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Capítulo 33: El Cuarto Año de la Hégira (1ª parte)

Hechos Dramáticos en la Difusión del Islam

Tras el final de la batalla los efectos políticos de la derrota de los musulmanes quedaron a la vista. A pesar de mostrarse firmes y pacien­tes contra el enemigo victorioso, impidiendo una nueva ofensiva des­pués de Uhud, las instigaciones internas y externas para exterminar el Islam se acrecentaron.

Los hipócritas, los judíos medinenses, los inicuos de las afueras de la ciudad y las lejanas tribus impías, se llenaron de osa­día y no cesaron de instigar, de tramar complots y reunir huestes y armas para derribar la fe naciente. Con gran habilidad el Profeta (B.P.) fue sorteando estos múltiples obstáculos. Sofocaba las sublevaciones internas y se imponía a las tribus, también internas, que intentaban atacar Medi­na.

Le fue informado en cierto momento que la tribu de Banu Asad ha­bía planeado tomar Medina, realizar una matanza y saquear los bienes de los musulmanes. De inmediato el Profeta (B.P.) envió a un grupo de 15 per­sonas, comandadas por Abu Salama, al lugar donde se encontraban los intrigantes.

Muhammad (B.P.) le había ordenado al comandante ocultar el mo­tivo principal de su viaje, y tomar un camino desconocido por el enemi­go. Le ordenó a este fin descansar durante el día y viajar de noche.

Abu Salama cumplió con las órdenes del Profeta (B.P.) y cayendo por sorpresa rodeó el territorio de la tribu de Banu Asad por la noche, des­baratando así el complot que empezaba a urdirse. Victorioso, regresó a Medina portando gran cantidad de trofeos. Este hecho tuvo lugar en el trigésimo quinto mes de la Hégira.

Con pequeñas expediciones militares el Profeta (B.P.) desbarataba los incipientes complots contra el gobierno islámico, pero además en­viaba detrás suyo a grupos encargados de la difusión y enseñanza del Islam a las tribus que se mostraban atraídas por la nueva doctrina.

Estos enviados encargados de la difusión eran hombre de fe fir­me, memorizadores del Corán y conocedores de los mandatos y ense­ñanzas del Profeta (B.P.). Personas especialmente capacitadas para transmitir la enseñanza del Islam con claridad expresiva y elocuencia, aunque fue­ra a costa de sus propias vidas. De este modo se concretaban los distin­tos aspectos y responsabilidades de la misión profética.

En realidad, los grupos militares, tenían por objeto sofocar las se­diciones, mientras que el grupo difusor asumía la gran responsabilidad de atraer los corazones y esclarecer las ideas luego de apagado el fuego del conflicto. Algunas de las tribus bárbaras, sin embargo, fingieron es­tar atraídas por el Islam (B.P.), atrajeron y dejaron entrar a los creyentes encargados de enseñarles para luego matarlos salvajemente y a mansalva.

Veremos a continuación la historia de uno de estos grupos, conformado por seis hombres según Ibn Hisham, y por diez según Ibn Saad, que en­contró el martirio en la difusión del Islam.

La Masacre de los Difusores del Islam

Un grupo de representantes de las tribus de Adhul y Qarrah visitó al Profeta (B.P.) e hipócritamente le dijeron: “¡Profeta de Dios! Nues­tros corazones tienden al Islam y nuestro medio está preparado para aceptarlo. Envía con nosotros un grupo de tus fieles para que lo ense­ñen en nuestra tribu, para que nos enseñen el Corán, lo lícito y lo ilí­cito”.

Era obligación del Profeta responder afirmativamente al pedido. Designó entonces una delegación liderada por Marzad. Esta y la delega­ción de las tribus citadas salieron de Medina y se alejaron del territorio islámico. Al llegar a un oasis llamado Rayí los hipócritas dieron a cono­cer sus nefastas intenciones. Acudiendo a la tribu de Huzail decidieron tomar prisioneros y eliminar a los miembros de la delegación islámica.

Rodeados, los musulmanes no tenían otro refugio que sus espadas, y se prepararon a defender sus vidas. Los enemigos les juraron que sólo de­seaban tomarlos prisioneros para entregarlos vivos a los jefes quraishitas a cambio de dinero. Los creyentes se miraron y la mayoría decidió lu­char respondiendo a los inicuos: “No aceptamos pacto alguno prove­niente de impíos e idólatras”.

