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Capítulo 47: El Octavo Año de la Hégira (1ª parte)

La Guerra de Muta

Terminó el VII año de la Hégira en el cual, gracias al pacto de Hu­dhaibiiah los musulmanes pudieron visitar la Casa de Dios en comuni­dad y lanzar las consignas de la Unidad divina en el corazón mismo de la idolatría. Sus consignas conmovieron por cierto a algunos de los jefes de Quraish, como Jalid Ibn Ualid, Amru Al-Ass y Uzmán Ibn Talha. Luego de un tiempo éstos se dirigieron a Medina y expresaron su deci­sión de sumarse al Islam, cortando relaciones con el gobierno de la Me­ca, que ya era como un cuerpo sin alma.

Algunos historiadores han afirmado que la islamización de Jalid y Amru Ass se produjo durante el quinto año de la Hégira, pero ello no puede ser cierto porque en la época del tratado de Hudhaibiiah, que tuvo lugar en el año VI de la Hégira, aún Jalid era de los comandantes mequinenses. Además es sabido que la islamización de ambos fue simul­tánea.

A principios del octavo año de la Hégira se había logrado ya una parcial seguridad en todo el territorio del Hiyaz.

En ese momento en que el mensaje del Islam había logrado una considerable expansión, en que ya no se temía de los ataques o influencias judías por el norte, y se estaba a salvo de las agresiones de Quraish por el sur, el Enviado de Dios (B.P.) pensó en convocar al Islam a los habitantes de la frontera de Sham que permanecían bajo el dominio del imperio romano de oriente.

Envió por ese motivo a Haris Ibn Umair con una carta destinada al gobernador de Sham, por entonces Haris Ibn Abi Shemr, quien gobernaba conforme a los mandatos del César.

Cuando el mensajero del Profeta (B.P.) ingresó a la frontera de Sham, Sharhabil, gobernador de esa parte de las tierras, enterado de su llegada, ordenó que lo aprehendieran. El emisario anunció que portaba una carta del Profeta del Islam (B.P.) a Haris, gobernador de todo Sham.

Pero no obstante Sharhabil, contrariando todos los principios de la diploma­cia y el buen trato y respeto de la vida de los mensajeros de paz, ordenó amarrar de pies y manos al emisario y posteriormente dictó la orden de su ejecución. Cuando el Enviado de Dios (B.P.) supo de este crimen se entristeció mucho e hizo saber a su comunidad sobre este vil proceder de Sharhabil, para inmediatamente convocar a los musulmanes al Yihad para vengar al mensajero Haris.

Otro criminal atentado

Al mismo tiempo que ocurría lo mencionado anteriormente tuvo lugar otro suceso sangriento que confirmó la decisión del Profeta (B.P.) de vengarse de los gobernantes de Sham que no sólo asesinaron a un pací­fico emisario, sino a toda una delegación enviada para la difusión del Islam. Veamos los detalles del suceso:

En el mes de Rabi’al del octavo año de la Hégira partió un grupo de 16 personas al mando de Ka‘b Ibn Amir Al-Gaffari armados sólo con las armas de la difusión (es decir: el conocimiento del Islam) hacia Dhatu Atlah, región situada detrás de Uadiu-l-Qura. El propósito del viaje de este grupo era la difusión del Islam a las gentes del lugar. La delegación acampó en el sitio señalado y dieron comienzo a su prédica.

De repente se suscitó una fuerte oposición de parte de los habitantes del lugar, quienes en conjunto atacaron a los musulmanes. Estos se vie­ron entonces frente a una multitud que los asediaba y se defendieron con valentía, prefiriendo el martirio antes que el sometimiento. Casi todos ellos fueron martirizados. Sólo uno, que yacía herido en el sue­lo, pudo levantarse en medio de la noche y volver a Medina.

Cuando llegó le comunicó al Profeta (B.P.) todo lo ocurrido. Esta masacre de musul­manes hizo que en el mes de Yumada se diera la orden de partida para el Yihad (guerra santa). Para reprender a los rebeldes y sortear los di­fíciles obstáculos que podían presentarse en el camino se reunió un ejército de tres mil soldados.

Cuando estos se encontraban reunidos en el campamento de Yaraf, cerca de Medina, y a punto de partir, se presentó el Enviado de Dios (B.P.) y dijo a sus integrantes: “Parten hacia un lugar donde fue asesinado mi emisario. Inviten allí nuevamente a la gente hacia el Islam y la Unidad divina. Si aceptan, desistan de la ven­ganza, en caso contrario rueguen a Dios el auxilio y combatan.

