read

Capítulo 54: El Noveno Año de la Hégira (2ª parte)

La Batalla de Tabuk

Tabuk era el nombre de una sólida fortaleza situada en la franja fronteriza de Siria que cortaba el camino entre Hayar y Sham (Damas­co). En aquellos días Tabuk era una de las colonias del imperio roma­no oriental, cuya capital era Constantinopla. Todos los habitantes de las fronteras de Sham profesaban el cristianismo. Los gobernadores de esos distritos eran designados por el gobernador de Sham, y él mis­mo obedecía al emperador de Constantinopla.

La influencia que estaba teniendo el Islam y su creciente expan­sión en la península arábiga, así como sus brillantes triunfos obteni­dos en el Hiyaz, se comenzaron a conocer en el exterior por los medios de comunicación disponibles en aquellos días, y lógicamente comenza­ron a preocupar y a hacer temblar a los enemigos de la verdad que ya meditaban como hallar una solución a esta situación.

La derrota del gobierno de la Meca, la adhesión al Islam de los grandes líderes del Hiyaz y el gran empuje y tenacidad de los soldados musulmanes obligaron al emperador a atacar a los creyentes sorpresi­vamente con un disciplinado y muy bien armado ejército.

El motivo de esta reacción fue sin duda la expansión y extraordinaria influencia que estaba alcanzando el Islam, y el temor a un mayor avance de su fuerza militar y política, que amenazaba hacer tambalear las bases del imperio. La Roma de aquellos días constituía el único rival de Persia, y poseía el más fuerte poderío militar.

Además estaba orgullosa a raíz de los triunfos que había obtenido en sus luchas contra Persia. El ejér­cito romano, formado por 40.000 hombres y dotado del mejor arma­mento de la época, se ubicó en la franja fronteriza de Sham. Se suma­ron a él tribus fronterizas como las de Lajm, Amele, Gassan y Yozam.

Las vanguardias del ejército avanzaron hacia Bilqá. Las caravanas que allí concretaban sus transacciones hicieron llegar la noticia al Profeta Muhammad (B.P.). Este decidió entonces responder a los agresores con la formación de un gran ejército para resguardar así al Islam, previnien­do ataques sorpresivos que podían destruir la doctrina que tanto es­fuerzo y vidas de mártires había costado establecer.

La desagradable noticia llegó a oídos de los medinenses justamen­te cuando faltaba poco para cosechar los palmares y los dátiles estaban a punto de madurar. Sin embargo, para los creyentes la protección de su vida espiritual y la causa divina es prioritaria.

El Reclutamiento de los Combatientes y el Patrocinio de la Batalla

El Enviado de Dios (B.P.) estaba algo informado de la capacidad y habilidad del oponente. Sabía por lo tanto que para obtener el triunfo necesitaba, además del capital espiritual que significaban la fe en Dios y la lucha por Su causa, una gran fuerza militar.

Envió para ello a la Meca y a los alrededores de Medina a algunas personas con el propósito de convocar a la lucha a los musulmanes, y también para pedir a los ri­cos el patrocinio de la guerra a través del pago del diezmo (zakat). Fi­nalmente se reunieron 30.000 hombres en Zaniiatul Uada. Los gastos del ejército y su viaje fueron cubiertos parcialmente por el zakat.

Diez mil de estos hombres tenían caballos y el resto eran infantes. Por orden del Profeta (B.P.) cada tribu debía portar su bandera.

Quienes se rehusaron a la lucha

La batalla de Tabuk fue un tamiz ideal para distinguir a los cre­yentes de los hipócritas, puesto que la noticia de su emprendimiento surgió en un momento en el cual el calor era intensísimo y los comer­ciantes de Medina se disponían a cosechar los dátiles. La desobediencia y las excusas de cierto grupo puso al descubierto su verdadero rostro.

Algunas aleyas de la sura nueve, “El Arrepentimiento”, fueron reveladas reprochando su proceder. Veamos algunas de las excusas:

l.- Cuando el Enviado de Dios le sugirió a Yad Ibn Qaid, un hom­bre rico e influyente, que participara de la guerra, le dijo: “Soy un hom­bre al que le gustan mucho las mujeres y temo no poder contenerme cuando vea a las romanas”. El infantil pretexto hizo que el Profeta (B.P.) se apartara de su lado. La siguiente aleya se refiere a él:

“Y entre ellos hay quien te dice: ‘¡Exímeme de combatir y no me tientes!’ ¿Acaso no cayeron en la tentación? Por cierto que el Infierno cercará a los incrédulos” (Corán 9:49).

2.- Los hipócritas, un grupo que manifestaba el Islam pero que en realidad no creía en él, impedían a la gente la participación en la lucha, hasta apelando a veces a la intensidad del calor. La revelación divina les objeta de este modo:

“Después de la partida del Enviado de Dios ([B.P.] a la expedición de Tabuk), los remisos se regocijaban de haberse queda­do en sus hogares y rehusaron sacrificar su hacienda y sus personas por la causa de Dios; y se decían: ‘¡No partáis al combate durante el calor!’ Diles: ‘¡El fuego del Infierno es más ardiente aún! ¡Si lo comprendie­ran!’ ” (Corán 9:81).

Otras veces atemorizaban a los musulmanes diciéndoles: “El pue­blo árabe no podrá resistir ante el romano y en poco tiempo ustedes se convertirán en sus prisioneros y serán vendidos en los mercados”.

