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Capítulo 11: La Primera Etapa En La Proclamación De La Verdad

En realidad, la historia misma del Islam, se inicia el día en que Mu­hammad (B.P.) es designado profeta. A partir de ese acontecimiento se suce­den multitud de eventos que, en muy pocos años, cambiaron la faz del mundo. Ese día, en el que Muhammad (B.P.) fue elegido para guiar y al­briciar a la humanidad y en el que oyó la voz del ángel que le decía:

“Ciertamente eres el Mensajero de Dios (B.P.)”, asumió una gran responsabi­lidad. La misma gran responsabilidad que cupo a todos los profetas que le precedieron.

Previo al desarrollo de este tema es preciso que abordemos dos cuestiones de importancia:

1.- La necesidad de las misiones proféticas.

2.- El rol que juegan los profetas en la reforma de la sociedad.

1-1) Dios Altísimo ha provisto en la esencia de cada ser los medios necesarios para que logre su desarrollo y perfección. Una planta, por ejemplo, depende de un proceso innato que le permite alcanzar su ple­nitud, y que depende a) de sus raíces que le consiguen el alimento, b) de las nervaduras que transmiten esa savia por toda la planta.

Si quisiéramos darle un nombre a dicho proceso lo podríamos lla­mar “orientación de la creación”. El Sagrado Corán se refiere a esta orientación innata en cada ser viviente cuando dice: “Nuestro Señor fue quien dio a cada cosa su creación, y luego la encaminó (a su desarrollo y perfección)” (Corán 20:50). Todas las criaturas del universo, desde el átomo más insignificante a las grandes galaxias, gozan de esta orientación.

Ahora bien, ¿esta orientación innata es suficiente para el más im­portante de los seres vivientes, el ser humano? Ciertamente no lo es, porque el ser humano, además de contar con una vida material, cuenta con otra faceta superior, la espiritual, que constituye su esencia primor­dial.

Si el hombre sólo tuviera una vida material, como las plantas y los animales, entonces la orientación impresa en sus factores materiales le sería suficiente para alcanzar su madurez y plenitud. Pero al poseer su existencia dos factores heterogéneos, la madurez de ambos será la clave de su plenitud y felicidad.

El ser humano primitivo, más cercano a la pura esencia humana, no necesitaba de la gran educación que requiere el hombre actual que vive en sociedad. La aparición de las sociedades humanas y las diversas culturas trajo aparejados grandes desvíos en le vida de los hombres.

Esos desvíos hicieron que el Creador enviara sus Profetas, Sus Guías para restablecer la armonía y equidad en la especie humana, para disminuir la corrupción, y para indicar al hombre en cada época el camino de su plenitud y felicidad.

Con sus ejemplos perfectos y las justas leyes divinas que estable­cieron, los Profetas (P) encaminaron a las distintas sociedades por el sendero recto, el que garantiza la felicidad en todos los aspectos.

2-1) Generalmente se cree que los Profetas (P) fueron maestros di­vinos que vinieron a enseñar a la humanidad como se le enseñan al ni­ño diversas materias en el curso de sus estudios, y con las cuales progre­sa día a día, aun cuando el primer día de clase no poseía ni la menor idea del conocimiento que allí se le imparte.

No es así, en realidad los Profetas (P) fueron educadores de la humanidad para descubrir y permitir que no se velara lo que Dios puso en la esencia humana. La ley revela­da no es algo nuevo como el aprendizaje de una materia en la escuela­ para el espíritu humano. Si no fuera por los desvíos que acarrean la avaricia, la ignorancia, etc., el hombre comprendería -por lo que Dios puso en su esencia- la importancia de la religión.

Dijo el Imam Alí (P) al respecto: “Dios designó a los Profetas con el fin de recordar a los seres humanos las mercedes con que los agració y que ellos olvidaron, y para extraer, mediante sus prédicas, joyas que permanecen ocultas en el cofre de su naturaleza”.

Un símil nos permitirá esclarecer este punto: La tarea de los Pro­fetas (P), en cuanto a la reforma y la educación del alma humana, es seme­jante a la de aquel jardinero que desea educar a una planta, o también al del ingeniero que extrae piedras preciosas del interior de una mina.

Toda planta, desde su inicio, posee la capacidad de desarrollarse y alcanzar su madurez. Cuando el primer brote surge el jardinero hace dos cosas: 1) Prepara las condiciones necesarias que fortalezcan la raíz y el suelo que permitan surgir las aptitudes potenciales del vegetal; 2) impedir los desvíos (con soportes y podas) cuando sus fuerzas internas se están desarrollando a contramano de su vida y su belleza.

En suma, la tarea del jardinero no consiste en crear la planta, sino en protegerla y preparar las condiciones necesarias para que florezca la madurez que lleva impresa en su interior en potencia.

El Creador del universo creó al hombre, con sus diversas capaci­dades e instintos; proveyó a su alma del concepto de la Unidad divina y del reconocimiento y la tendencia hacia la verdad y la justicia, del esfuerzo y de la búsqueda de su felicidad.