De inmediato comenzaron a defenderse y cayeron mártires valientemente en defensa del Islam y por la verdad. Tres de ellos, Zaid Ibn Dazena, Jubaib Ibn Addí y Abdullah mantuvieron envainadas sus espadas y se rindieron. A mitad de camino hacia la Meca Abdullah se arrepintió de su rendición, tomó entonces su espa­da y atacó al enemigo.

Lo rodearon y comenzaron a apedrearlo. Fue tal el ataque que pronto alcanzó el martirio y fue enterrado en ese mismo lugar. Los dos prisioneros restantes fueron entregados a los incrédulos de la Meca. A cambio de esta entrega Quraish les devolvió dos prisione­ros pertenecientes a su tribu.

Safuan Ibn Umaiiah, cuyo padre había sido muerto en Badr, compró a Zaid para asesinarlo y así vengar a su progenitor. Decidió crucificarlo en una gran reunión. La cruz fue colo­cada en Tan‘im (límite del Haram, el lugar sagrado del templo de la Meca). Quraish y sus aliados se reunieron allí.

Al condenado, que estaba junto a la cruz en los últimos instantes de su vida, lo interpeló Abu Sufián, el faraón de la Meca, que no cesaba de combatir al Islam, tanto abierta como aviesamente. Le dijo: “Por el Dios en el cual crees que si quieres que Muhammad ocupe tu lugar, serás libre”. Con gran valentía Zaid le respondió: “Jamás permitiría que una mísera espina hiciera su­frir al Profeta (B.P.) aunque el hacerla me brindara la libertad”.

En respuesta impresionó y sorprendió extraordinariamente a Abu Sufián, por el inmenso amor hacia el Profeta (B.P.) que tenían sus discípulos, y dijo: “Ja­más conocí, a lo largo de toda mi vida, compañeros como los de Mu­hammad, que lo quieran tanto aún en los momentos más difíciles”. Más tarde Zaid fue crucificado y su alma emprendió rauda el vuelo hacia el otro mundo.

Jubaib estuvo detenido durante un tiempo. Finalmente el consejo quraishita decidió crucificarlo en el mismo sitio que Zaid. Jubaib pidió permiso para realizar una oración de dos ciclos junto a la cruz. Oró rá­pidamente y al terminar dijo: “Si no hubiera sido que preveía que us­tedes creerían que lo hacía por temor a la ejecución, hubiera prolonga­do mi oración”.

Luego elevó sus manos al cielo y exclamó: “¡Dios mío! Hemos cumplido con la misión que el Profeta (B.P.) nos encomendó”. En ese preciso instante se dio la orden de ejecutarlo. Ya sobre la cruz dijo: “¡Dios mío!, ya que aquí no hay ningún amigo que pueda hacer llegar mis saludos al Profeta (B.P.), hazlos llegar Tú mismo”.

El sentimiento y la fe de este hombre enfurecieron de tal modo a Abu Aqaba que se levantó y lo mató. Según lo relatado por Ibn Hisham, momentos antes de que su alma se desprendiera de su cuerpo pronunció la siguiente fra­se: “¡Por Dios!, que si muero musulmán, no me importa el lugar en que me entierren. Esta, mi penosa muerte, se debe a la Causa de Dios, y si Él así lo quiere hará bendito mi cuerpo destrozado”.

Estos indignantes hechos sorprendieron y acongojaron al Profeta (B.P.) y a los musulmanes. Hesan Ibn Zabit, hábil poeta islámico, compuso va­rias poesías referentes al hecho que se encuentran en uno de los libros de Ibn Hisham.

Al Profeta (B.P.) le preocupaba la posible reiteración de estos sucesos, que requerían de una justa indemnización por la alevosía manifestada.

El cadáver de Jubaib permaneció en la cruz durante un tiempo. Unos guardias lo vigilaban. Cierta noche los musulmanes, enviados por Muhammad, tomaron el cuerpo y lo enterraron.

La Masacre de Be’r Maunah

Durante el mes de Safar, en el cuarto año de la Hégira, y antes de que la noticia del martirio de la delegación de difusores en Rayi‘, llegara a oídos del Profeta, Abu Baraa Amerí entró en Medina. Muhammad (B.P.) lo invitó al Islam pero él no aceptó la convocatoria; sólo dijo: “Si envían una delegación numerosa a Nayd es probable que lo acepten pues su gente está interesada en el Islam”.

El Profeta (B.P.) dijo: “Temo la traición y el engaño por la enemistad de sus pobladores”. Abu Baraa acotó enton­ces: “Tu delegación estará bajo mi protección, yo mismo garantizaré la inmunidad de cualquier peligro”. Finalmente, cuarenta musulmanes, discípulos instruidos en el Corán y los mandatos islámicos, partieron hacia Nayd bajo el mando de Mundhar. Acamparon en Be’r Maunah.

