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Capítulo 27: El Segundo Año de la Hégira (1º parte)

Manifestaciones y Maniobras Militares

El objetivo de este capítulo es dilucidar las claves de una serie de expediciones bélicas que comenzaron en el octavo mes del primer año de la Hégira y continuaron hasta el mes de Ramadán del segundo año.

El primer año de la Hégira transcurrió con dulzuras y amarguras. El honorable Profeta (B.P.) y sus seguidores entraron en el segundo año de su estancia: en Medina. El segundo año de la Hégira contiene aconteci­mientos de mucha importancia, siendo dos los más destacables: el cam­bio de la qiblah (orientación para la oración) y la batalla de Badr.

Para esclarecer los motivos de la batalla de Badr recordaremos una serie de acontecimientos que la precedieron. Uno de éstos fue el envío de fuerzas a las rutas mercantiles de Quraish.

En la terminología de los historiadores islámicos existen dos tér­minos muy utilizados: Gazuah y Saríah. La primera palabra designa las incursiones militares o batallas que lideraba el Profeta (B.P.) mismo; la segunda designa las incursiones o combates en los que él no participó.

El número de gazuah del Profeta (B.P.) fueron 26 o 27 según las fuen­tes. La discrepancia en el número estriba en que algunos historiadores consideran a la gazuah de Jaibar y la Uadiul Qura, que se sucedieron una tras otra, como una sola, mientras que otros las cuentan como dos.

Esta diferencia puede encontrarse también en el número de saríah. Los historiadores consignan 35, o 36, o 48, e incluso 66 de ellas. La razón de estas diferencias radica en el hecho de que algunas de estas incursiones militares eran de tan reducido número de integrantes que no se contaban como tales.

Volviendo a nuestro objetivo principal, no podremos hacer una correcta interpretación y explicación de las claves de estos aconteci­mientos militares hasta que no expongamos los hechos tal cual se en­cuentran registrados en los libros de historia. He aquí un resumen sucinto de los mismos:

1.- Aún no habían pasado ocho meses de la estancia del Profeta (B.P.) en Medina cuando éste entregó la primera bandera del Islam a su tío, el valiente caballero y comandante Hamza Ibn Abdul Muttalib. Lo envió junto a treinta hombres de los emigrados de la Meca a la costa del Mar Rojo, que era la trayectoria de la caravana de Quraish.

Hamza y sus hombres se encontraron con la caravana de Quraish que estaba liderada por Abu Yahl, en un lugar llamado Ais. La caravana estaba compuesta por unas 300 personas. Por mediación de Maydi Ibn Amr, amigo de ambos, se distanciaron y el grupo expedicionario regresó a Medina.

2.- El Enviado de Dios envió a Ubaida Ibn Jariz, con unos 60 u 80 hombres de los emigrados, a interceptar otra caravana de Quraish. Ubaida se topó con ella que estaba al mando de Abu Sufián y contaba con una guardia de 200 hombres, en un lugar llamado Saniatul-Marrat.

Las dos partes se separaron sin que mediara choque alguno, y dos mu­sulmanes que participaban de la caravana se separaron de ella y se unie­ron al grupo islámico.

3.- El Profeta envió a Saad Abi Uaqas junto con otros 8 hombres a Jarrar. Este grupo volvió a Medina sin enfrentarse con nadie.

La participación personal del Enviado de Dios

4.- En el décimo mes de la emigración el Enviado de Dios (B.P.) salió de Medina, dejando allí como su representante en asuntos religiosos a Saad Ibn Ibadat, acompañado de un grupo de los emigrados (muhayi­rún) y auxiliares medinenses (ansár). Su finalidad era perseguir la caravana de Quraish y también concretar un pacto con la tribu de Banu Hamza. Se dirigió a Abua y no pudo encontrar la caravana, pero concre­tó el pacto que se proponía.