Descubrimiento de una banda de espías en Medina

Sabemos que el Profeta (B.P.) daba mucha importancia a la obtención de informaciones sobre el enemigo, y que ello hizo posibles muchas de sus victorias. En esta oportunidad el Enviado de Dios (B.P.) se enteró de que la casa de un judío llamado Sovailem se había convertido en un centro de actividades anti-islámicas, y de que los hipócritas se habían reunido allí para urdir planes que impidieran participar a los musulma­nes en la guerra santa.

Para asustarlos y conseguir que nunca más reincidieran en algo semejante, el Enviado de Dios (B.P.) ordenó a Talha Ibn 'Ubaidullah ir a esa casa con sus soldados y encender fuego alrededor de la misma. Talha cumplió su misión sorprendiéndolos precisamente en el momen­to en que estaban en plena conversación sediciosa.

De inmediato todos salieron huyendo menos uno que se cayó y se quebró la pierna. Este acto resultó tan beneficioso Y efectivo que constituyó una muy buena lección para los hipócritas.

3.- Otro grupo, como el formado por Kaab, Balal y Marara, deci­dió partir la la lucha y sumarse a los combatientes una vez realizada la cosecha. Según el Corán ellos fueron “los tres ausentes o demorados”:

“También absolvió a los tres que se rezagaron (en la expedición de Tabuk) hasta que la tierra con toda su amplitud se les tornó estrecha, lo mismo que sus corazones, y se persuadieron de que no tenían más am­paro que Dios. Y Él les absolvió a fin de que se arrepintiesen; porque Dios es Remisorio, Misericordiosísimo” (Corán 9:118).

Al regresar de la batalla el Enviado de Dios (B.P.) los reprendió y eso sir­vió de lección para el resto de los musulmanes.

4.- Los “bukkaín” (los que lloraron). Un grupo de fieles que de­seaba participar en la guerra santa visitó al Profeta (B.P.) y le solicitó montu­ras con que trasladarse para cumplir su santo deber. Pero se encontra­ron con la negativa del Profeta (B.P.) que no poseía nada para prestarles. En­tonces se echaron a llorar desgarradoramente.

Así es, tanto había entre los compañeros del Profeta (B.P.) sediciosos e hipócritas, como se encontraba entre ellos personas cuyas lágrimas se derramaban al enterarse de que no había medios para que pudieran participar en la lucha que muchas veces les costaba sus propias vidas. Ese grupo es denominado “Bukka­ín”, y el Sagrado Corán expresa de este modo su elevada fe:

“Así co­mo también lo estarán (disculpados) quienes se te presentaron pidien­do que les procurases cabalgadura y que cuando les dijiste: ‘No tengo ninguna que proporcionaros’, se volvieron con los ojos desbordantes de lágrimas, de pena de no tener con qué contribuir” (Corán 9:92).

5.- El grupo de los dispuestos al sacrificio, que de inmediato pre­paró todo lo necesario para la lucha y aguardó la partida con especial euforia y alegría.

Alí (P) no participa en la expedición

Uno de los más grandes honores del Príncipe de los creyentes era el haber acompañado al Profeta (B.P.) en todas las batallas, y el haber sido abanderado en todas ellas, con la excepción de la batalla de Tabuk. En este último caso por orden del Profeta (B.P.) debió permanecer en Medi­na.

Esto porque el Enviado de Dios (B.P.) conocía que los hipócritas y un gru­po de los quraishitas esperaban una oportunidad semejante para dar un vuelco a la situación durante su ausencia, derrocando al novel gobierno islámico. Esa oportunidad la tendrían si Muhammad (B.P.) y sus soldados viajaban a un lugar alejado y cortaban una comunicación fluida con el centro del gobierno musulmán.

Y Tabuk fue la localidad más lejana ha­cia la que viajara el Enviado de Dios (B.P.) en sus batallas. Sintió así el peli­gro de que los grupos anti-islámicos se sublevaran durante su ausencia, se unieran con sus aliados de todo el Hiyaz y se organizaran. A pesar de que había nombrado sucesor suyo en Medina a Muhammad Ibn Maslama, le dijo a Alí (P):

“Tú eres el protector de ahlul-bait (la casa profética), también de mis parientes y los muhayirun (emigrados), y na­die más que tú y yo puede asumir este cargo”.

La permanencia del Príncipe de los creyentes en la ciudad enfure­ció a los hipócritas sediciosos pues sabían que bajo su atenta vigilancia no podrían llevar a cabo sus planes.

Urdieron entonces un plan para conseguir que Alí (P) también saliera de la ciudad, que consistió en difun­dir la noticia de que, a pesar de los deseos del Profeta (B.P.) de que Alí (P) parti­cipara en la expedición, él se había abstenido a raíz del intenso calor reinante y la gran distancia a recorrer. Para aventar esta calumnia Alí (P) visitó al Enviado de Dios (B.P.) y le comunicó lo sucedido.

En esa oportuni­dad el Profeta (B.P.) pronunció frases históricas a su respecto en las que se refleja claramente el imamato y la sucesión en Alí (P). Le dijo:

“Vuelve a Medina hermano mío, porque por cierto que no existe nadie más merecedor que tú o yo para resguardar el orden en Medina, tú eres mi representante ante mi familia y mis parientes. ¿Acaso no te satis­face que te diga que tu ejemplo respecto de mí es como el de Aarón respecto de Moisés, con la única diferencia de que después de mí no habrá profetas?”

Partida del Ejército Islámico a Tabuk

Una táctica seguida por el Profeta (B.P.) en todas sus batallas era no revelar a su ejército el destino de los viajes. Su objetivo era desba­ratar los ataques y las maquinaciones de los grupos empeñados en trabar el avance del Islam. Además, guiaba a sus ejércitos por caminos inusuales, pues de ese modo podía sorprender al enemigo.

