read

Capítulo 53: El Noveno Año de la Hégira (1ª parte)

Alí (P) en la Tierra de la Tribu de Tey

La islamización de Adi Ibn Hatam

El VIII año de la Hégira transcurrió trayendo tanto acontecimien­tos dulces como amargos, y sobre todo fue el año en que los musulma­nes se apoderaron de la más importante base de la incredulidad: La Meca. El gran líder del Islam había vuelto victorioso a Medina. Los efectos del poder militar y organizativo de los musulmanes se hacían sentir sobre la mayor parte de Arabia.

Las rebeldes tribus árabes que hasta ese momento no imaginaban semejante victoria de los monoteístas co­menzaron a pensar en un mayor acercamiento a los musulmanes y en aceptar su religión. Con este fin representantes de diversas tribus árabes y a veces grupos guiados por sus jefes visitaban al Profeta (B.P.) y adherían al Islam.

Dada la cantidad de delegaciones que llegaron a Medina en este año que comenzamos a referir, el IX de la Hégira, se lo llamó 'Amul Uufud, el “año de las delegaciones”.

Cierta vez un grupo perteneciente a la tribu de Tey visitó al Pro­feta (B.P.), e iba presidida por Zaidul Jail.

Cuando el Enviado de Dios (B.P.) habló con este hombre quedó asombrado por su inteligencia y entonces le dijo: “Me he encontrado con varios grandes entre los árabes, y los noté inferiores (en capacidad) a lo que se me había referido. En tu caso sucede todo lo contrario. Por eso mejor que te llames Zaidul Jail es que te llames Ziadul Jair (Zaid de la benevolencia)”.

Un análisis del tipo de las delegaciones y de las entrevistas mantenidas con el Enviado de Dios (B.P.) muestra a las claras la enorme influencia que alcanzó el Islam, por entonces, en la península arábiga. Naturalmen­te los Tagút (opresores y déspotas) de la época, tales como un Abu Sufián o un Abu Yahl, significaron obstáculos para el avance del Islam.

Muchas de las batallas libradas por el Profeta (B.P.) eran precisamente para desbaratar las maquinaciones de estos taguts. Ninguna doctrina verdadera no obstante se ha afirmado sin quebrar antes el poder de estos déspotas y opresores, desarraigando las espinas que colocaban en el camino de su desarrollo y avance.

Y esto lo vemos en el hecho de que todos los profetas lucharon antes que nada por derrotar a los opresores y eliminar los obstáculos por ellos creados. El Sagrado Corán se refiere a las delegaciones y al triunfo progresivo del Islam en un capítulo especial, la sura An-Nasr:

“Cuando te llegue el triunfo de Dios y la Victoria, y veas entrar a la gente, en tropel, en la religión de Dios, Celebra, entonces (¡Oh Enviado!) las alabanzas de tu Señor, e implora Su per­dón, porque Él es Remisorio” (Corán 110).

A pesar de la mayor tendencia y simpatía de las tribus árabes por el Islam se produjeron en el noveno año de la Hegira siete sariiah (expediciones militares no conducidas por el Profeta), y una gazuah (combate). Las primeras consistieron mayormente en desbaratar distintas maquinaciones y complots y en destruir ídolos que seguían siendo adora­dos en distintas tribus.

De entre ellas se destaca la llevada a cabo por el Imam Alí (P) por orden del Profeta (B.P.) en la tribu de Tey, y de las gazuah, la de Tabuk. En este último caso el Enviado de Dios (B.P.) condu­jo a un gran ejército hacia Tabuk pero regreso sin que se produjera enfrentamiento alguno, no obstante lo cual allanó el camino para la con­quista de la ciudad fronteriza en el futuro.

La Destrucción del Templo de la Idolatría

La responsabilidad fundamental del Profeta (B.P.) era la divulgación del credo monoteísta y la erradicación de toda forma de idolatría. Con ese fin comenzaban primero con una prédica basada en la lógica y el razo­namiento, exponiendo, mediante claros y explícitos motivos, la falta de fundamento de ese proceder idolátrico.

Si luego se observaba una actitud contumaz y persistente en la idolatría se estaba ya en derecho a apelar a la fuerza para curar a esos enfermos espirituales que se nega­ban a tomar la medicina. Si hoy en día se expandiera una epidemia por toda una ciudad y algunos ignorantes se negaran a ser vacunados el Mi­nisterio de Salud Pública tiene derecho a obligarlos a vacunarse.