5.- En el mes de Rabi‘Al-Auual del segundo año de la Hégira, de­jando como representante suyo en Medina a Sa'ib Ibn Uzmán o a Saad Maas, partió junto a 200 hombres hacia Bauát con el fin de perseguir la caravana de Quraish, pero no lo consiguió y regresó a Medina.

6.- A mediados del mes de Yumada Al-Uula el Enviado de Dios (B.P.) fue informado de que la caravana dirigida por Abu Sufián se dirigía de la Meca hacia Sham. El Profeta partió entonces junto a un grupo rumbo a Dhatul Ashira, dejando en su lugar a Abu Salama. No pudo alcanzar la caravana, pero mientras permaneció allí estableció un pacto con la tribu de Banu Madlay.

Escribe Ibn Asir: “En el punto en que habían acampado el Profeta (B.P.) y sus compañeros sucedió lo siguiente: Cierto día el Profeta se acercó a Alí (P) y a Ammar mientras dormían. Los despertó y observó que sobre la cabeza y rostro de Alí (P) había polvo, por lo que le preguntó: “¿Qué te ha pasado, Abu Turab (padre de tierra)?” Desde aquel día Alí (P) fue co­nocido entre la gente por este apelativo Abu Turab.

Luego agregó el Profeta (P.B.): “¿Quieres que te diga cuál es el más bajo y canalla de los hombres? Dos personas son las más malvadas de la tierra: Una es la que desjarretó la camella de Salih, y la otra la que te golpeará en tu cabeza y teñirá tu barba con sangre”.

7.- El Enviado de Dios, tras no encontrar la caravana, regresó a Medina. No habían pasado todavía diez días de su vuelta cuando le informaron que Kar Ibn Yabir había atacado y robado unos camellos y ovejas en Medina. El Profeta entonces, para perseguir al saqueador, partió con un grupo hacia Badr pero sin obtener resultados por lo que regresó a Medina.

8.- En el mes de Rayab del segundo año de la Hégira fueron en­viados 80 hombres de los muhayirún presididos por Abdullah Ibn Yahesh, con la finalidad de perseguir la caravana de Quraish. En el momento de partir el Profeta (B.P.) le entregó una carta al comandante diciéndole: “Tras dos días de viaje ábrela y cumple con su contenido, pero no obligues a tus compañeros a hacer lo que no deseen”. El comandante cumplió con lo ordenado.

Cuando abrió la carta supo que el Profeta (B.P.) le ordenaba seguir su viaje hasta Najla (un lugar entre Taif y la Meca), y esperar allí la caravana de Quraish, investigando sobre su proceder y toda novedad a su respecto. Todos cumplieron con la orden. De pronto se toparon la caravana de Quraish dirigida por Amr Jazramí, que se dirigía a la Meca.

Los musulmanes, para que el enemi­go no se percatara de su secreta misión, cortaron sus cabellos para que los quraishitas pensaran que iban hacia la Meca para los rituales de la peregrinación. Los de la caravana al verlos se quedaron tranqui­los. Pensaban: “Los musulmanes son peregrinos y no nos molestarán”.

En ese momento los musulmanes celebraron un consejo e intercam­biaron ideas sobre el camino a seguir. Se dieron cuenta de que si es­peraban un día más era muy posible que la caravana de Quraish se apresurase e ingresase al territorio sagrado (donde no era permitido guerrear). Además, se encontraban en uno de los meses sagrados en que no estaba permitido guerrear.

Finalmente prefirieron luchar en el mes sagrado. Tendieron una emboscada al enemigo matando al jefe de la caravana y tomando dos prisioneros llamados Uzman Ibn Abdullah y Hakam Ibn Kisan. Los demás escaparon. Condujeron luego a los prisioneros y el botín a Medina.

El Enviado de Dios (B.P.) se disgustó porque el comandante había so­brepasado los límites impuestos luchando en un mes en que estaba prohibido, por lo que les dijo: “Yo jamás les ordené luchar en el mes sagrado.