En esta oportuni­dad sin embargo, reveló el destino del viaje para combatir a los romanos desde el primer día, cuando se inició el reclutamiento de los combatientes voluntarios. Hizo esto para que los soldados conocieran de antema­no la importancia del viaje y las dificultades que les ocasionaría, y lle­varan consigo suficientes provisiones.

El Profeta (B.P.) debió pedir también ayuda a las tribus de Tamim, Gatfán y Tey, que vivían lejos de Medina, para fortalecer al ejército islámico. La ayuda la solicitó enviando cartas. También le escribió a Uttab Ibn Usaid, el joven gobernador de la Meca. En su carta instaba a las tribus y a los jóvenes mequinenses a participar en la guerra santa.

El día de la partida llegó y el Enviado de Dios (B.P.) observaba el grandioso desfile de los sacrificados creyentes que cambiaban el des­canso, las comodidades, el comercio y las ganancias por la dificultad y la muerte para obtener sus profundos anhelos espirituales.

Estaban lle­nos de euforia, sus corazones llenos de fe, y la escena toda era tan emocionante que redoblaba el entusiasmo de los espectadores. En el momento de partir el gran líder de los musulmanes pronunció un ser­món que ponía en claro los motivos de esta convocatoria y con el que trataba de fortalecer el espíritu de los combatientes. Inmediatamente después se dio la orden de partir.

La aventura de Malik Ibn Qais

Malik Ibn Qais (Abu Juzaima) llegó a Medina tras uno de sus viajes cuando el ejército del Islam ya había partido. Ese día reinaba un calor muy intenso. Al observar la calma que reinaba en la ciudad se dio cuen­ta de que todos habían partido para la guerra. De inmediato entró al jardín de su casa y vio que su bella esposa le había preparado un sitio para descansar bajo la sombra.

Echó entonces una mirada a su rostro y también a las delicias y al agua fresca que le tenía listas, y simultá­neamente pensó en la penosa situación por la que estarían atravesando el Profeta (B.P.) y sus fieles al encaminarse al Yihad bajo el intenso calor. Fi­nalmente y sin consumir nada decidió partir a la guerra.

Le dijo a su esposa: “No es justo que yo descanse bajo la sombra junto a mi esposa, comiendo manjares y bebiendo agua fresca mientras mi señor (Muham­mad) se encamina bajo el sol ardiente a la lucha. ¡Esto está tan lejos de la justicia y la lealtad que mi fe y mi sinceridad no me lo permiten”.

Y de inmediato partió llevando una pequeña provisión. En la mitad del camino se encontró con Umar Ibn Uahab que se había rezagado. Ambos se sumaron al Profeta (B.P.) que estaba acampado en las tierras de Tabuk. A pesar de que en un principio Malik no experimentó la gran alegría que significaba acompañar al Profeta (B.P.), finalmente pudo, merced a admirable sacrificio, lanzarse en los brazos de la felicidad.

No era como aquellos a quienes la felicidad les golpea la puerta y que, por no merecerla, la echan y se lanzan en brazos del desvío y el infortunio.

Un ejemplo de esto es el de Abdullah Ibn Ubai, el jefe del partido hipócrita, que había ido con el propósito de participar en la lucha pero que, como era un hombre desleal y definitivamente enemigo del Islam, cambió de opinión en el momento de la partida y regresó a Medina junto a sus aliados, para crear disturbios en la ciudad.

El Profeta (B.P.), que conocía su hipocre­sía y consideraba de poco beneficio su participación en la lucha, le restó importancia a su defección.

Las Dificultades del Viaje

El ejército islámico encontró numerosos problemas en su trayecto entre Medina y Tabuk. Por tal razón se lo llamó “Yeishul-Usrat”, “el ejército de la dificultad”. Sin embargo la gran fe y el amor de sus inte­grantes facilitaron la superación de estos problemas e hizo que fueran recibidos con los brazos abiertos.

Al atravesar el ejército las ruinas del pueblo de Zamud, ardientes vientos hicieron que el Profeta (B.P.) se cubriese el rostro y pasara por allí velozmente. Luego aconsejó a sus discípulos: “Mediten en el destino final de las tribus de Zamud, que me­recieron la Ira divina a causa de su desobediencia y rebeldía. Sepan que ningún creyente debe dejar de pensar que el fin de su vida puede aseme­jarse al de los zamudíes”.

El mortífero silencio de este territorio y las casas destruidas y sumergidas en la oscuridad constituyen una muda ad­vertencia para los pueblos. Más tarde ordenó a los soldados no beber el agua del lugar ni tampoco usarla para cocinar ni para realizar la ablu­ción que si previamente a su advertencia ya la habían utilizado, debían dár­sela a los animales. Las huestes musulmanas, tras cumplir con las órde­nes de su comandante siguieron su rumbo.

Había transcurrido ya un tre­cho de la noche cuando arribaron a un pozo cuya agua bebía la camella del profeta Saleh. El Enviado de Dios (B.P.) ordenó detenerse allí y descansar.

El Profeta (B.P.) sabía de los fuertes y traicioneros vientos huracanados de esa zona que solían tomar por sorpresa a los transeúntes y sus camellos sepultándolos bajo una masa de arena y polvo. Por tal motivo recomendó a todos amarrar las patas de sus animales y no salir solos por la noche de sus tiendas: No obstante ello, dos hombres pertenecientes a la tribu de Banu Saada hicieron a un lado su advertencia y salieron por la noche de sus tiendas.