Estas semillas presentes en todo ser humano comienzan su desarrollo al despuntar la vida, pero la convivencia en una sociedad humana, con su cultura e ideología, aca­rrea desvíos a esas tendencias puras. La tendencia natural al esfuerzo y el trabajo se viste de avaricia; el anhelo de ser feliz se confunde y re­viste del orgullo y la ambición; la pura luz de la Unidad Divina se oscu­rece con la idolatría.

Por las causas precedentes podemos afirmar que los profetas pu­sieron a disposición de los seres humanos las condiciones necesarias para alcanzar su felicidad y perfección, contrarrestando los desvíos y las violaciones a la naturaleza inculcados por el medio errado.

Es como si nuestro ser fuese una montaña en cuyo interior existen piedras pre­ciosas y oro, que vendrían a representar nuestras virtudes morales, nues­tra sabiduría innata, etc., en todos sus aspectos. Cuando los Profetas (P), ingenieros del alma, escudriñan esas montañas, descubren allí esas joyas de puros sentimientos ocultas bajo gruesas capas de tierra y rocas.

Lue­go, con sus enseñanzas, sus programas de vida y ejemplos orientan esas joyas ocultas y las sacan a la luz del día.

La Cueva de Hira

El monte de Hira está situado en el norte de la Meca y para llegar a su cima es necesaria media hora de escalamiento. Este monte está compuesto en su mayor parte por rocas negras y en él no se encuentra el más mínimo rastro de vida. En su punto septentrional existe una cueva cuya altura es aproximadamente como la de un ser humano de esta­tura media.

A su entrada es iluminada por el sol y el resto permanece en la mayor oscuridad. Ese fue el sitio en que el joven Muhammad (B.P.), antes de la Revelación y del comienzo de la Misión, se refugiaba periódicamente para adorar a su Señor. Se retiraba allí en el sagrado mes de Ramadán, y allí también lo sorprendió la primera Revelación.

Las Diferentes Formas de Revelaciones

Las evidencias de la Revelación Divina a los Profetas muestran que ésta se produce por distintas vías: 1) Al corazón del Enviado; 2) A través de un árbol o una montaña (como en el caso de Moisés [P]); 3) a través de los sueños; 4) a través de un ángel.

El Profeta Muham­mad (B.P.) recibió la Revelación por el último de los medios señalados.

Dice el Sagrado Corán al respecto: “El espíritu fiel, el ángel Gabriel, lo trajo del cielo y lo depositó en tu corazón, para que seas uno de los amonestadores” (Corán 26:193-194).

La Primera Revelación

Un ángel fue el encargado de transmitir algunas aleyas coránicas preludio del Mensaje que sería orientación y felicidad para el género humano. Para enfrentarse cara a cara con un ángel se necesita de una preparación especial, un alma fuerte, pura y grandiosa, de lo contrario jamás podría soportarse algo semejante.

El veraz y digno de fe (Al-Amín) de la tribu de Quraish había conseguido tal preparación con sus continuas meditaciones, sus largas adoraciones y con las gracias di­vinas.

Según las referencias de algunos historiadores, previamente a la primera revelación, el profeta Muhammad (B.P.) experimentaba sueños que luego se convertían en realidad. Para él los más importantes momentos de su vida eran los que dedicaba a la adoración de su Se­ñor.

Cierto día, estando en la cueva de Hira, se le presento el ángel Gabriel con un escrito y le ordenó: “¡Lee!”. Muhammad (P), que era ile­trado, respondió: “No sé leer”. Gabriel lo presionó y reiteró: “¡Lee!”, y la respuesta fue la misma: “No sé leer”.

Esta escena se repitió una vez más, y fue entonces que Muham­mad (P) sintió que podía leer y así lo hizo: “¡Lee, en el Nombre de tu Señor que todo lo creó! Creó al hombre de un coágulo. ¡Proclama que tu Señor es el Más Generoso! Que enseñó el uso del cálamo, enseñó al hombre lo que éste no sabía” (Corán 96:1-5).

El alma pura y grande del Profeta se iluminó con el Mensaje divi­no y lo que Gabriel le comunicó quedó indeleblemente grabado en su corazón. Luego el ángel le comunicó: “Tú eres el Enviado de Dios y yo soy Gabriel”. Muhammad (P) estaba desconcertado: se le adjudicaba una enorme responsabilidad.

Un gran cansancio lo obligó a regresar a su casa. Su esposa notó su estado y un profundo desconcierto en su rostro. Le preguntó que le había ocurrido y él le refirió todo; le habló de su gran desconcierto. Jadiya suplicó por su esposo y logró conso­larlo cuando le dijo:

“Eres amable con tus parientes, hospitalario y no temes al camino de Dios ya que soportas todas las tristezas. Dios te so­correrá”. Muhammad le dijo: “¡Cúbreme!” Ella lo cubrió y logró que descansara por un rato.

