Capítulo 55: El Noveno Año de la Hégira (3ª parte)
La Delegación de Zaqif en Medina
Tras enfrentar muchas penurias y dificultades la expedición a Tabuk cumplió su cometido y los combatientes regresaron a Medina agobiados por el esfuerzo aunque triunfantes. En el camino de regreso no enfrentaron a ningún otro enemigo ni tampoco obtuvieron botín de guerra. Por tal motivo no faltó un grupo de ignorantes que consideró a aquella expedición como emprendida en vano.
Estos cortos de miras no vieron los invisibles beneficios que se estaban perfilando como resultado de esta expedición. No pasó mucho tiempo que comenzó a dar sus frutos. Los más encarnizados enemigos del Islam de entre las tribus árabes que con anterioridad a esta expedición no estaban dispuestas a islamizarse, enviaron luego representantes que notificaron su disposición a hacerla.
Además; abrieron las puertas de su fortaleza a los musulmanes para que éstos destruyeran sus ídolos e instalaran en su lugar la bandera de la Unidad Divina. Estos grupos de gente superficial, evidentemente, sólo dan importancia a los resultados visibles y materiales.
Seguramente que si en su regreso los soldados musulmanes se hubieran enfrentado al enemigo, vencido y obtenido botín, hubieran afirmado que el resultado de la expedición había sido brillante. Pero aquellos que analizan en profundidad los hechos, consideran fructífero cualquier emprendimiento que ayuda a la concreción del principal objetivo: la difusión del Islam.
Obviamente la expedición a Tabuk fue un gran apoyo para alcanzar los objetivos del Profeta (B.P.) consistentes en atraer a las tribus árabes a su doctrina, pues en todo el Hiyaz se divulgó lo ocurrido, y la forma en que los romanos eludieron la lucha.
De esta forma muchas tribus rebeldes se decidieron a colaborar con los creyentes y el Islam, viendo que podrían permanecer a salvo de ataques de los bizantinos y los persas. Veamos un ejemplo de tales cambios de actitud en una de las más empecinadas tribus árabes.
Discrepancia y Desunión en la Tribu de Zaqif
La rebeldía y el empecinamiento de la gente de Zaqif eran famosos. Esta tribu resistió al ejército islámico durante todo un mes refugiada en su fortaleza. Uruat Ibn Mas'ud, uno de los jefes de la tribu, supo de lo sucedido en Tabuk. Antes de que el Profeta (B.P.) entrara en Medina lo visitó, se islamizó y le pidió permiso para viajar a Taif y convocar a su tribu a la Unidad Divina.
El Enviado de Dios (B.P.) le advirtió sobre las probables consecuencias que le acarrearía semejante actitud diciéndole: “Temo que pierdas tu vida por hacerlo”. Le respondió: “Ellos me aman más que a sus ojos”. Pero tanto su pueblo como los jefes de su tribu aún no habían comprendido la grandeza del Islam y continuaban siendo orgullosos y arrogantes.
Decidieron así asesinar al primer convocador al Islam que recibían mientras éste permanecía en su vivienda exhortando a la verdad. Dijo Uruat durante sus últimos instantes de vida: “Mi muerte es una merced divina y el Enviado de Dios (B.P.) me la había anunciado”.
La Delegación de Representantes de Zaqif
Los integrantes de esta tribu se sintieron arrepentidos luego del asesinato de Uruat y se dieron cuenta que la vida en el Hiyaz se les haría imposible de sobrellevar pues en todos los territorios ya flameaba la bandera del Islam, y campos y rutas comerciales estaban en manos de los musulmanes.
Durante una reunión convocada para resolver el problema los zaquifíes decidieron enviar un representante a Medina con el propósito de entrar en gestiones con el Enviado de Dios (B.P.) y comunicarle que adherirían al Islam bajo determinadas condiciones. Por unanimidad de votos los integrantes de la tribu eligieron para esta misión a Abdialail.
No obstante éste se abstuvo alegando: “Tal vez ustedes cambien de opinión cuando me vaya y me ocurra lo que a Uruat”. Pero luego propuso: “Acepto la responsabilidad de esta misión si cinco de ustedes me acompañan”. Y su propuesta fue aceptada. Seis personas abandonaron Taif y se detuvieron junto a una fuente de agua en las cercanías de Medina.
Mugairat Ibn Shu'bat, musulmán perteneciente a la tribu en cuestión que había salido de la ciudad para apacentar los caballos de los compañeros del Profeta (B.P.), los divisó. De inmediato se les aproximó y cuando conoció sus objetivos dejó los caballos bajo el cuidado de todos ellos y partió a la ciudad a comunicarle el Enviado de Dios (B.P.) la novedad.