En este caso ocurría algo similar. El Enviado de Dios (B.P.) sabía que la idola­tría, como una peste epidémica, termina por destruir todas las más no­bles virtudes y cualidades humanas, humillando a los hombres ante piedras y supersticiones.

Por todo esto el Profeta (B.P.) detenta la misión divina de erradicar la ido­latría y asociación a Dios, extinguiendo todas sus manifestaciones, de­biendo luchar con sus fuerzas militares contra cualquier grupo que re­sista sus reformas.

La superioridad militar del Islam brindó al Profeta (B.P.) la oportunidad de enviar delegaciones a todos los ángulos del Hiyaz con la finalidad de erradicar todos los templos de la idolatría y no dejar en pie ni uno solo de los ídolos.

Alí (P) en la Tierra de Tey

El Enviado de Dios (B.P.) tenía conocimiento de que en la tribu de Tey aún existía un ídolo al cual un grupo rendía culto. Envió entonces al hábil e inteligente Comandante de los creyentes al mando de ciento cincuenta hombres con la misión de destruirlo así como al templo que lo alojaba.

En el curso del viaje Alí (P) se enteró de que la tribu mencionada re­sistiría el ataque de los soldados del Islam y que la misión no se podría concretar pacíficamente, debiendo luchar. En vista de las circunstancias decidió atacar el templo por la madrugada; cumpliendo de este modo la misión sin grandes perjuicios. Así se hizo y en la refriega se tomaron prisioneros de un grupo que resistió. Alí (P) regresó con ellos a Medina.

Adí Ibn Hatam, quien más adelante se contaría entre los musul­manes luchadores, siendo nombrado jefe de su tribu (título que poseía su generoso padre antes de desaparecer), cuenta del siguiente modo la aventura de su fuga: “Antes de elegir la fe islámica yo era cristiano y le guardaba rencor al Profeta (B.P.) a raíz de la mala propaganda que habían he­cho en su contra.

Por supuesto que estaba al tanto de sus grandes vic­torias en el Hiyaz y sabía que algún día su poder llegaría a las tierras de Tey. Con el propósito de seguir en mi religión y no convertirme en pri­sionero de los musulmanes, ordené a mis esclavos tener siempre listos mis mejores y más veloces camellos para poder fugarme a Sham en caso de peligro.

Puse también vigilantes en las rutas para no ser sorprendido y para que, apenas observaran el polvo que levantaran los caballos del ejército islámico o divisaran sus banderas, me avisaran. Cierto día uno de mis criados dio la señal de peligro y me informó del avance del ejér­cito del Islam. Ese mismo día me dirigí a Sham junto a mi esposa e hi­jos.

En esa época Sham era el centro del cristianismo en oriente. Mi her­mana se quedó y fue tomada prisionera. Luego de ser trasladada a Me­dina fue alojada en una casa cercana a la Mezquita. Así cuenta su his­toria: ‘Cierto día el Enviado de Dios (B.P.) se dirigía a la Mezquita para realizar la oración.

Cuando pasó frente a la casa de los prisioneros me paré frente a él y le supliqué: ‘¡Enviado de Dios!, mi padre ha fallecido y también mi protector. ¡Agráciame que Dios te agraciará!’ El me pre­guntó: ‘¿Quién era tu protector?’ Le respondí que era Adí Ibn Hatam. Dijo: ‘¡El mismo que escapó de Dios y Su Enviado dirigiéndose a Sham!’ y tras decir esto siguió su rumbo.

Al día siguiente se intercambiaron las mismas palabras entre nosotros pero nada cambió. Al tercer día es­taba desilusionada, pero sin embargo un joven que caminaba detrás su­yo me indicó por señas que repitiera mi ruego. Una luz de esperanza se encendió en mi corazón. Me puse de pie y repetí mi ruego por tercera vez.

Esta vez el Profeta (B.P.) me respondió: ‘¡No te apresures! He deci­dido enviarte junto a alguien de confianza pero aún no están dadas las condiciones para tu regreso’. Mi hermana decía que el joven era el Imam Alí Ibn Abi Talib (P). Continuó ella: ‘Cierta vez una caravana partía a Sham. En ella viajaban algunos de mis parientes. Le pedí entonces al Profeta (B.P.) que me permitiera viajar con ellos. El aceptó mi ruego, me dio una suma de dinero y una buena montura así como algunas vestimen­tas’.