A uno de ellos el gran huracán lo mató y al otro lo lanzó contra una montaña. Este suceso desagradó mucho al En­viado de Dios (B.P.) por lo cual pidió encarecidamente a sus soldados que cumplieran sus órdenes al pie de la letra. Ibad ibn Bashír, el jefe del gru­po que estaba a cargo de los soldados informó al Profeta (B.P.) que a estos úl­timos les estaba escaseando el agua y que faltaba poco para que todas las cantimploras se vaciaran.

Un grupo mató algunos camellos y aprove­chó el agua que había en sus vientres. Otros sedientos, en cambio, esperaban el socorro divino. Dios, que había anunciado a su Enviado el tri­unfo, lo socorrió y también socorrió a sus fieles compañeros cuando de pronto se produjo una intensa lluvia que sació a todos. Los encargados de almacenar el agua y todo el ejército en general pudieron llenar sus reci­pientes.

El Conocimiento que el Profeta (B.P.) Posee de lo Invisible y Oculto

No caben dudas que el Profeta (B.P.), de acuerdo con la afirmación del Sa­grado Corán (72:27) puede informar a la gente sobre lo invisible y des­cubrir aquello que se encuentra oculto. Pero también sabemos que la sabiduría de un Profeta es limitada y necesita de la enseñanza y la ins­piración de Dios.

Por esto es posible que, en alguna ocasión, no conoz­ca algo tan sencillo como por ejemplo dónde puso la llave de su casa o su dinero, pero que sí anuncie otras veces cuestiones ocultas mucho más complejas que asombran la mente de los hombres. El motivo de todo esto es lo que aclaramos en primer lugar, es decir que él puede decir e informar de lo oculto si es la voluntad divina que así lo haga.

En caso contrario es como el resto de los hombres. Veamos algunos ejemplos de esta situación:

l.- La camella del Profeta se había extraviado en medio del ca­mino y un grupo de sus discípulos fue en su búsqueda. Muy pronto uno de los hipócritas se levantó diciendo: “El afirma ser el Profeta de Dios (B.P.) y anunciar sobre el mundo superior, ¡es sorprendente que no conozca el paradero de su camella!”.

Cuando el Enviado de Dios (B. P.) supo de las palabras de este hipócrita descubrió la verdad con tér­minos muy elocuentes. Dijo: “Ciertamente no sé nada más que lo que Dios me ha enseñado, y es justo en este instante que Él me orienta ha­cia el sitio en que se encuentra mi camella. Está en un valle del desier­to (y dio su nombre) y sus riendas están sujetas a un árbol. Vayan y tráiganla”.

Inmediatamente algunas personas se dirigieron allí y halla­ron al animal en la situación que había descripto.

2.- El camello de Abu Dharr no pudo seguir avanzando. El ejér­cito continuó viaje y éste quedó rezagado. Abu Dharr aguardó unos momentos para ver si el animal se decidía finalmente a andar, pero su esperanza fue vana. Lo dejó entonces allí y cargando su equipaje sobre sus hombros continuó su trayecto. El ejército islámico había acampado por orden del Profeta (B.P.) con la finalidad de descansar.

De pronto divisaron a una persona que andaba debajo de un pesado cargamento. Uno de los discípulos del Profeta (B.P.) se encargó de avisarle de la próxima llegada de aquel hombre. El Enviado de Dios (B.P.) dijo: “Él es Abu Dharr, ¡la mi­sericordia de Dios sea con él!, el que camina solo, morirá solo y será re­sucitado solo”.

Esto porque el Día del Juicio Final las comunidades is­lámicas resucitarán en conjunto, pero los musulmanes que hayan resi­dido en comunidades incrédulas representarán cada uno a una comuni­dad.

El tiempo demostró la veracidad de esta predicción del Profeta.

Abu Dharr falleció en una situación difícil, en el desierto de Rabaze, exiliado y lejos de la sociedad. Esta predicción efectuada por el Enviado de Dios (B.P.) en la guerra de Tabuk se cumplió veintitrés años más tarde.

Abu Dharr, el santo hombre que por cometer el crimen de decir la verdad, convocar a la justicia y a la rectitud había sido exilado en el desierto de Rabaze, poco a poco fue perdiendo sus fuerzas y terminó postrado en un lecho. Pasó sus últimos minutos de vida lleno de amarguras y dificultades. Su esposa observaba su brillante rostro, lloraba des­consoladamente y limpiaba el sudor de la frente de su esposo.

Pregun­tó Abu Dharr: “¿Por qué lloras?” Le respondió su mujer: “Porque estás muriendo y no tengo con qué amortajarte”. Abu Dharr pinto con sus labios una sonrisa melancólica como la sonrisa del horizonte en el oca­so y dijo: “¡Tranquilízate, no llores! Un día, cuando estaba junto al Profeta (B.P.) y un grupo de sus discípulos él nos dijo: ‘Uno de vosotros mo­rirá solo, lejos de la gente. Sin embargo se encargará de su sepultura un grupo de creyentes’.

Los presentes en aquella reunión ya han falle­cido, sólo he quedado yo y ahora tengo la plena certeza que la persona a la cual el Profeta (B.P.) predijo las condiciones de su muerte soy yo. Tras mi muerte ubícate en el camino de los peregrinos iraquíes. Pronto lle­gará un grupo de creyentes al que deberás informarle de mi muerte”.

Dijo su esposa: “Esta no es la época del pasaje de las caravanas”. El insistió: “Tú observa el camino. ¡Por Dios que no miento y no fue men­tira lo que oí!”. De inmediato el ave de su alma ascendió al Firdaus (el jardín del Paraíso).