Entrevista con Uaraqat Ibn Naufal

Ya nos hemos referido anteriormente a este hombre, que adoptó el cristianismo y fue sabio entre los árabes preislámicos. Jadiya lo visitó y le comentó lo que le había ocurrido a su esposo. El sabio le dijo: “Di­ce la verdad. El mensaje que recibió es el inició de su profecía”.

El Alma y la Revelación

La creencia en el alma es uno de los temas más difíciles y complejos, que, atrajo la atención de los sabios. Los materialistas, que sólo aprueban lo que captan con sus sentidos, niegan la existencia del alma.

La existencia del alma es un tema que los creyentes en las tradiciones monoteístas reveladas y en el más allá han analizado y definido con precisión, y dan de ello abundantes testimonios.

La creencia en la revelación, por su parte, es la base de todos los mensajes y religiones de origen divino. Quien la reciba debe poseer un alma fuerte y pura. Los conocimientos del orden superior, divino, me­tafísico son transmitidos por Dios en forma directa o a través de uno de Sus ángeles.

Dicen los sabios respecto de la revelación: “Consiste en la enseñanza de Dios a Su Mensajero de los caminos para la orientación y de las ciencias, pero por una vía misteriosa y no habitual”.

Es sabido que la vida de todo ser humano comienza en la ignoran­cia y que, poco a poco, se provee de conocimientos. Aprehende en pri­mer lugar por medio de los sentidos.

Luego, con el desarrollo de su in­telecto y pensamiento concibe las verdades que trascienden la capta­ción de los sentidos. Incluso a veces entre los seres humanos existen personas que, por medio de cierta inspiración, llegan a concebir cues­tiones que no pueden ser descubiertas por la mera argumentación racio­nal.

Por lo antes expuesto los sabios han dividido en tres clases la com­prensión del ser humano: la del común de la gente, la de los pensadores y sabios, y la de los verdaderos conocedores. Dicho en otras palabras, los primeros descubren la verdad por medio de los sentidos; la segunda clase por medio de la lógica y la argumentación, y la tercera a través de la inspiración.

Los prodigios, los grandes filósofos y científicos afir­man muchas veces que sus descubrimientos o sistemas tuvieron lugar por una chispa esclarecedora e inspiradora que surgió en sus mentes, y que posteriormente, mediante experimentos, deducción lógica y reflexiones, desarrollaron y perfeccionaron esa inspiración.

Las tres Vías del conocimiento

De lo dicho anteriormente deducimos que para obtener su cometi­do el ser humano tiene tres vías a seguir:

1.- La experiencia y los sentidos. A través de esta vía una serie de percepciones ingresan a la mente. En la actualidad el ser humano a tra­vés de inventos tales como el telescopio, el microscopio, los medios de comunicación masivos como la radio y la televisión, ha visto ampliado considerablemente el campo de sus percepciones sensitivas y obtenido en consecuencia un conocimiento más amplio de lo que lo rodea.

2.- La vía intelectual y lógica. Los pensadores, a través de la reflexión, descubren la existencia de leyes universales, a cuya percepción no alcanzan los sentidos, que amplían considerablemente, perfeccionándolo, el campo del conocimiento humano.

Las leyes generales de la ciencia, los temas filosóficos, el conocimiento respecto de las virtudes y hechos divinos y los temas planteados por la ciencia de las religiones, todo ello es resultado del proceso del pensamiento y el resultado del trabajo del intelecto humano.

3.- La vía de la inspiración. Esta es la tercera vía que nos lleva al conocimiento y capta más allá que los sentidos y el intelecto. Es una base de conocimiento cuya existencia no puede ser negada por la ciencia.

No obstante, las doctrinas materialistas sobre el conocimiento no pueden consentir tal tipo de captación y aprendizaje que supere a los sentidos y la razón, sus dos únicas vías, mientras que la tercera siempre ha sido propia de las religiones y la filosofía verdadera. Esta tercera vía de conocimiento constituye la base de la religión y de las enseñanzas ce­lestiales.

Cuando se establece un vínculo individual y específico entre Dios y el ser humano el corazón de éste concibe una verdad sin utilizar los sentidos ni el pensamiento. A este tipo de percepción se lo llama “ilhám” o “ishraq”, es decir percepción o iluminación.

Pero cuando esa relación con ese plano divino y el ser humano se establece de un modo permanente y su resultado es la recepción de una serie de enseñanzas generales para el hombre se denomina “revelación” o “mensaje”, y a quien lo transmite se llama “Ángel de la Revelación” y al receptor “Pro­feta”.

La inspiración -dado que constituye una relación o vínculo indi­vidual- es posible que brinde certidumbre y sosiego a quien la experi­menta, y qué por el contrario ello no sea del todo convincente para los demás.

Con la revelación, por el contrario, se transmite esa misma con­vicción y sosiego con más facilidad, y por eso los sabios reconocen en la revelación una fuente segura de conocimiento general pues le manifies­ta a través de los Profetas, cuya veracidad está avalada y confirmada por varios signos, como los milagros, etc.