Este acontecimiento fue aprovechado por los quraishitas como arma de propaganda en contra de Muhammad (B.P.). Se comenzó a divul­gar que Muhammad (B.P.) no había respetado el mes sagrado (que ances­tralmente respetaban los árabes); y los judíos aprovechando la oportunidad tramaban un nuevo complot.

Los musulmanes reprochaban a Abdullah y a sus compañeros su mal proceder y el Enviado de Dios (B.P.) no repartió el botín esperando un mensaje divino que clarificara la situación. Entonces Gabriel re­veló la siguiente aleya coránica:

“Cuando te pregunten si es lícito el guerrear en el mes sagrado, diles: ‘La lucha en él es un grave pecado, pero el apartar a los creyentes de la senda de Dios, el negarles, el pri­var a los demás de la sagrada Mezquita (la Ka‘aba) y el expulsar de ella a los retraídos, es más grave aún a los ojos de Dios, porque la sedición es peor que el homicidio” (Corán 2:217).

Es decir que, si bien los musulmanes habían cometido un pecado, los quraishitas habían cometido uno mayor, pues habían expulsado a la gente (de la Meca) de sus hogares, por lo que no tenían derecho a la objeción. La revelación de este versículo trajo un gran alivio a los musulmanes.

El Enviado de Dios (B.P.) dividió entonces el botín. Quraish quiso pagar el rescate de sus prisioneros, pero el Profeta (B.P.) les propuso a su vez que liberaran a dos musulmanes para que ellos devolvieran a los suyos. Quraish no tuvo más remedio que acceder.

Uno de los quraishitas, afortunadamente, adhirió al Islam y se quedó en Medina, mientras que el otro regresó a la Meca.

El Objetivo de las Maniobras Bélicas

El principal objetivo del envío de estos grupos y la concreción de pactos militares con las tribus que vivían en la ruta comercial de Quraish era el siguiente: “Mostrar a Quraish la fuerza militar y el po­der de los musulmanes, específicamente cuando el Enviado de Dios (B.P.) se encontraba con ellos”.

El líder del Islam quería hacer entender al gobierno de la Meca que todas sus rutas comerciales estaban al alcance de los musulmanes y que, en cualquier momento que quisieran, podrían cortarlas. Desde ya, el comercio era un asunto vital para los mequinenses, y las mercan­cías trasladadas por esas rutas constituían la base de la economía de la ciudad.

Si esos caminos se convertían en blanco de amenazas de las fuerzas musulmanas y de las tribus que habían pactado con ellos, como las tribus de Banu Zamara y Banu Madlay, su economía se derrumbaría por su base.

Tales maniobras eran una advertencia: sus rutas comerciales es­ tan al alcance de los musulmanes, si continúan con sus ataques y persecución impidiendo la difusión del Islam, particularmente con los musulmanes de la Meca, la fuerza del Islam se encargaría de cor­tarles esas vitales venas.

Se perseguía también con esto que Quraish recapacitara sobre la peligrosidad de su bloqueo, cambiara su actitud y diera libertad a los musulmanes para la difusión, abriendo también la entrada a la Meca para visitar la Ka‘aba.

Evidentemente, la carencia de un ambiente de seguridad y libertad era el mayor obstáculo en el camino del progreso del Islam, y el origen de esa represión estaba precisamente en la actitud de Quraish. La única solución entonces era amenazar sus líneas comerciales, que eran como las venas de su economía, lo cual se realizó con las citadas maniobras bélicas y la suscripción de acuerdos militares.

La Hipótesis de los Orientalistas

Los historiadores y orientalistas occidentales han incurrido en un grave error en el análisis e interpretación de los sucesos antes mencio­nados, profiriendo afirmaciones y conclusiones totalmente contrarias a los documentos y datos históricos. Sostienen, por ejemplo, que el Profeta (B.P.) intentaba aumentar su poder saqueando los bienes de Quraish.