Abu Dharr estaba en lo cierto. Rápidamente se acercaba por la ruta una caravana de musulmanes. Entre ellos había grandes creyentes como Abdullah Ibn Mas'ud, Huyr Ibn Adí y Malik Ibn Ashtar. Abdullah vio que a lo lejos sucedía algo extraño. Había un cadaver junto al camino y a su lado lloraba una mujer y un niño1.

Abdullah se acercó a ellos y también el resto de los caravaneros. Apenas Ibn Mas'ud vio el cuerpo descubrió que se trataba de Abu Dharr, su amigo y hermano en la fe. Sus ojos se llenaron de lágrimas; se detuvo frente al cadáver y dijo: “El Enviado de Dios (B.P.) dijo la ver­dad, que caminaría solo, moriría solo y resucitaría solo”.

Entonces oró por su alma y fue sepultado. Luego Malik Ibn Ashtar se ubicó fren­te a su tumba y agregó: “¡Dios mío! Este es Abu Dharr el compañero del Profeta, que te adoró durante toda su vida, luchó por Tu Causa contra los inicuos y jamás dudó de sus ideales. El que luchó con su lengua y su corazón contra lo ilícito y fue víctima de la opresión, la injusticia, la privación y el menosprecio, así como del exilio. El que murió finalmente en una tierra extraña”.

El Ejército Islámico en la Batalla de Tabuk

El ejército del monoteísmo dio sus primeros pasos en el territo­rio de Tabuk a principios del mes de Sha‘ban del noveno año de la Hégira sin descubrir ninguna huella de concentraciones del ejército bizantino.

Era como si los comandantes imperiales se hubieran percatado del gran número del ejército islámico, así como de su valentía, vigor y resistencia, ya adelantados en la batalla de Muta, Viendo como lo más conveniente retirarse, desmintiendo la noticia de su movilización, para hacer creer que jamás tuvieron la intención de atacar a los musulmanes. De esta forma aparentaron neutralidad respecto de los sucesos ocurridos en Arabia.

Ante esta circunstancia el Enviado de Dios (B.P.) reunió a todos sus comandantes y, como ya hiciera otras veces, aplicó el firme principio de la consulta con ellos para decidir si seguían avanzando hacia tierra ex­traña, o bien regresaban a Medina. Finalmente se decidió regresar a Me­dina para renovar fuerzas ya que el ejército islámico había soportado numerosas dificultades durante el viaje a Tabuk.

Además los musulma­nes ya habían conseguido su propósito que consistía precisamente en poner en fuga al ejército romano infundiendo temor en sus filas. Este temor les impediría pensar por un tiempo en la posibilidad de atacar al Islam y, de esa forma, se garantizaba la seguridad en Arabia por el lado de su frontera norte al menos por un tiempo.

Los comandantes musulmanes agregaron, por respeto a la posición del Profeta (B.P.): “Si tú quieres y Dios así lo ordena, da la orden de avanzar que nosotros te seguiremos”. Respondió el Profeta (B.P.): “No me han llegado órde­nes de parte de Dios, y si así fuera yo no debería consultar nada con ustedes. Ahora respetaré la opinión del consejo y regresaré a Medina”.

Los gobernadores de los territorios fronterizos de Siria y el Hi­yaz gozaban de gran influencia dentro de sus comarcas, y era proba­ble que algún día el ejército bizantino aprovechara estas fuerzas locales para atacar el Hiyaz y al Islam. Era preciso entonces que el Profeta (B.P.) antes de retirarse estableciera con ambos sendos pactos mutuos de no agresión.

Se comunicó entonces personalmente con los gobernadores en las cercanías de Tabuk, y se concretó el pacto luego de fijar algunas condiciones. Envió además algunas delegaciones a sitios alejados de a Tabuk para obtener así una mayor seguridad. El Profeta (B.P.) se puso en contacto, para establecer los pactos mencionados, con los gobernado­res de, Azrá y Yarba'.

Ilé es una ciudad costera que se encuentra junto al Mar Rojo y no la separa gran distancia de Sham. Su gobernador, Iuhanna Ibn Rube, visitó al Profeta (B.P.) en Tabuk. Llevaba una cruz de oro en su pecho. Le obsequió un caballo blanco y le reveló el gran respeto que le mere­cía.

El Enviado de Dios (B.P.) también lo honró y le hizo un regalo. Aquel gobernador se mostró dispuesto a continuar profesando el cristianismo pero también a abonar la suma de 300 dinares (monedas de oro) anuales correspondientes al yazia2.

Se comprometió también a hospedar a los musulmanes que por allí pasaran. El siguiente es el acuerdo firmado entre las partes: “Este es un pacto de no agresión mutua de parte de Dios y Muhammad Su Enviado, y Iuhanna y los habitantes de Ilé.

Según este acuerdo todos los medios de transporte, marítimos y terrestres, y la gente que se en­cuentre en ellos, pertenezcan a Sham o al Yemen, estarán bajo la pro­tección de Dios y Su Enviado, pero si alguno de ellos cometiera un crimen sepa que sus bienes no obstaculizarán su castigo. Todas las vías de transporte estarán abiertas para los habitantes de Ilé”.

Este acuerdo muestra claramente que cualquier comunidad dis­puesta a tratar pacíficamente con los musulmanes obtiene de éstos to­das las garantías de seguridad e inmunidad.

El Enviado de Dios (B.P.) también estableció acuerdos con los go­bernadores de Azrá y Yarba', cuyos territorios tenían suma importan­cia para el comercio. Así fue como el Profeta garantizó a los territorios islámicos la seguridad por su frontera norte.

