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Capítulo 64: El Décimo Primer Año de la Héglra (1ª parte)

Una Carta Jamás Escrita

Los últimos días de la vida del Profeta (B.P.) constituyen uno de los ca­pítulos más precisos de la historia del Islam.

Eran aquellos días de dolor para el Islam y los musulmanes. La inminente oposición de algunos discípulos y su desobediencia a partir en el ejército de Usamat, dejaban entrever una serie de actividades clan­destinas que se estaban llevando a cabo, cuyo resultado definitivo sería adueñarse del gobierno y la política del Islam tras el fallecimiento del Profeta (B.P.), rechazando al sucesor que había sido designado por éste en el día del Gadir.

El Enviado de Dios (B.P.) conocía algunas de las intenciones de esta gente y por ello, con el fin de desbaratar sus intentos insistía en que todos los grandes discípulos participaran en el ejército próximo a partir, abandonando Medina lo más pronto posible para enfrentarse a los bizantinos.

A pesar de todo, los actores de esta escena política se excusaron e impidieron la partida del ejército hasta el día en que el Enviado de Dios (B.P.) falleció con el sólo propósito de concretar sus planes.

Luego de 16 días de demora el ejército regresó a Medina a raíz de la noticia del fallecimiento no llevando a la práctica el deseo del Profeta de que, el día de su deceso, el territorio de Medina estuviera libre de políticos molestos que probablemente se opondrían a su sucesor.

Pero todas esas personas no solamente no abandonaron Medina sino que in­tentaron impedir toda clase de actividad que favoreciera la posición del comandante de los creyentes tratando, bajo distintos medios, de hacer desistir al Profeta (B.P.) en cuanto al tema se refiere.

El Profeta se dio cuenta del comportamiento y de lo clandestino, de algunas reuniones realizadas por las hijas de esos discípulos -que se contaban entre sus esposas-.

Entonces, muy afiebrado, se dirigió a la mezquita y exclamó: “¡Gentes! Las llamas del fuego han sido encendi­das. Las sediciones se avecinan como parte de una noche oscura y no tendréis excusas para contrariarme, pues yo no hice lícito sino lo que el Corán hizo lícito, y no les prohibí más de lo que el Corán prohibió”.

Esta alocución muestra la gran preocupación que lo aquejaba por el porvenir y el destino de los musulmanes tras su deceso.

Ahora cabe preguntamos: ¿cuáles fueron sus intenciones al afirmar que las llamas del fuego habían sido encendidas? ¿Se refería por ventura a otra cosa que no fueran las llamas de la sedición, la desunión y la discrepancia que acechaban a los musulmanes, y que tras su muerte se convirtieron en una hoguera imposible de sofocar, hoguera que aún está encendida?

“Denme Papel y Pluma para que Escriba una Carta”

El santo Profeta (B.P.) conocía las actividades que se desarrolla­ban fuera de su casa y cuyo propósito era apoderarse del califato. Para prevenir este desvío decidió consolidar la orden de sucesión en el Prín­cipe de los creyentes y su descendencia dejando un documento escrito. Por lo tanto, un día que los discípulos lo visitaron meditó un rato y luego les dijo: “Proporciónenme pluma y papel a fin de escribir algo por lo cual jamás se desviarán”.

En ese instante Umar, que sería luego el segundo califa, rompió el silencio de la reunión diciendo: “El Profe­ta (B.P.) se ha agravado, el Corán está frente a nosotros y nos es suficiente”. Su opinión fue discutida. Un grupo se le opuso y dijo: “No, por cierto que la orden del Profeta (B.P.) debe cumplirse, désele papel y pluma para que escriba lo que desea”. No obstante otro grupo se puso del lado de Umar e impidió que se le facilitara lo pedido.

El Enviado de Dios (B.P.) se entristeció mucho por las discrepancias y ofensas de sus discípulos y ordenó: “Levántense y abandonen esta casa”. Dice Ibn Abbás tras re­latar el suceso: “La mayor calamidad para el Islam fueron las divergen­cias y discusiones de un grupo de discípulos que impidieron que el Pro­feta (B.P.) legara esa carta”.

Este acontecimiento fue relatado por un grupo de los muhaddizín de la escuela sunnita y también de la shi‘ita y se cuenta entre las tradiciones bien documentadas y verídicas. La única diferencia existente es que la primera escuela trata de mejorar y cambiar las pala­bras de Umar y no relata el hecho real.

