudad y la dirección de la oración los encomendó a Uttab Ibn Usaid, un musulmán compe­tente.

A su regresó y tras permanecer durante quince días en la ciudad de la Meca, el Profeta (B.P.) debió prepararse para emprender una nueva misión.

Un ejército inigualable

En aquellos días el enviado de Dios contaba con 12.000 comba­tientes. 10.000 de ellos vinieron con él desde Medina y participaron en la conquista de la Meca. Los 2.000 restantes eran los jóvenes quraishi­tas recientemente islamizados bajo el liderazgo de Abu Sufián. El ejér­cito era tan grande que no tenía precedente entre los árabes; realmen­te inigualable.

Pero precisamente su gran número constituyó el factor de su fracaso en la primera etapa de la batalla de Hunain ya que, con­trariamente a los combates librados anteriormente, los musulmanes se habían enorgullecido de su número, olvidando las tácticas militares.

En cierto momento Abu Bakr echó una mirada hacia las filas y dijo: “No fracasaremos, nuestros soldados superan varias veces el número de nuestros rivales”. No obstante él no tuvo en cuenta que el principal factor del triunfo en el combate no es tener un elevado número de hombres, y que incluso ese detalle es insignificante si lo colocamos frente a la causal verdadera.

Esto nos lo señala el Sagrado Corán cuan­do dice: “Por cierto que Dios os habría secundado en muchos campos de batalla, lo mismo que el día de Hunain, cuando os ufanabais de vues­tra mayoría, que de nada os sirvió, y que la tierra con toda su amplitud os pareció estrecha para emprender la fuga” (Corán 9:25).

La obtención de información de inteligencia

Tras la conquista de la Meca tuvieron lugar una serie de movimien­tos y comunicaciones particulares entre las tribus de Hazan y Zaqif. El eslabón que unía a ambas tribus era un joven combatiente llamado Malik Ibn Auf Nasrí. Como resultado de su accionar se conformó una específica táctica bélica para dar un fuerte golpe antes de que el ejército del Islam los alcanzara y atacara. Malik, que tenía 30 años de edad, era el comandante.

Ambas tribus se habían unido en esta lucha. El coman­dante ordenó a sus soldados llevar consigo a sus mujeres, sus niños y sus pertenencias. Cuando le preguntaron el porqué de tal proceder res­pondió: “Estos hombres lucharán con firmeza y resistirán sin pensar en fugarse o desertar para salvar la vida de los suyos y proteger sus perte­nencias”.

Al oír el llanto de los niños y las exclamaciones de las mujeres un experto anciano llamado Duraid Ibn Sammah discutió con Malik y le hizo ver que desde el punto de vista militar su proceder estaba erra­do. Le advirtió así: “Sabes que si fracasas habrás obsequiado las mujeres y los bienes al ejército del Islam”.

Pero Malik no lo escuchó y le refutó: “Tú ya has envejecido y has perdido el sentido de la razón y los conoci­mientos militares”. No obstante el curso de los acontecimientos confir­mó las palabras de aquel anciano pues el llevar a las mujeres y los niños a la batalla no les provocaron más que dificultades.

El Enviado de Dios (B.P.) envió a Abdullah Aslamí como agente con el fin de obtener informaciones acerca del armamento, número, rumbo y objetivos del enemigo. Este cumplió cabalmente con su misión. Por su parte Malik envió tres agentes hacia los musulmanes y los tres regre­saron atemorizados (por el número y poder de los musulmanes).

El co­mandante de los inicuos entonces decidió compensar la escasez de sus tropas y su baja moral con un ejército disperso que atacara al enemigo repentinamente. Para concretar sus propósitos acampó al final de un valle estrecho que permitía el paso hacia el distrito de Hunain orde­nando a sus soldados ocultarse detrás de las rocas, en las cuevas de las montañas y en los sitios más elevados del valle.

Cuando los musulma­nes arribaran allí ellos debían salir de sus escondites y convertirlos en el blanco de una lluvia de flechas y piedras. Posteriormente deberían bajar de la montaña y concretar una masacre protegidos por los ar­queros.

El Armamento de los Musulmanes

El Enviado de Dios (B.P.) era consciente del poder y la osadía del enemigo y por ello antes de salir de la Meca envió por Safuan Ibn Umaiiah y le pidió prestadas 100 armaduras. Partió entonces con su ejército bien provisto de armas. Durante la noche el ejército descansó a la entrada del valle. Antes del amanecer la rama del ejército pertene­ciente a la tribu de Banu Salim ingresó al estrecho de Hunain coman­dada por Jalid Ibn Ualid.