El Envío de Jalld ibn Ualid a Dumatul Yandal

En el camino de regreso había un fértil territorio dotado de verdes árboles y frescos manantiales situado junto a una firme fortaleza llama­da Dumatul Yandal, distante de Sham unos 50 farsaj (278,6 km.). El cristiano Akidar Ibn Abdul Malik era el gobernador de aquel lugar. El Enviado de Dios (B.P.) temía un nuevo intento de ataque por parte del ejército romano con el apoyo de éste, que pusiera en peligro la integri­dad de Arabia.

Consideró oportuno entonces aprovechar su actual si­tuación y enviar al lugar un comando bajo las órdenes de Jalid a fin de que se sometieran a las leyes del gobierno islámico. Jalid y su grupo se aproximaron a Dumatul Yandal y comenzaron a vigilar la fortaleza. Aquella noche luminosa Akidar y su hermano Hisan habían salido de caza. A poco de salir se toparon con el grupo comandado por Jalid.

Se suscito entonces una breve refriega entre ellos que dio como resultado la muerte de Hisan. Los compañeros de Akidar se refugiaron en la for­taleza y el mismo Akidar fue arrestado. Jalid le prometió que si los ha­bitantes de la fortaleza abrían las puertas al batallón islámico y entrega­ban las armas el sería disculpado y llevado ante el Profeta (B.P.).

Akidar, que conocía de la veracidad de los musulmanes en sus promesas, ordeno abrir las puertas de la ciudadela y entregar las armas. Fueron entregadas a total 400 armaduras, 500 espadas y 400 lanzas. Jalid y Akidar se dirigieron a Medina llevando consigo los trofeos. Antes de llegar envió al Enviado de Dios (B.P.) un manto precioso bordado en oro que Akidar solía usar sobre sus hombros y había entregado a Jalid.

Los ojos de un grupo de hombres mundanos se fijaron con avidez en esa rica vestimenta, mientras que el Profeta (B.P.), sin darle mayor importancia decía: “La ropa de los Paraísos es más asombrosa aún”. Cuando visitó al Profeta (B.P.), Akidar no adhirió al Islam pero se dispuso a abonar el impuesto anual y establecer un acuerdo.

Posteriormente Muhammad (B.P.) le entregó un ob­sequio y encargó a Ibad Ibn Bush cuidar de que llegara sano y salvo a Dumatul Yandal.

Importancia de la Expedición a Tabuk

A pesar de que en esta penosa y dificultosa expedición el Profeta (B.P.) no se enfrentó con ningún enemigo obtuvo no obstante gran número de triunfos morales. Aumentó considerablemente el respeto al ejército islámico y su prestigio, y consolidó su poder y respeto entre los mora­dores del Hiyaz y las fronteras con Sham.

Tanto amigos como enemi­gos pudieron comprobar que la fuerza del Islam había crecido al punto de poder enfrentarse con los más grandes poderes militares de la época e infundirles temor y respeto. La divulgación de estos acontecimientos entre las tribus árabes terminó por desplazar de sus mentes toda idea de rebelión.

A raíz de lo anterior, tras el regreso del Profeta (B.P.) a Medina, los representantes de las diferentes tribus árabes que hasta aquel día no se habían sumado al Islam, visitaron la capital de los musulmanes y ma­nifestaron su intención de islamizarse y obedecer. Como ya dijimos an­tes, el número de estas delegaciones fue tan grande que se llamó a este período el “año de las delegaciones”.

Por otra parte los musulmanes aseguraron la paz de la zona al con­cretar diversos pactos con los gobernadores de las zonas fronterizas del Hiyaz y de Siria, asegurándose que sus jefes no colaborarían con el ejército romano. Otra ventaja fue que esta expedición finalmente alla­nó el camino para la conquista de Sham, pues permitió que los coman­dantes conocieran lo que era un largo viaje expedicionario y los pro­blemas que acarreaba.

Además les adiestró para luchar contra grandes ejércitos. Todo esto hizo posible que las primeras conquistas de los musulmanes luego del fallecimiento del Profeta (B.P.) fueran Sham y Siria. Finalmente, un último beneficio que se obtuvo fue el haber po­dido diferenciar al creyente del hipócrita lo que hizo posible un gran decantamiento entre los musulmanes.

Los Hipócritas Planean el Asesinato del Profeta (B.P.)

El Profeta (B.P.) permaneció aproximadamente diez días en Ta­buk y partió a Medina tras enviar a Jalid a Dumatul Yandal. Doce hipócritas -ocho quraishitas y cuatro medinenses- decidieron enfu­recer a la camella del Profeta (B.P.) cuando pasara por una montaña a cuyos lados había precipicios. Si la maniobra les resultaba el Enviado de Dios (B.P.) se despeñaría por uno de ellos.

Cuando el ejército islámico llegó a las cercanías del lugar Muhammad (B.P.) dijo: “Quienes lo deseen pueden seguir el rumbo a través del desierto”. No obstante él se dirigió por la monta­ña mencionada mientras Hudhaifa iba detrás suyo y Ammar sostenía las riendas de su camella.

Habiendo recorrido un corto trecho el Profe­ta (B.P.) volvió el rostro y en medio de la noche iluminada divisó a unas perso­nas persiguiéndolo, quienes murmuraban entre sí y llevaban los rostros cubiertos para no ser reconocidos. El Enviado de Dios (B.P.) reaccionó de inmediato y dando un grito ordenó a Hudhaifa que espantara a los ca­mellos de los extraños con su báculo. La exclamación del Profeta (B.P.) pro­vocó temor en los corazones de los conjurados.