Sin que haya necesidad de decir­lo, es evidente que esta actitud (de Umar) no se debió a una cuestión de respeto hacia el Profeta (B.P.) sino que trató de proteger la posición de Umar para que los futuros musulmanes no tuvieran un mal ejemplo de su persona. Asimismo Abu Bakr Al-Yuhari, autor del libro “Al-Saqi­fa “, dice respecto a Umar: “Umar pronunció una frase con la cual que­ría significar que la enfermedad del Profeta (B.P.) se había intensificado”.

Sin embargo algunos otros autores, en el momento de transmitir las pala­bras de Umar, lo hacen pero se abstienen de revelar su nombre. Dicen: “Entonces dijeron: ‘El Enviado de Dios está delirando’ ” Esta expresión no se le puede perdonar a nadie puesto que, según el propio Corán, el Profeta (B.P.) está libre de todo pecado y error y no habla más que con la anuencia divina.

La discrepancia entre los compañeros delante del infalible Profe­ta (B.P.) era tan inoportuna y lamentable que algunas de las esposas de Mu­hammad (B.P.), que se hallaban detrás de una cortina, exclamaron: “¿Por qué desobedecen la orden del Profeta?” A fin de callarlas Umar dijo: “Ustedes las mujeres son como los compañeros de José (P), cuando el Profeta (B.P.) se enferma se lamentan, pero cuando se repone no le obe­decen”.

Aunque en apariencia algunos autores trataron de excusar la posición de Umar, cuando proceden con lógica consideran erróneas e in­fundadas sus palabras cuando dijo: “El Libro de Dios nos es suficien­te”, y afirman que además del Corán es una base importante la tra­dición (dichos) del Profeta (B.P.).

Resulta asombrosa la posición del doctor Heikal, autor del libro “Haiatu Muhammad” (Vida de Muhammad), quien en forma explícita muestra su tendencia hacia Umar cuando escribe: “Tras el suceso Ibn Abbás creía que los musulmanes habían perdido algo muy valioso impidiendo que el Profeta escribiera. Pero Umar permaneció firme en su opinión, puesto que Dios había dicho en el generoso Corán: ‘Nada he­mos omitido en el Libro original’ (Corán 6:38)”.

No obstante, si este autor hubiera prestado un poco de atención a lo que precede y sucede a esta aleya que cita, jamás habría hecho se­mejante interpretación justificando la acción del después califa en opo­sición al inmaculado Profeta (B.P.). En efecto, la intención de Dios cuando se refiere al Libro original es referirse al “Libro de Takuin “, es decir las páginas de la creación, pues cada especie existente en el universo cons­tituye una página de este gran libro.

He aquí la aleya completa: “No existe ser alguno que ande sobre la tierra, ni ave que vuele con sus alas, que no constituyan familias semejantes a las vuestras. Nada hemos omi­tido en el Libro original; después serán comparecidos ante su Señor” (Corán 6:38).

Vemos entonces que lo que precede a la frase citada por el autor se refiere a la creación de todas las especies vivientes, y que lo que sigue se refiere a la congregación en el Día del Juicio Final. Pero aunque dejáramos de lado lo que afirmamos y aceptáramos que la palabra “Li­bro” aquí se refiere al Corán, de todas formas, como el mismo Corán lo afirma en otros lugares, necesitaría de la orientación del Profeta (B.P.):

‘Ya te revelamos el mensaje (el Corán) para que dilucides a los humanos lo que les fue revelado a fin de que mediten’ (Corán 16:44). Como bien puede ver el lector, la aleya no dice “para que lo leas”, sino “para que le dilu­cides a la gente lo que les fue revelado”. Luego, aunque el Libro de Dios es suficiente para la comunidad, es imprescindible la dilucidación e in­terpretación que de él hizo el Profeta (B.P.).

Nos preguntamos, si realmente la comunidad islámica no necesi­taba de esa carta, ¿por qué entonces el gran sabio islámico Ibn Abbás decía, al tiempo que las lágrimas brotaban de sus ojos como perlas de­rramándose sobre sus mejillas:

“¡El día jueves! ¡Qué día fue el día jueves! ¡Y qué doloroso fue el jueves que el Profeta (B.P.) dijo: ‘Denme una pluma y papel para que les escriba algo por lo cual jamás se extraviarán’ y dijo un grupo: ‘El Enviado de Dios...’.

“¿Acaso si tenemos en cuenta la gran pena de Ibn Abbás y la insistencia del Profeta (B.P.) en cuanto al tema podemos decir que el Corán es suficiente para la comunidad y que ella podía prescindir de esa carta? ¿Podemos deducir cuál era la intención del Enviado de Dios? ¿Sabemos cuál era el propósito de aquella carta?

