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Capítulo 56: El Noveno Año de la Hégira (4ª parte)

El Comunicado del Día de Mina

A fines del IX año de la Hégira el ángel de la Revelación transmi­tió al Profeta (B.P.) algunas aleyas del capítulo “El arrepentimiento” (9) or­denándole que enviara a alguien a la Meca durante el período de la pe­regrinación, a fin de recitar esas aleyas al mismo tiempo que un comu­nicado compuesto de cuatro decretos.

Las mismas comunicaban el levantamiento de la inmunidad concedida a los inicuos y dejaban sin efecto todos los acuerdos establecidos con ellos (a excepción de aque­llos cuyos firmantes habían sido fieles a los mismos y no los habían violado en lo más mínimo).

Asimismo anunciaban a los jefes de la ido­latría que si por el término de cuatro meses no definían su posición frente al gobierno islámico, cuyo fundamento era la Unidad Divina, y no comunicaban su abandono definitivo de la incredulidad y la ido­latría, no gozarían de más inmunidad dentro del marco de la sociedad islámica.

Cuando los orientalistas llegan a este punto de la historia del Is­lam comienza a atacar con sus filosas críticas y etiquetan el trato del Corán para con los inicuos como algo opuesto al principio de la liber­tad de pensamiento.

Sin embargo los que, libres de fanatismo, dan vuelta las páginas de la historia del Islam y analizan los motivos de este trato, presentes en los mismos textos históricos, no incurren en este tipo de equivocaciones y aseguran que el proceder del Libro Divino no se opone jamás a este principio.

Las Causas de estas Disposiciones y Comunicado

1) En la época de la gentilidad era tradición árabe que el visitante a la casa de Dios, la Ka‘aba, donara el atuendo que vestía para que se le permitiera realizar la circunvalación. En el caso de no poseer más que una vestimenta, las personas debían alquilar una para no quedar despro­vistos de ropa. Pero si el alquiler no estaba dentro de sus posibilidades debían circunvalar desnudos.

Cierto día una bella mujer ingresó a la mezquita y como no poseía más que un atuendo no tuvo más remedio que circunvalar desnuda, todo a raíz de la supersticiosa costumbre que seguían. Sin que sea necesario proporcionar mayores detalles es eviden­te que acciones de este tipo realizadas en un lugar que se pretende man­tenga su pureza, y en medio de una multitud dedicada a la devoción, tienen efectos muy perniciosos.

2) Cuando el capítulo coránico “El arrepentimiento” fue revelado habían transcurrido veinte años desde el comienzo de la misión pro­fética y, a lo largo de todo ese período, la poderosa lógica del Islam en­frentada a la nulidad de la idolatría había llegado a oídos de la totalidad de los inicuos de la península.

Por lo que, si hasta aquel día un grupo insignificante insistía, en la incredulidad y el paganismo, era porque no tenía otro motivo más que el fanatismo y el capricho.

Por lo tanto había llegado el momento de que el Enviado de Dios (B.P.) apelara a la última medicina disponible para completar la cura de la sociedad, es decir, al poder para demoler cualquier manifestación de la idolatría, considerán­dola una violación de los sagrados derechos divinos y humanos. Solo ha­ciéndolo de esta forma se podrían erradicar cientos de horrendas cos­tumbres de aquella sociedad.

No obstante esto los orientalistas que consideraron este trato del Corán como contrario a la libertad de culto -que es un principio tanto del Islam como de la civilización contempo­ránea-, olvidaron un punto importante: el principio de la libertad de culto es válido mientras quien lo aprovecha no atente contra la felicidad individual o social. En caso contrario, y de acuerdo con la sentencia de la razón y a la opinión de todos los pensadores, es preciso oponérsele.

Tomemos un ejemplo de la Europa de nuestros días. Sabemos que existen grupos de jóvenes concupicentes que, basándose en un conjunto de ideas erróneas, son partidarios del nudismo. Se sustentan en una serie de erróneas conjeturas, infantiles e ilusorias, que aseguran que cubrir una parte del cuerpo es un atentado contra la moral e insta a la pasión. Desnudos se pasean por los campos nudistas.

¿Por ventura nuestra ra­zón nos permite que dejemos libres las manos de esa gente bajo el falso pretexto de la libertad de pensamiento, que dice que cualquier creencia debe ser respetada, o es que debemos luchar para resguardar la felicidad de esa pobre gente y de la sociedad contra métodos tan estúpidos?