Al descubrir que el Pro­feta (B.P.) conocía sus intenciones huyeron rápidamente uniéndose al resto del ejército. Relata Hudhaifa: “Los reconocí por las marcas de los ca­mellos y dije al Profeta (B.P.): ‘Te diré quienes fueron para que sean castiga­dos’.

Pero él me respondió con dulce voz: ‘Abstente. No reveles sus nombres, tal vez se arrepientan’. Y agregó: ‘Si yo los castigara dirían “Muhammad en la cima de su poder colocó su espada en el cuello de sus seguidores”.

La Intención que Vale por el Acto

Ninguna escena es más grandiosa que el regreso de un ejército triunfante a su patria, y nada es más dulce para el gusto del combatiente que obtener el triunfo que resguarda su honor y su integridad. Ambas situaciones estuvieron sin duda presentes en el regreso del ejército islámico a Medina. La alegría y la euforia de los combatientes era desbor­dante.

El orgullo por su campaña y la victoria obtenida sin lucha con­tra un poderoso enemigo podían descubrirse en sus palabras y su com­portamiento. La razón de todo esto era justificada: habían infundido temor a un poderoso enemigo como el bizantino, que a su vez había derrotado no hacía mucho a un fuerte rival como Persia.

Por supuesto, el haber puesto en fuga a un enemigo como ese era un gran honor y era más que razonable que los soldados expusieran ese honor frente a los que habían permanecido en la ciudad sin motivos válidos.

No obs­tante, tal vez el regreso triunfante provocaría en algunos un orgullo ilimitado, que obrara como insulto para los que habían permanecido en Medina por causas válidas, y que habían participado con el cuerpo expedicionario en sus corazones.

Por todo esto, cuando el ejército se detuvo antes de ingresar a Medina, dijo el Profeta (B.P.): “Hay en Medina personas que no partieron con ustedes en esta expedición; cualquier paso que ustedes hayan dado, ellos también lo dieron”. Le pregunta­ron. “¿Cómo es posible que ellos, permaneciendo en Medina, también nos acompañaran?”

Respondió el Enviado de Dios (B.P.): “Esas son las personas que no pudieron concretar el Yihad a causa de una situación justificada, pero que pese a todo tenían un gran anhelo por concretar su gran deber islámico”.

Con esta breve disertación el Profeta (B.P.) dejó sen­tado uno de los principios fundamentales de la concepción islámica: una pura intención vale por el acto realizado, por lo que, aquellos que sen ven privados de realizar algún buen acto por falta de recursos o posibilidades, participan con los demás de la recompensa del mismo por el sólo hecho de haber tenido la intención de concretado.

Si el Islam busca mejorar la situación externa, con mucha más ra­zón desea perfeccionar el interior de las personas, pues es su interior, es decir sus creencias e ideología, lo que genera sus ideales.

Así el En­viado de Dios (B.P.) puso un coto al orgullo de los combatientes pro­tegiendo la situación y sentimientos de los disculpados con motivos válidos del Yihad, pero ello no obstante había decidido reprender a los infractores que no tuvieron motivo valedero para no participar en la ex­pedición. He aquí la historia de tres de ellos.

El día en que se anunció el llamado a las filas del ejército para par­ticipar en el Yihad tres hombres, llamados Hilal, Ka‘b y Mararat, se pre­sentaron ante el Profeta (B.P.) y se disculparon anunciándole que no partici­parían en la expedición. Su excusa fue que aún no habían terminado las cosechas. No obstante prometieron que tras terminar con este asunto se sumarían al ejército en Tabuk.

Personas así, que ponen en una misma balanza la Causa de Dios y el dinero, que prefieren las ventajas materia­les a la libertad, carecen de carácter. A quienes equiparan los deleites pasajeros de este mundo con la noble vida bajo la bandera de la liber­tad de pensamiento, política y cultural, es preciso reprenderlos para evi­tar de esta forma que el resto de los musulmanes se contagien de su de­bilidad.

Esos tres hombres no sólo no partieron con el ejército sino que tampoco cumplieron su promesa hecha al Profeta (B.P.). Estaban entretenidos en los negocios y en la acumulación de bienes del mundo cuando de pronto se difundió la noticia del victorioso regreso del ejército islámico.

Para compensar el mal realizado se apresuraron en salir a recibirlo, saludarlo y felicitarlo. El Enviado de Dios (B.P.) les restó importancia y al llegar a Medina comenzó a hablar en medio de una espectacular concentración de gente llena de euforia y alegría.

Sus primeras palabras fueron: “¡Gentes! Este trío ha menospreciado el mandato islámico (del Yihad por la Causa de Dios), y no cumplió la promesa que me hizo, prefirien­do, los negocios y las riquezas al sacrificio bajo la bandera del mono­teísmo. Por lo tanto corten todo tipo de relaciones que los una a ellos”.

Aunque el número de los que se rehusaron a sumarse a la expedición era aproximadamente de 90, como la mayoría de ellos eran hipócritas y nadie esperaba que participaran de la guerra santa, la crítica del Pro­feta (B.P.) fue dirigida hacia tres musulmanes. Dos de ellos, Mararat y Hilal habían participado en la batalla de Badr y gozaban de gran prestigio. El sabio proceder del Profeta (B.P.) tuvo un efecto eficaz.

Los infractores vie­ron desaparecer totalmente todo intercambio y transacción comercial con ellos de parte del pueblo. Sus mercancías no se vendían y hasta sus parientes cortaron sus relaciones. El boicot a que los sometió la gente y el cese de toda relación los puso en tal aprieto que la amplia tierra de Medina se les volvió estrecha.