El Objetivo de la Carta del Profeta (B.P.)

En la actualidad existe un método nuevo y firme que se utiliza en la interpretación del Sagrado Corán. Según este método una aleya breve e imprecisa puede ser interpretada a través de otra referente al mismo tema pero que es más precisa y expresiva. En otras palabras se interpre­ta una aleya recurriendo a otra aleya. Además este sistema no se limita la interpretación del Corán, sino que también se utiliza en los dichos proféticos.

Dado que nuestros sabios conductores (los Imames) han he­cho reiteradas y enfáticas referencias a temas importantes y precisos, los dichos no son todos iguales. Algunos definen detalladamente su in­tención, y otros sólo señalan o insinúan esa intención, todo de acuerdo con las circunstancias en que se produjo.

Dijimos que en su lecho de enfermo el Profeta (B.P.) pidió a sus compañeros presentes que le proporcionaran pluma y papel para escri­bir algo por lo cual jamás se extraviarían (“Aktubu lakum kitában lan tadalla ba'dahu abadan”). Luego, las discrepancias entre los presentes hicieron que Muhammad (B.P.) desistiera de su propósito.

Si nos preguntamos a qué se refería la carta que el Enviado de Dios (B.P.) quería redactar la res­puesta es clara, pues prestando atención a lo que dijimos al comienzo de este capítulo, podemos deducir que su intención no era otra que la de confirmar y afianzar la designación del Comandante de los creyentes como su sucesor.

Esto lo afirmamos luego de deducirlo de la tradición de Al-Ziqlain (las dos joyas, tesoros o valores), que es transmitida y confirmada como veraz por los narradores (muhaddizún) de las dos escuelas islámicas. Sabemos que el Profeta dijo en su lecho de enfermo “lan tadalla” (no se extraviarán”, y también sabemos que el dicho de Al-Ziqlain utiliza la misma expresión que significa “no se extraviarán”.

He aquí el dicho: “Ciertamente dejo entre vosotros dos joyas (ziqlain) que de seguirlas jamás se extraviarán (lan tadalla). Ellos son el Libro de Dios y mi descendencia”.

¿Acaso no resulta evidente, haciendo la com­paración de la similitud de ambos dichos, que la intención del Profeta (B.P.) era dejar por escrito la afirmación de Ziqlain, o más precisamente reafirmar por escrito la primacía y sucesión (uilaiat) de su sucesor inmediato, que ya había sido designado en Gadir Jum, lugar en que se separan los pere­grinos para dirigirse a sus respectivas comarcas?

Por otra parte la fuerte oposición de aquel (Umar) que, sin demora alguna tras el fallecimiento del Profeta (B.P.) se dirigiera al consejo para el califato reunido en la Saqifa de Banu Sa‘d, y postulara allí a su antiguo amigo (Abu Bakr), quien al momento de morir pagaría al contado la re­compensa por su servicio (designándolo su sucesor), contrariando de ese modo todos los principios islámicos.

Es otra prueba que señala que el Profeta (B.P.) quería dictar algo respecto al califato y el gobierno de los mu­sulmanes. Fue por eso por lo que Umar se opuso intensamente a facilitarle lo que pedía. Si no fuera por lo que mencionamos antes él no hubiera tenido motivos para impedir que el Profeta (B.P.) escribiera su carta.

¿Por qué el Enviado de Dios (B.P.) no insistió en legar ese escrito?

¿Por qué el Profeta (B.P.) se abstuvo de concretar su intención solo por la oposición de unos cuantos compañeros? La respuesta es evi­dente: si él insistía ellos seguirían faltándole el respeto y sus aliados divulgarían lo que acontecía. En este caso, además de expandirse la falta de respeto por el Profeta (B.P.) la carta perdería su efecto.

Por lo tanto, cuando algunos otros discípulos, a fin de compensar su mal comportamiento, le dijeron que si lo deseaba le proporcionarían pluma y papel, se encolerizó y dijo: “¿Después de tantas discusiones quieren traerme pluma y papel? Lo único que les recomiendo es que sean bondadosos con mi familia”. Luego apartó su rostro de los presentes. Todos, a excepción de Alí (P), Abbás y Fadl, se retiraron.

La Compensación de este Asunto

Aunque la pública oposición de algunos discípulos hizo desistir al Profeta (B.P.) en cuanto a la escritura de esa carta, utilizó otra vía para comunicar su intención. Mientras pasaba horas difíciles y de suma gravedad, colocó una mano sobre el hombro de Alí (P) y otra sobre el de Maimuna y se dirigió a la mezquita. Con mucha dificultad y soportando un gran dolor subió al púlpito.