Dice Adí: ‘Yo estaba sentado en mi habitación en mi casa de Sham cuando de pronto vi un camello arrodillarse frente a mi morada. Al descubrir que se trataba de mi hermana la ayudé a bajar y la llevé al interior. Luego de descansar un rato ella comenzó a reprochar mi fuga y el haberla abandonado. Yo sabía que mi hermana era sensata e inteligente.

Un día conversando con ella sobre el Profeta (B.P.) le pregunté qué opinión tenía de él, a lo que respondió’: ‘Observé en él destacadas virtudes. Creo conveniente que te sumes a él lo más pronto posible por­ que si realmente es un profeta, tendrán más mérito quienes se adelanten en creerle, y si sólo fuera un gran líder, no te perjudicará y tu is­lamización te sería provechosa’ ”.

Adi Ibn Hatam se dirige a Medina

Relata Adí: “Las palabras de mi hermana me impresionaron. Partí entonces hacia Medina. Ni bien llegué averigüé el paradero del Profeta (B.P.). Fui a la mezquita, me senté frente a él y me presenté. El Enviado de Dios (B.P.) me reconoció y se puso de pie, luego me pidió que lo acom­pañara a su casa. En la mitad del camino una anciana comenzó a hablar­le. Observé cuán humildemente la escuchaba y le respondía. Su bello carácter me cautivó.

Entonces me dije: ‘Seguramente no es un líder co­mún’. Cuando entré a su casa quedé asombrado por la humilde vida que llevaba. Me puso el único almohadón que tenía y me pidió que me sen­tara en él. Él, el hombre más poderoso del Hiyaz, se sentó sobre una alfombrilla (y según otra versión sobre el suelo).

Quedé profundamente sorprendido por su carácter humilde, su elogiable conducta moral y todas sus bellas cualidades así como por el extraordinario respeto que mostró para conmigo. Pude descubrir que no era un hombre común ni un simple líder. Me preguntó: ‘¿Tú pertenecías a Rokus (denomina­ción de una secta cristiana)?’. Le respondí que sí.

Preguntó: ‘¿Por qué te apoderabas de un cuarto de los ingresos de tu tribu? ¿Acaso tu religión te lo permitía?’ Le dije que no, y de las informaciones que tenía sobre mi vida descubría que era sin duda un profeta. Estaba pensando en ello cuando me dijo:

‘Que la actual pobreza de los musulmanes no constituya un obstáculo para tu islamización puesto que llegará un día en que las riquezas del mundo se volcarán sobre ellos y no habrá perso­nas que las puedan recolectar.

Si lo numeroso de los enemigos y la escasez de los musulmanes es lo que te impide islamizarte te advierto que llegará un día en que la expansión del Islam será tal, y tan grande el número de musulmanes, que una mujer podrá visitar sola la casa de Dios sin que nadie la moleste.

Si hoy ves que el poder y la influencia está en manos de otro sabe que ha de llegar un día en que las fuerzas del Islam se apoderarán de los palacios y abrirán para sí las puertas de Babilonia’.

Continué viviendo hasta observar que bajo la seguridad brindada por el Islam las mujeres que no tenían familiares podían viajar tranquilas a la casa de Dios. Presencié la conquista de Babilonia; vi cuando los musulmanes se apoderaron del trono y la corona de Cosroes, y espero poder ver el vuelco de las riquezas hacia los musulmanes”.

El sabio Tabarsí escribe en su libro sobre interpretación del Corán, acerca de este versículo: “Tomaron por protectores (señores y amos) a sus escribas y monjes, en vez de Dios, así como al Mesías, hijo de María; cuando no se les ordenó adorar sino a un solo Dios. ¡No hay más dios que El! ¡Glorificado sea de cuanto le atribuyen!” (Corán 9:31), lo siguiente:

“Cuando Adí visitó al Profeta (B.P.), éste estaba recitando la aleya citada. En tono de reproche el visitante le dijo: ‘Nosotros jamás adora­mos a nuestros monjes, ¿por qué dices que los hemos tomado como nuestros señores?’

Respondió el Profeta: ‘¿Si ellos consideran lo ilíci­to como lícito y lo lícito como ilícito, los seguirían?’ Adí respondió que sí. Dijo el Profeta: ‘Esto es testimonio de que realmente los consi­deran sus señores y sus amos’ ”.