En principio esta proposición no concuerda con el espíritu de los medinenses, pues el saqueo lo practicaban los beduinos no civilizados, mientras que los musulmanes de Medina eran campesinos y jamás ha­bían saqueado caravanas. Las guerras entre Aus y Jazray, vale aclararlo, sólo poseían un aspecto local, y eran acicateadas por los judíos que an­siaban de esta forma consolidar su posición, debilitando a las fuerzas árabes.

Además, es un hecho histórico que, pese a que todos los bienes de los musulmanes emigrados de la Meca habían sido saqueados por los inicuos quraishitas, tras la batalla de Badr los muhayirún jamás atacaron ninguna caravana.

Debe señalarse también que la mayoría de las expediciones eran para obtener información. Grupos de 8, 60 u 80 personas no son sufi­cientes para atacar una caravana, pues el número de guardias que éstas llevaban eran superiores.

Por otra parte, si el objetivo era solamente la obtención de bienes y mercancías, ¿por qué solamente Quraish fue el blanco de sus ataques? ¿Por qué el Profeta (B.P.) sólo enviaba a los muhayirún (emigrados mequinenses) y generalmente no pedía ayuda a los ansár?

Dicen también los orientalistas: El objetivo era vengarse de Qu­raish. El Profeta (B.P.) y sus seguidores recordaban las torturas que habían sufrido y esto despertaba su deseo de venganza y su orgullo, por lo que desenvainaban sus espadas y acechaban las caravanas.

Esta última idea es infundada igual que la primera, pues abun­dantes testimonios de los textos históricos la desmienten indicando a las claras que los objetivos principales jamás fueron la venganza ni de­rramar la sangre del enemigo. He aquí algunas refutaciones a esta su­posición:

a) Si la intención del Profeta (B.P.) al enviar esos grupos expe­dicionarios era la obtención de trofeos, entonces era lógico que aumen­tara el número de sus integrantes. No obstante, fueron 30 hombres con Hamza, 60 con Ubaida Ibn Hariz y sólo un puñado con Saad Ibn Uaqas, mientras que las fuerzas de Quraish que asumían la defensa de las caravanas eran varias veces mayor al número de musulmanes.

Ham­za se dirigía a enfrentar 300 personas, y Ubaida a 200. Además, cuando la noticia de las alianzas militares con las tribus se difundió y llegó a oídos de Quraish, incrementaron el número de sus guardias. Además, si su objetivo era luchar, ¿por qué en la mayoría de las expediciones no se derramó ni una gota de sangre?

b) La carta con instrucciones que el Profeta entregó a Abdullah Ibn Yahesh refleja a las claras que el objetivo de la expedición no era la lucha; decía: “Acampa en Najla, espera a Quraish e infórmanos acerca de su situación”.

Esto muestra que no había órdenes de com­batir, y que la resolución en este sentido y la muerte de Amr Jazramí se decidió en el consejo que en ese momento celebraron los expedicio­narios. Cuando el Profeta lo supo dijo: “Yo jamás ordené luchar”.

La causa de que los grupos fueran elegidos entre los emigrados era que el Profeta (B.P.), ante el reciente pacto de defensa mutua sig­nado con los auxiliares (ansár) de Medina, no quería imponerles in­mediatamente la posibilidad de un conflicto semejante, por lo que él mismo (una de las partes del pacto), permanecía en Medina.

Poste­riormente en cambio, cuando él mismo salía con las expediciones, llevaba tanto a los muhayirún como a los ansár, con la finalidad tam­bién de consolidar la unidad y hermandad entre ellos. Analizando esto se descubre lo infundado de la hipótesis de los orientalistas.

El valor que tenían los ansár para el Profeta (B.P.) queda demostrado en la batalla de Badr, que detallaremos en capítulos venideros. En la misma, hasta que los ansár no notificaron su aprobación para la ba­talla, el Profeta (B.P.) no decidió emprenderla.