¡Sol­dados del Islam! Luchen en el nombre de Dios, reprendan a los enemi­gos de Dios y a sus enemigos de la tierra de Sham, pero no molesten a los monjes y monjas que viven en los monasterios y conventos alejados de las ciudades.

Destruyan los nidos de Satanás que están en los cere­bros de algunos de vuestros enemigos, y háganlo con sus espadas, pero dejen en paz a las mujeres, los niños y los ancianos. Tampoco deben cortar árboles ni destruir viviendas.

¡Combatientes!, vuestro comandan­te será mi primo Ÿa’far Ibn Abi Talib. En caso de que sea herido lo su­cederá Zaid Ibn Hariza, y si este fuese martirizado, los dirigirá Abdullah Ibn Rauaha. Si a este último también le sucediera algo, serán ustedes mismos quienes elijan nuevo comandante”.

Luego ordenó la partida. El mismo y un grupo los acompañaron hasta Zaniatul Uada. Allí se des­pidieron diciendo: “¡Dios los proteja de la maldad de los enemigos haciendo que regresen sanos y victoriosos!”.

Discrepancias sobre quién fue el primer comandante

Algunos historiadores escriben: “El primer comandante (de la expedición a Sham) fue Zaid, el prohijado del Profeta. Ÿa‘far y Abdullah eran sus reemplazantes”. Sin embargo los sabios de la escuela shi‘ita afirman que Ÿa’far Ibn Abi Talib era el primero y Zaid y Abdullah sus sucesores. Nuestro propósito es investigar cuál de las hipótesis concuer­da con la realidad, y para ello existen dos argumentos:

1) Zaid no podía compararse con Ÿa’far en cuanto a posición so­cial, grado de devoción y sabiduría se refiere. Escribe Ibn Azir en su obra “Asadul Qaba”: “Tanto por el carácter como por la espiritualidad y el físico Ÿa’far se asemejaba mucho al Profeta (B.P.). El fue quien creyó en su mensaje poco tiempo después de Alí (P).

Cierto día Abu Talib vio a Alí (P) orando a la derecha del Profeta y por eso indicó a Ÿa’far que lo hiciera a la izquierda de Muhammad (B.P.). Además Ÿa’far fue el jefe del grupo que emigró a Abisinia abandonando su patria de la Meca, a fin de proteger la religión de los más débiles y perseguidos.

Y fue él quien con su en­cendido y fervoroso discurso atrajo el corazón del Negus y su protección, y el que a través de la recitación del Corán dejó al descubierto la hipocresía y mentira de los emisarios de Quraish. Él fue quien consi­guió que el Negus protegiera a los creyentes y expulsara a los mequinen­ses”.

Digamos por nuestra parte que otro antecedente a favor de Ÿa’far es lo ocurrido a su arribo a Jaibar, durante el sitio de estas fortalezas judías. Cuando el Profeta (B.P.) supo de su llegada lo recibió, lo besó y le dijo: “No se por cuál de los sucesos me alegro más, si por tu vuelta o por la toma de Jaibar llevada a cabo por tu hermano Alí (P)”. Es Ÿa’far el mismo gran hombre cuya valentía recordaba con añoranza su her­mano el Comandante de los creyentes.

Cierta vez cuando Alí (P) supo que Amru Ass había establecido un pacto con Mu‘auiah que disponía su elección como gobernador de Egipto si éste triunfaba, se entristeció mucho y dijo: “Si Hamza y mi hermano Ÿa’far estuvieran con vida la estrella de mi victoria aparecería”. ¿Podemos entonces, a la luz de todos estos hechos históricos, suponer que el Profeta (B.P.) cedió la coman­dancia a Zaid y la sucesión a su primo Ÿa’far?

2) Las poesías que importantes poetas compusieron en elogio del martirio de los comandantes evidencian que Ÿa’far fue el primero en la posesión del mando. Por ejemplo, tras recibir la triste noticia de los martirios, Hisan Ibn Sabit compuso una que dice en un párrafo: “Los comandantes martirizados en la batalla de Muta estarán colmados de la misericordia de Dios. Eran Ÿa’far, Zaid y Abdullah, y encontraron el martirio uno tras otro”.

Por su parte Ka'ab Ibn Malik compuso una poesía en memoria de los mártires de su familia, y en ella expresa cla­ramente que Ÿa’far fue el primer comandante: “...Recuerden cuando los soldados del Islam partieron a la batalla bajo la bandera de Ÿa’far Ibn Abi Talib...” En resumen, estos versos son un testimonio histórico concluyente de la veracidad de la versión que hemos transmitido.