Descubrieron pronto que era imposible vivir en una comunidad islámica si no se adhería profunda y firmemente a los intereses de los musulmanes, y que la vida de una minoría en me­dio de una abrumadora mayoría no dura mucho, especialmente cuando esa minoría es artera y malintencionada.

Sus cálculos por un lado, y sus naturalezas por otro, los llevaron finalmente por el camino de la verdadera fe y se arrepintieron. Suplica­ron a Dios y reconocieron su mal proceder. Dios aceptó su arrepenti­miento y a través de una aleya coránica hizo saber al Profeta (B.P.) de que los había perdonado. Sin demora alguna el Profeta anuncia la detención del boicot.

“También absolvió a los tres que se rezagaron (en la expedición de Tabuk) hasta que la tierra, con toda su amplitud, se les tornó estre­cha, lo mismo que sus corazones, y se persuadieron de que no tenían más amparo que Dios; y Él les absolvió a fin de que se arrepintiesen. Porque Dios es Remisorio, Misericordiosísimo” (Corán 9:118).

El Caso de la Mezquita de Zerar

Dentro de la península arábiga Medina y Nayran eran dos gran­des centros de la gente del Libro (judíos y cristianos). Un grupo de árabes de las tribus de Aus y Jazray habían así adherido al judaísmo y al cristianismo. Abu Amer, el padre de Hanzala, famoso mártir de la batalla de Uhud, se inclinaba en la época de la gentilidad por el cris­tianismo y seguía a sus monjes.

Cuando comenzó a brillar la estrella del Islam en el horizonte de Medina y se disolvieron las minorías reli­giosas, Abu Amer se irritó mucho y comenzó a colaborar estrechamente con los hipócritas de Auz y Jazray. El Profeta (B.P.) supo de sus actos sediciosos y quiso arrestarlo pero él huyó a la Meca y más tarde a Taif.

Después que los musulmanes conquistaron Taif se refugió en Sham, y desde allí comenzó a dirigir a la banda de conspiradores y espías del partido hipócrita.

Escribió a sus aliados en una de sus cartas: “Cons­truyan una mezquita en Quba, frente a la mezquita de los musulmanes. Reúnanse allí a la hora de la oración y con ese pretexto conversen en torno a los temas que conciernen al Islam y los musulmanes, y sobre como concretar los planes de nuestro grupo”.

Al igual que los actuales enemigos del Islam, Abu Amer sabía que en medio de una comunidad donde la religión es lo esencial y el núcleo, no hay mejor medio para destruirla que aprovechar el nombre de esa misma religión. Bajo el nombre del Islam se podría aprovechar mucho mejor que bajo cual­quier otro disfraz.

El estaba seguro de que el Profeta (B.P.) no consentiría al partido hipócrita la construcción de ningún centro salvo que se lo pre­sentara como religioso y fuese una mezquita o un templo.

En el momento en que el Profeta (B.P.) partía hacia Tabuk los representantes del partido hipócrita lo visitaron y le pidieron que les permitiera edificar una mezquita en su barrio con el pretexto de que sus ancianos y enfer­mos no podían trasladarse a la mezquita de Quba en las noches de os­curidad y tormenta. El Enviado de Dios (B.P.) no les dio una respuesta concreta y les señaló que les contestaría a su regreso.

Durante su au­sencia los hipócritas se apresuraron a construir el centro al cual darían el nombre de “mezquita”. El día que el Enviado de Dios (B.P.) regresó a Medina todos le rogaron que orara allí a modo de inauguración.

En ese preciso instante el Ángel de la Revelación descendió e informó al Pro­feta (B.P.) de las verdaderas intenciones de aquéllos, y llamó al templo “la mezquita del zerar”, es decir, la que fue construida con finalidades par­tidistas para desunir a los musulmanes.

“Mas quienes erigieron una mezquita en perjuicio de los creyentes, para difundir entre ellos la incredulidad, la discordia y la acechanza de quienes anteriormente combatieron a Dios y a Su Mensajero, jurarán diciendo: ‘No quisimos con ello sino el bien’, pero Dios es testigo de que son mentirosos. ¡Jamás ores en ella!

Porque una mezquita que desde el primer día ha sido cimentada en el temor de Dios es más digna de que ores en ella, pues en ella hay hombres que ansían purificarse, porque Dios ama a los puros. ¿Quién es mejor: el que ha cimentado su edificio sobre el temor de Dios y Su beneplácito, o quién construyó su edificio al borde de un desplomado torrente y pronto a derrumbarse, con él, en el fuego del Infierno?

Dios no ilumina a los inicuos. El templo que cons­truyeron no cesará de ser causa de duda en sus corazones, a menos que sus corazones se despedacen; porque Dios es Sapientísimo, Prudente” (Corán 9:107 -110).

  • 1. Algunos historiadores han relatado de diversas maneras los detalles de la muerte y la sepultura de Abu Dharr. Algunos afirman que al llegar la caravana Abu Dharr estaba aún con vida y pudo conversar con los viajeros. Otros aseguran que su cadáver fue transportado por su esposa e hijo cerca de la ruta; algunos otros di­cen que al llegar los viajeros ya había fallecido. Una última versión afirma que am­bos se sentaron junto al camino y luego guiaron a las caravaneros hacia el cuerpo de Abu Dharr.
  • 2. Impuesto que pagan los no musulmanes que se benefician de la protección de un estado islámico en compensación por no participar en la guerra.