La mayor parte del ejército islámico se en­contraba en el valle cuando de pronto se oyó el ruido de las flechas y el grito de los combatientes que acechaban tras las rocas, infundiendo temor en los pechos de los musulmanes. Lo mismo que una tormenta las flechas caían sobre sus cabezas y rostros. Un grupo protegido por los arqueros se adelantó atacando a los soldados del Islam. El impre­visto ataque enemigo asustó y desconcertó a los creyentes.

Sin adver­tirlo muchos se dieron a la fuga. Esta fuga creó aún más indisciplina que el ataque enemigo. Los hipócritas que formaban parte de las filas del ejército islámico se contentaron por lo que ocurría. Burlándose Abu Sufián decía: “Los musulmanes correrán hasta las orillas del mar”. Otro hipócrita dijo: “La hechicería (refiriéndose al Profeta) quedó anulada”.

Un tercero decidió terminar con el Islam intentando asesinar al Profeta (B.P.) en medio de ese caos, apagando así la luz del monoteísmo y la antorcha de la profecía.

La Resistencia del Profeta (B.P.) y de un Sacrificado Grupo

La fuga de los musulmanes, cuyo motivo principal fue el temor y el caos, entristeció al Profeta (B.P.) profundamente. Sintió en ese momento que si demoraba un sólo instante en controlar la situación el eje de la historia daría un giro, cambiando el curso de la sociedad humana, pues el ejército incrédulo lograría derrotar al islámico.

Así, al tiempo que montaba su animal exclamaba: “¡Secundadores de Dios y secundado­res de Su Enviado! ¡Yo soy el siervo de Dios y Su Profeta!”. Luego se dirigió al sitio en que los soldados de Malik atacaban y mataban a los musulmanes en forma continua.

Sólo algunos sacrificados y valientes soldados, como por ejemplo el comandante de los creyentes Alí (P), Abbás, Fadl Ibn Abbás, Usamat y Abu Sufián Ibn Haris, fueron los que no abandonaron al Profeta (B.P.) ni siquiera un instante desde el comienzo de la lucha, y los que lo siguieron cuando lanzó la exhortación arriba trans­cripta.

En esa circunstancia el Enviado de Dios (B.P.), con claridad y decisión, le ordenó a su tío Abbás: “Llama a los musulmanes del si­guiente modo: ¡Oh grupo de ansár que secundara al Profeta! ¡Oh los que juraron fidelidad bajo el árbol de Riduán! ¿Hacia dónde se dirigen? ¡Su Profeta está aquí!”.

Cuando las exclamaciones de Abbás alcanzaron sus oídos la volun­tad y el fervor religioso de aquellos hombres se vieron estimulados, y todos decían “Labbaik” (heme aquí), regresando valientemente junto al Profeta (B.P.). Las continuas exclamaciones de Abbás anunciando que el Profeta (B.P.) se encontraba a salvo y combatiendo hicieron que los grupos fugi­tivos regresaran, muy arrepentidos, ordenando y uniendo mejor sus filas.

Ubicados por Muhammad y para borrar la mancha de su vergon­zosa fuga los combatientes realizaron un ataque y muy pronto obliga­ron al enemigo a darse a la fuga. Para estimular a los creyentes el Pro­feta (B.P.) reiteraba: “¡Soy el Enviado de Dios! ¡Jamás miento y Dios me ha prometido la victoria!”. La retirada obligó a los jóvenes de las tribus de Hawazan y Zaqif a abandonar las mujeres y los bienes. Luego de su­frir ciertas bajas los sobrevivientes se refugiaron en las tierras de Autas y Najle y en las fortalezas de Taif.

Los Trofeos de la Lucha

Las bajas musulmanas en esta batalla fueron ocho. Por su parte el enemigo huyó dejando 6.000 hombres que se convirtieron en prisione­ros, 24.000 camellos, 40.000 ovejas y 4.000 uaqiie (monedas de plata de 213grs. cada una). El santo Profeta (B.P.) ordenó trasladar los tro­feos y los prisioneros a Ya'rana enviando con ellos algunos guardias. En ese lugar había casas en las cuales podían vivir. El Profeta ordenó tam­bién no tocar los trofeos hasta tanto él pudiera hallar al resto de los enemigos que habían fugado.