El Profeta había escrito una carta que invitaba al Islam a uno de los je­fes de Nayd, llamado Amr Ibn Tufail. Uno de los musulmanes fue en­cargado de entregársela. Ibn Tufail no sólo no leyó la misiva sino que además asesinó al mensajero. Luego convocó a su tribu para ejecutar al grupo de musulmanes enviados para la enseñanza.

Los miembros de la tribu se abstuvieron de colaborar con él, diciéndole: “Nuestro jefe, Abu Baraa, les ha dado inmunidad”. Y finalmente, viendo que no obtenía apoyo en su propia tribu, recurrió a algunas tribus cercanas. Finalmen­te el campamento de los musulmanes fue rodeado por las fuerzas de Amr. Los musulmanes no sólo eran buenos conocedores de la religión sino también buenos combatientes.

Considerando un deshonor su ren­dición emprendieron la lucha en su defensa. Tras un combate encarni­zado todos obtuvieron el martirio, excepto Ka‘b Ibn Zaid, quien pese a sus heridas logró llegar a Medina para informar de lo acontecido. La penosa y aberrante masacre entristeció mucho a la comunidad islámi­ca. El Profeta (B.P.) continuó recordando a los mártires de Be’r Maunah du­rante mucho tiempo.

Ambos acontecimientos que hemos relatado se produjeron como consecuencia del fracaso de Uhud, que acrecentó la osadía de las tribus allende Medina contra los musulmanes.

Traicioneras interpretaciones de los orientalistas

Los historiadores orientalistas, que critican hasta la más leve heri­da en el rostro de un impío, siempre al acecho para atacar a los musul­manes, insisten en hacer creer que el Islam se expandió por la espada. Sin embargo nada dicen de acontecimientos como los arriba mencionados.

¿En qué lugar del mundo y en qué época de la historia se come­tió masacre semejante con una delegación de sabios dispuestos a ense­ñar pacíficamente la Verdad revelada? Si el Islam se expandió gracias al filo de la espada como dicen, ¿para qué, entonces, estas personas ofrecieron sus vidas?

Estos sucesos dan una enseñanza y advertencia vivas: la fuerza de la fe, el espíritu de sacrificio, la valentía y la perseverancia que poseían esos hombres es un ejemplo admirable para todos los musulmanes.

El creyente no tropieza dos veces con la misma piedra

Los terribles sucesos de Rayi’ y Be’r Maunah fueron un golpe du­ro, cargado de penuria y tristezas para los musulmanes. El lector se pre­guntará seguramente por qué el Profeta (B.P.), a pesar de la primera experien­cia, envió a esta última delegación, ¿no fue él acaso quien pronunció la sabia frase del título? La respuesta es fácil si consideramos los hechos tal cual los refieren los libros de historia.

La segunda delegación conta­ba con la protección de Abu Baraa (Amr Ibn Malik Ibn Ÿa‘far), jefe de la tribu de Banu Amr, por lo que esta tribu jamás cometería un acto que contrariara lo dispuesto por su jefe. La resolución de Muhammad (B.P.) fue en definitiva acertada, pues la masacre de la delegación no la con­cretó la tribu de Abu Baraa, aunque no descontamos que su sobrino Abu Tufail la incitó a hacerlo.

A pesar de ello: ningún miembro de la tribu lo siguió, sino que le dijeron: “Tu tío los ha amparado”. Final­mente Amr debió acudir para su crimen a la ayuda de las tribus de Sa­lim y Zakuan.

Cuando la delegación enviada para la difusión acampó se encargó a dos hombres el pastoreo y cuidado de los camellos, Amr Ibn Tufail los atacó, matando a Haris y dejando libre a Amr. Cuando este último regresaba a Medina se encontró con dos hombres y teniendo certeza de que pertenecían a la tribu que masacró a sus compañeros, los mató.

Pero desgraciadamente se equivocó, pues aquellos hombres pertenecían a la tribu de Banu Amr, la que por respeto a la inmunidad decretada por su jefe no había participado en la masacre. Este hecho incrementó la tristeza del Profeta (B.P.), y más tarde decidió pagar la indemnización a sus familiares como era costumbre en aquella época.

No obstante, la respuesta más acertada a la pregunta del inicio de este parágrafo es que el Profeta (B.P.) se enteró de las dos tragedias, la de Rayi’ y la de Be’r Maunah, la misma noche. Lo que significa que cuan­do envió la segunda delegación no estaba enterado todavía de lo ocurri­do en Rayí'.