No solo esta última solución es la que rescata el Islam, sino la que sostienen todos los intelectuales y pensadores serios del mundo que luchan y se sacrifican para erradicar las causas que perjudican y dañan el bienestar de una sociedad. En puridad, su lucha es opuesta a las creencias de estos grupos ignorantes y atrasados.

De igual modo, la idolatría no es más que un puñado de supersti­ciones y falsedades que acarrea multitud de malas costumbres. El En­viado de Dios (B.P.) durante mucho tiempo trató de encaminarlos con su paciente enseñanza, ejemplo y benevolencia, pero luego de veinte años había llegado el momento de aprovechar el poder bélico como úl­timo recurso a fin de desarraigar la corrupción.

3) La peregrinación es dentro del Islam uno de los actos de devo­ción más importantes, y hasta el día de la revelación de los versículos mencionados las disputas y guerras sostenidas por el Islam contra la iniquidad en Arabia no habían permitido al Profeta (B.P.) enseñar a los musul­manes los rituales de este acto en forma correcta, libre de supersticio­nes.

Era por lo tanto preciso que él mismo participara personalmente en ese gran congreso islámico y enseñara a los musulmanes con el ejem­plo práctico la forma de aquella adoración. No obstante no podía cumplir este propósito mientras el templo sagrado permaneciera impurificado por inicuos que rendían culto a diversos ídolos, y en tanto el sagrado recinto no perteneciera exclusivamente a los monoteístas y siervos de Dios.

4) La lucha del Enviado de Dios (B.P.) no tenía nada que ver con la li­bertad de cultos, pues una religión verdadera no es algo posible de crear o destruir a través de la fuerza. El núcleo de una religión es el espíritu humano sobre el cual no es posible influir, ni al cual se puede dominar. El surgimiento de las diferentes creencias se produce tras una serie de prolegómenos e insinuaciones, sin los cuales su aparición no sería posi­ble.

Por el hecho de que las creencias no pueden ser inculcadas por la fuerza es que la acción del Profeta (B.P.) se centró en luchar contra las mani­festaciones de la idolatría. Por eso destruyó templos y quebró ídolos, pero encomendó al paso del tiempo la tarea de provocar la revolución de la fe en los corazones de los inicuos. Obviamente esa transformación se produciría en un futuro no muy lejano

Los cuatro factores arriba mencionados hicieron que el Profeta (B.P.) convocara a Abu Bakr y le enseñara uno de los versículos de la sura “El arrepentimiento” ordenándole partir, junto a otras cuarenta personas, hacia la Meca para difundirla el décimo día del mes, el día de la fiesta del sacrificio.

De inmediato Abu Bakr se preparó para el viaje y partió. Poco después el ángel Gabriel le comunicó al Profeta (B.P.) que el co­municado debía ser difundido por él mismo o por alguien de su familia. Llamó entonces a Alí (P) y le transmitió lo ocurrido, puso a su dispo­sición su montura y le ordenó abandonar Medina lo más pronto posible.

Alí (P) alcanzó a Abu Bakr en el camino y le pidió los versículos que debía difundir en el décimo día junto a un comunicado que ya mencionamos en la multitudinaria reunión de la que participaba gente de toda Arabia. Los decretos del comunicado eran cuatro; a saber:

1) Los idólatras no tienen derecho a entrar en la casa de Dios.

2) La circunvalación no se debe realizar con el cuerpo desnudo.

3) De hoy en más ningún idólatra participará de los rituales de la peregrinación; y

4) Quienes han firmado acuerdos de inmunidad con el Profeta (B.P.) y hasta el momento fueron fieles a los mismos, serán respetados hasta su fecha de vencimiento. Sus vidas y sus bienes estarán a salvo.

Pero quie­nes no han firmado acuerdos o los firmaron y los violaron, a partir de la fecha (10 de Dhul Hiyyah) tendrán un plazo de cuatro meses para comunicar al gobierno islámico su verdadera posición, o adhieren a los monoteístas abandonando toda manifestación de incredulidad, o se preparan para la guerra.

El Príncipe de los creyentes partió hacia la Meca montado en el animal del Profeta (B.P.) y acompañado por un, grupo que integraba Yabir Ibn Abdallah Al-Ansári. Justo en Yuhfa, Alí (P) alcanzo a Abu Bakr, le co­municó la orden del Profeta (B.P.) y él le cedió los versículos a Alí (P).