En el camino halló a Abu Bakr y le informó de lo que ocurría Abu Bakr le rogó a Mugaira que le permitiera ser él quien diera la noticia al Profeta (B.P.) y éste se lo concedió. Abu Bakr transmitió la noticia y agregó: “Ellos están dispuestos a islamizarse en tanto sean aceptadas, algunas condiciones”.
Enseguida el Enviado de Dios (B.P.) ordenó, disponer una tienda cerca de la mezquita y encargó a Mugaira y a Jalid Ibn Said conseguir todo lo necesario para la recepción y el hospedaje de los viajeros.
La delegación visitó al Profeta (B.P.) y a pesar de que Mugaira les había advertido que lo saludaran al modo de los musulmanes y que no lo hagan al modo de la época de la gentilidad, ellos, por su arrogancia y altanería, hicieron oídos sordos a tal recomendación. Las gestiones duraron unos días. Jalid se encargó de proporcionarle breves reseñas de las mismas al Profeta del Islam (B.P.).
Las condiciones impuestas por la delegación
El Enviado de Dios (B.P.) aceptó la mayoría de las condiciones e inclusive firmó un acuerdo por el que garantizaba la seguridad del distrito de Taif. Algunas de las condiciones que reclamaban eran tan irracionales que llegaron a irritar al Enviado de Dios (B.P.).
A continuación las transcribimos: Pretendían adherir a la doctrina monoteísta con la condición de que los musulmanes dejaran intacto por el término de tres años el gran templo idólatra que poseían, tiempo durante el cual el más grande de los ídolos sería adorado.
Enfrentados a la negativa del Profeta (B.P.) redujeron el plazo pedido a un mes. Semejante pedido era realmente vergonzoso ante el Enviado de Dios (B.P.) cuya principal función era erradicar la idolatría y destruir los ídolos. Esta condición demostraba a las claras que esa gente deseaba un Islam que no perjudicara sus intereses ni motivaciones internas.
No obstante, cuando comprendieron la insensatez de la propuesta comenzaron a excusarse diciendo:
“Lo planteamos para burlar las críticas de las mujeres y los ignorantes de nuestra tribu, para que no hubiera obstáculos a la entrada del Islam en nuestro territorio. Ya que el Profeta (B.P.) no está de acuerdo sólo pedimos que no sean los nuestros los que deban asumir la responsabilidad de destruir los ídolos, que sean extraños a nuestra tribu los que lo hagan”.
El Profeta (B.P.) aceptó esta última petición pues su propósito era destruir los ídolos y templos paganos, no importando a manos de quien se concretara.
Otra condición que impusieron al Enviado de Dios (B.P.) fue que los liberara de la obligación de realizar la oración. Creían que igual que los líderes de la gente del Libro (judíos y cristianos) podrían alterar los mandatos divinos, prescribiendo la oración para unos y librando de ella a otros.
Eran ignorantes que no comprendían que Muhammad (B.P.), como fiel transmisor del Mensaje divino, no podía agregar ni obviar ni un punto del mismo. Esta condición demuestra que no se habían sometido realmente de alma, y que su tendencia hacia el Islam era fruto de sus intereses circunstanciales.
Esto era lo que los llevaba a acepta unas cosas y rechazar otras. El Islam y la fe en Dios son un sometimiento interior, total, cuyo resultado es la admisión de todas las leyes emanadas del Señor con confianza y amor.
El Enviado de Dios (B.P.) les dijo: “La jaira fi dinin la saláta ma'ahu” (No hay beneficio en una religión a la que no acompaña la oración). Un musulmán que no inclina su cabeza ante Dios ni lo recuerda a lo largo de las noches y los días no es un musulmán verdadero.
Cuando ambas partes llegaron a un acuerdo firmaron un pacto. La delegación partió hacia los suyos. El más joven de ellos, que había demostrado gran interés en el aprendizaje del Corán y los mandatos divinos, fue elegido por el Profeta (B.P.) jefe de la tribu de Zaqif y representante tanto en la actividad religiosa como política.
Entre sus recomendaciones le dijo: “Cuando realices la oración colectiva ten en cuenta el estado de los débiles y los enfermos, y no extiendas mucho tu oración (conduciendo a los demás)”. Posteriormente se nombró a Mugaira y a Abu Sufián encargados de viajar a Taif con la delegación y destruir los ídolos.
Abu Sufián, que hasta hacía poco tiempo atrás había sido el protector de la idolatría suscitando sangrientas guerras para defenderla esta vez destruyó los ídolos con un hacha. De sus restos quedó una montaña de leña, y las joyas que portaban las estatuas fueron vendidas y según una orden del Profeta (B.P.) se saldó con ello las deudas de Uruat y su hermano Asuad.