Los Ejércitos Bizantino e Islámico Frente a Frente

El imperio romano oriental de la época, que había triunfado so­bre Persia luego de experimentar un tremendo caos, vivía en un estado de embriaguez total. No obstante, habiéndoles llegado noticias de la valentía de los musulmanes y de sus numerosos triunfos, e informados de su partida y el número de sus huestes, decidieron preparar un fuerte ejército para combatirlos.

Harqul (Heraclio), entonces el César, secundado por sus lacayos, puso en pie de guerra un fuerte y poderoso ejército para luchar contra el Islam. Prueba de ello es que sólo Sharhabil par­tió con un grupo de 100.000 hombres de las diferentes tribus de Sham para impedir el avance del Islam, y que Harqul aportó por su parte otros 100.000 hombres, quienes acamparon en Ma'ab, una de las ciu­dades de Bilqua, para secundar a Sharhabil.

La gran cantidad de efectivos que se reunió para enfrentar al pe­queño ejército musulmán se debió a las noticias que daban cuenta de la valentía y el arrojo de estos hombres. Seguramente, si el contrin­cante hubiera sido cualquier otro grupo una décima parte de estas fuerzas hubiera bastado para aniquilados.

Haciendo una comparación no cabe duda que de ambos ejércitos, el del Islam era el que manifies­tamente, por todos los indicios, estaba en inferioridad de condiciones. En primer lugar desde el punto de vista del número, y en segundo lu­gar por el conocimiento de las tácticas militares.

Por sus continuas gue­rras con Persia los romanos poseían tropas y comandantes experimentados que conocían bien las diversas tácticas militares que conducían al triunfo. Estos conocimientos en cambio eran sólo embrionarios en las filas islámicas. Tampoco podía compararse el armamento de ambos grupos.

Y, lo más importante, los musulmanes combatían en tierras extrañas, mientras que los romanos lo hacían en las suyas y podían por ello aprovechar de todo tipo de recursos. A esto el ejército islámico so­lo podía oponer su fuerza y su fe. Como enseguida veremos, los comandantes del ejército islámico percibían el martirio a los pocos metros, pero prefirieron resistir agregando de ese modo un nuevo honor a sus tantas glorias.

Luego de su arribo a tierras de Sham los musulmanes supieron de la preparación del enemigo y de su gran poder militar. De inmediato formaron un consejo de consulta a fin de discutir las medidas y estra­tegia a seguir. Un grupo propuso: “Comuniquemos la situación al Pro­feta (B.P.) y pidámosle que nos aconseje lo que debemos hacer”.

Cuando es­ta idea estaba a punto de ser puesta en práctica Abdullah Ibn Rauaha, quien al salir de Medina había suplicado a Dios el martirio, se puso de pie y habló a los presentes: “¡Por Dios! Jamás hemos luchado fijándo­nos en el número de combatientes ni en la cantidad de armas. Siempre nos enfrentamos al enemigo llenos de fe, la misma fe con la que Dios nos agració.

Levántense y sigan ese camino, emprendan la lucha y re­cuerden que en Badr sólo teníamos dos caballos y en Uhud sólo uno. En esta batalla sólo debemos esperar dos resultados: Triunfar, que es la promesa de Dios y Su Enviado, o caer mártires y reunimos con nues­tros hermanos”.

Este sermón fortaleció el espíritu combativo del ejér­cito musulmán que se dispuso a dar batalla. Los ejércitos se encontra­ron en Sharef, pero por conveniencias tácticas los musulmanes retroce­dieron y se ubicaron en Muta. Ÿa‘far Ibn Abi Talib, comandante en jefe, dividió su tropa en diferentes grupos y designó un comandante para cada uno de ellos. Allí dieron comienzo los duelos y los ataques.

Además de portar la bandera y dirigir a sus hombres Ÿa’far también luchaba como el que más. Mientras lo hacía recitaba este cántico: “Es­toy feliz, porque está próximo el Paraíso prometido, con sus bebidas puras y por la próxima caída de Roma, un pueblo que se desvío de la Unidad divina”.

Tras varios valientes ataques de pronto Ÿa‘far se vio rodeado por los enemigos e intuyó que su martirio sería inminente. Siguió defendiéndose. Un golpe de un enemigo le cercenó la mano de­recha y entonces tomó el estandarte con la izquierda. Esta también le fue amputada, y entonces sostuvo la bandera bajo su axila. Finalmen­te cayó al suelo y halló el martirio.

La comandancia entonces pasó a manos de Zaid quien tomando la bandera luchó con espectacular valentía hasta caer también marti­rizado. El tercero en la sucesión del mando, Abdullah Ibn Rauaha, fue el encargado de dirigir la batalla. Tomó la bandera y recitó algunos cánti­cos de guerra. Mientras luchaba sintió un hambre intensa.