Los trans­misores de tradiciones y dichos proféticos de la escuela shi‘ita y parte de los de la escuela sunnita relatan: Dijo Alí (P) a Abu Bakr: “El Enviado de Dios (B.P.) te comunica que si quieres puedes acompañarme a la Meca, pero si no es tu deseo puedes regresar a Medina”. Abu Bakr prefirió la última opcion.

Al llegar visitó al Profeta (B.P.) y le dijo: Me has con­siderado merecedor de una obra que todos deseaban concretar y cuan­do había realizado una parte de la misma me depusiste. ¿Acaso se te ha revelado algún mensaje a mi respecto?”.

Cariñosamente Muhammad (B.P.) le dijo: “Gabriel descendió y me comunicó que la misión no era apta sino para mí o alguien de mi familia”. Algunas tradiciones de la escue­la sunnita afirman sin embargo que Abu Bakr sólo asumía la guía de los rituales de la peregrinación, y que Alí (P) tenía a su cargo la recitación de los versículos y la lectura del comunicado.

El décimo día de Dhul Hiyyah el Príncipe de los creyentes subió a la columna de ‘Aqaba, recitó los primeros seis versículos de la sura y dio lectura al comunicado en voz alta y con el corazón lleno de fe. Los decretos fueron escuchados por todos los peregrinos.

La misión surtió un efecto que se percibió cuando aún no habían transcurrido los cuatro meses del plazo otorgado. Los inicuos se volcaban al Islam en tropeles, y a mediados del décimo año de la Hegira la idolatría fue destronada en toda la península arábiga.

Un incorrecto fanatismo en el análisis del suceso

La sustitución de Abu Bakr y su reemplazo por el Comandante de los creyentes por orden Divina demuestra sin duda las innegables virtudes de Alí (P). Pero un grupo de autores fanáticos han incurrido en el desvío cuando interpretaron el suceso. Escribe al respecto del tema en su obra “Ruhu-l-Ma‘ani” (sobre interpretación coránica) el autor Alusi Al-Bagdadí:

“Abu Bakr era famoso por su compasión y Alí (P) por su va­lentía y por la fortaleza de su corazón, ¡justamente dos aptitudes total­mente opuestas! Puesto que las aleyas aborrecían y amenazaban a los inicuos era necesario que las recitara alguien poderoso y valiente, y era Alí (P) la persona indicada para hacerlo, fue por eso por lo que reemplazó a Abu Bakr”.

Tal justificación, cuya fuente no es sino el fanatismo, no con­cuerda con las palabras de Muhammad (B.P.), puesto que dijo a Abu Bakr: “Dios me ha ordenado ser yo quien comunique las aleyas o alguien de mi cercanía”. Y resulta obvio que estos términos no contienen ninguna referencia a la compasión ni la valentía.

Por otra parte el propio Profeta (B.P.) era la más grande corporización de la misericordia y la compasión, y si por ello fuera él tampoco hubiera sido la persona indicada para trans­mitirlas, si atendemos a esta interpretación. Además, estaríamos en este caso contradiciendo el mensaje divino.

Algunos otros lo justifican diciendo: “Según la tradición árabe un acuerdo podía ser abolido ya sea por el firmante o por uno de sus alle­gados. Caso contrario el mismo seguía vigente. Como Alí (P) era el más cer­cano (en parentesco) al Profeta (B.P.), debió ser él quien asumiera ese rol”

Tampoco esta última justificación es aceptable o convincente puesto que entre los parientes del Profeta (B.P.) se encontraba vivo Abbás su tío carnal. ¿Por qué entonces no fue él el encargado de realizar esta misión?

Si queremos ser neutrales en el análisis de este acontecimiento de­bemos decir que el motivo de la sustitución y el reemplazo no fue ni la valentía de Alí (P) ni los lazos de parentesco que lo unían al Profeta (B.P.) sino el hecho de que el Comandante de los creyentes era quien tenía que asumir los asuntos del gobierno islámico, y que él era, por su mérito y jerarquía espiritual, igual al Profeta (B.P.).

Además, si al cabo de un tiempo se ocultaba el sol de la profecía, Alí (P) sería quien debería asumir los asun­tos políticos que atañen al liderazgo de los musulmanes. Nadie más que él merecía semejante cargo.

Jamás los musulmanes debían sumergirse en desunión y discrepancias (en lo que a política respecta), tras el fallecimiento del Profeta (B.P.), puesto que habían visto con sus propios ojos que Alí (P) había sido nombrado por él según la orden divina para anular los acuerdos cuya nulidad era un asunto concerniente específicamente al líder de los musulmanes.

Fin de los sucesos del IX año de la Hégira.