De los ojos de la gente brotaban lágrimas y un silencio absoluto reinaba en la mezquita. Todos esperaban oír las últi­mas palabras y recomendaciones del Profeta (B.P.). Entonces rompió aquel silencio diciendo: “Dejo entre vosotros dos joyas (ziqlain)”. Un hombre preguntó: “¿A qué te refieres, Enviado de Dios?” Respondió: “Ahora les explicaré. Una es el Corán, y la otra mi descendencia”.

Ibn Hayar Asqalani relata este evento de diferente modo, pero es probable que ambos sean correctos. Dice Ibn Hayar: “Mientras estaba enfermo y los discípulos rodeaban su lecho, dijo: “¡Gentes! Mi hora ha llegado, pronto me iré de entre vosotros. Sepan que les dejo el Libro de Dios y mi descendencia”. Luego tomó la mano de Alí (P), la elevó y agregó: “Este es Alí, él está con el Corán, y el Corán está con él. Ellos jamás se separarán (hasta el Día del Juicio Final)”.

A pesar de que en diferentes ocasiones previas a su enfermedad el Profeta (B.P.) había comunicado el dicho de Ziqlain lo reiteró en su lecho de enfermo y frente a los que se le opusieron a fin de compensar la carta que le impidieron escribir.

Distribución de Dinero

Era costumbre del Profeta (B.P.), en lo referente al tesoro público (baitu-l-mal), repartir el dinero entre los más humildes. No le agradaba guardarlo por mucho tiempo en el tesoro público. Por eso cuando estaba en su lecho recordó que una de sus esposas tenía guardado algo de dinero perteneciente al tesoro público. Pidió que se lo alcanzaran de in­mediato.

Cuando lo tuvo entre sus manos dijo: “¿Que puede esperar Muhammad de Dios si lo encuentra con este dinero en sus manos?” Luego ordenó al comandante de los creyentes repartido entre los pobres.

Su Última Despedida de los Creyentes

Algunas veces, durante el período de su enfermedad, el Profeta (B.P.) fue a la mezquita, oró junto a su comunidad y les hizo algunas advertencias. En una de esas oportunidades, mientras tenía atada a su cabeza una te­la y Alí (P) y Fadl Ibn Abbás lo sostenían de los brazos, fue arrastrando los pies por el suelo y entró a la mezquita, se sentó en el púlpito y comenzó a hablar:

“¡Gentes! Ha llegado la hora de que me ausente. Si he hecho alguna promesa a alguien, sepa que estoy dispuesto a cumplir­la, y si tengo algún acreedor que me avise, que estoy dispuesto a saldar mi deuda”. En ese instante un hombre se puso de pie y dijo: “Hace un tiempo tú me prometiste que si me casaba me darías algo de dinero”. Entonces indicó a Fadl que le diera la suma correspondiente.

Luego bajó del púlpito y regresó a su casa. El viernes, tres días antes de su fa­llecimiento, volvió a la mezquita y habló con su gente. Entre sus pala­bras dijo: “Aquella persona que tenga algún derecho sobre mí que se ponga de pie y lo exprese, ya que el talión es más fácil de soportar en este mundo que en el otro”.

En ese momento se levantó Sauadat Ibn Qais y dijo: “A tu regreso de la batalla de Taif, mientras permanecías montado en tu camello, alzaste tu látigo a fin de apresurar el paso del animal y sin advertido me pegaste en el abdomen”. “Estoy listo ahora para llevar a cabo la ley del talión1, dijo el Profeta (B.P.).

El Profeta (B.P.) había hecho este pedido no por un compromiso moral sino porque realmente deseaba cumplir con su deber. Por lo tanto orde­no que le alcanzaran el látigo que tenía en su casa y desprendió su cami­sa para que Sauadat llevara a cabo la ley del talión.

Con los corazones expectantes y tristes, con sus ojos llenos de lágrimas, los creyentes esperaban la culminación del evento. ¿Acaso Sauadat sería capaz de hacer valer la ley del talión? De pronto se acercó al Profeta (B.P.) y comenzó a besarle el tórax y el abdomen. Muhammad im­ploro por él diciendo: “Dios mío, perdona a Sauadat así como él perdo­nó a Tu Enviado”.

  • 1. Obviamente, como el golpe no había sido intencional, no era necesario apli­carla ley del talión, su deber era dar una pequeña suma de dinero. Sin embargo el Profeta (B.P.) quería que se cumpliera el deseo de aquel hombre.