Se le dio un bocado para saciar su hambre, y aún no lo había terminado cuando ad­virtió un ataque repentino del enemigo. Arrojó lo que tenía en su boca y salió a luchar hasta obtener el martirio. Ese mismo día un comandan­te romano fue muerto a manos de los musulmanes.

El desconcierto del ejército del Islam

A partir de ese momento reinó el desconcierto en el ejército islá­mico. El comandante en jefe y sus dos sucesores habían sido martiri­zados. El Enviado de Dios (B.P.), que había previsto tal situación, ha­bía encargado que en tal caso los soldados eligieran a su comandante. Sabit Ibn Aqran tomó la bandera y exclamó: “¡Designen un coman­dante!”

“Sé tu mismo”, le dijeron todos. Pero Sabit no aceptó. Luego él y el resto de los musulmanes designaron como tal a Jalid Ibn Ualid, quien hacía poco tiempo que se había islamizado. Era un momento de­licado, pues el miedo se había apoderado de los musulmanes. En ese crucial momento el comandante elegido llevó a cabo una singular y exitosa táctica, sin precedentes hasta el momento.

En primer lugar ordenó realizar desplazamientos durante la noche, y también que las tropas del flanco derecho se desplazaran al flanco iz­quierdo y viceversa. Estos desplazamientos continuaron hasta el ama­necer. Asimismo había ordenado a un grupo retirarse a una cierta dis­tancia del grueso del ejército, y sumarse luego nuevamente al cuerpo principal del ejército islámico al amanecer al son de la consigna “La iláha illa Allah” (No hay dios sino Dios).

Este plan tenía por objetivo hacer creer a los romanos que habían llegado nuevas fuerzas en auxilio de los musulmanes. Afortunadamente el plan surtió efecto pues al día siguiente el ejército romano decidió no atacar, pensando que los que el día anterior habían luchado con tanta fiereza, hoy, con tropas fres­cas llegadas en su auxilio, su ímpetu y firmeza serían arrolladores.

El silencio y la tranquilidad en las filas de los romanos brindaron una exce­lente oportunidad para que los musulmanes emprendieran el regreso. Esta batalla puede interpretarse como un triunfo, pues un pequeño gru­po resistió a un enorme ejército durante tres días (o un día según otra versión), pudiendo retirarse a salvo con sus fuerzas intactas.

Las medi­das del comandante electo, que salvaron a los musulmanes de la muerte devolviéndolos ilesos a Medina, pueden por eso considerarse como encomiables.

El Regreso a Medina

Ya antes del regreso de los soldados del Islam a Medina los musulmanes conocieron la noticia de la retirada de los creyentes. Se dirigieron al campamento de Yaraf para recibidos. A pesar de que la táctica del último comandante había sido muy astuta e inteligente no concor­daba con los sentimientos de los musulmanes y su genuina valentía. Su actitud no fue considerada como una buena obra.

La recepción se reali­zó con consignas réprobas y arrojaban tierra sobre las cabezas de los soldados gritándoles: “¡Fugitivos! ¿Por qué escaparon de la guerra santa?” La actitud de estos grupos fue tan persistente en su ironía que algunos de los principales combatientes de la expedición a Sham debie­ron permanecer varios días encerrados en sus casas. Si salían la gente los señalaba y decía: “Ese huyó de la batalla”.

Esta reacción ante la astuta retirada de los soldados del Islam demuestra el espíritu combativo y valiente de la mayoría de los musulmanes, fruto de su fe en Dios y en el Día del Juicio Final. Hubieran preferido morir por la Causa de Dios a cometer semejante deserción.

La tristeza del Profeta (B.P.) por el martirio de Ÿa’far

El Profeta (B.P.) lloró desconsoladamente por el martirio de su pri­mo Ÿa‘far. A fin de dar cuenta de lo ocurrido a su esposa Asmá' Bint Umais y darle las condolencias se dirigió a casa de Ÿa’far. Al llegar le preguntó: “¿Dónde están tus hijos?” La mujer los llamó. Se llamaban Abdullah, Aun y Muhammad. Por el intenso cariño que el Profeta (B.P.) les demostró a su llegada Asmá' descubrió el martirio de su esposo.

Enton­ces dijo: “Tratas a mis hijos como si fueran huérfanos”. El Profeta se hechó a llorar; lloró hasta que sus lágrimas empaparon su barba. Más tarde pidió a su hija Fátima que hospedara a la familia de Ÿa’far duran­te tres días. A partir de aquel momento el dolor por Ÿa’far Ibn Abi Talib y Zaid Ibn Harisa perduró en el corazón del Profeta. Generalmen­te cada vez que entraba a sus casas los recordaba y lloraba por ello.