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Capítulo 29: El Segundo Año de la Hégira (3ª parte)

La Batalla de Badr

Una de las grandes y más conocidas batallas libradas por el Islam (y la primera) fue la de Badr. Los que participaron en la misma goza­ron posteriormente de un especial privilegio y distinción. Los sucesos en que participaban quienes combatieron en Badr y el testimonio que daban en cualquier asunto era considerado de mucho valor. A los que intervinieron en Badr se los llamaba Badrí.

Mencionamos ya en un capítulo anterior que, a mediados del mes de Yumada Al-Ula del segundo año de la emigración, el Profeta (B.P.) fue informado de que una caravana de Quraish dirigida por Abu Sufián había salido de la Meca hacia Sham.

El Enviado de Dios (B.P.), con la intención de perseguirla se dirigió hasta Dhatul Ashira. Permaneció allí hasta principios del mes siguiente pero no pudo hallar la caravana. El regreso de ésta se produciría a principios del otoño.

En toda guerra conseguir información del enemigo es el primer paso hacia la victoria. Si el comandante no conoce la capacidad del adversario, ni el punto en que se concentra, ni la fuerza y moral de sus combatientes, probablemente fracasará en su primer encuentro.

Uno de los notables procedimientos del Profeta (B.P.) en todas las batallas era conseguir información respecto de la capacidad del enemigo y su punto de concentración, y ese proceder, hasta hoy día, tiene una gran importancia.

El Enviado de Dios (B.P.), según el sabio Maylisi, envió a Adí, y según otra fuente a Talhat Ibn Ubaidallah y Zaid Ibn Zaid, para conse­guir información respecto de la trayectoria de la caravana, del número de personas que asumían su custodia y de las mercancías que transportaba. Las informaciones recibidas fueron las siguientes:

1) Era una gran caravana de la que participaban todas las tribus de la Meca; 2) el jefe de la caravana era Abu Sufián y 40 personas constituían la guar­dia; y 3) mil camellos llevaban la mercancía y el valor de los artículos era aproximadamente de 50.000 dinares.

Dado que la riqueza de los musulmanes emigrados de la Meca había sido confiscada por Quraish, era justo que los musulmanes em­bargasen los artículos comerciales de la caravana quraishita. El Envia­do de Dios (B.P.) les dijo entonces a sus compañeros: “¡Gentes!, ésta es la caravana de Quraish, pueden salir de Medina para embargar sus bienes. Quizás Dios les conceda el triunfo”.

El Enviado de Dios (B.P.) salió con 313 personas en el mes de Rama­dán del segundo año de la emigración, hacia Zafrán (un lugar cercano a Badr). Debemos tener en cuenta que el motivo esencial del ataque de los musulmanes a la caravana era la continua opresión de Quraish. El ataque fue autorizado por Dios: “Se permitió el combate a los que luchan; porque fueron ultrajados, en verdad Dios es Poderoso para se­cundarles” (Corán 22:39).

Abu Sufián, que a la ida se había enterado de que el Profeta (B.P.) lo perseguía, a su regreso tomó todas las precauciones nece­sarias. Preguntaba a las demás caravanas si acaso Muhammad (B.P.) había ocupado las rutas comerciales. Finalmente le informaron que el Enviado de Dios (B.P.) había salido de Medina junto a sus compañeros persi­guiendo la caravana.

Abu Sufián se detuvo y decidió informar a Qu­raish del peligro que corría. Pagó a un hombre llamado Zam Zam Ibn Ambru Gafarí, que era dueño de un veloz camello, y le ordenó: “Ve a la Meca e informa a los valientes de Quraish y a los dueños de la mer­cancía, para que salgan a rescatar la caravana del ataque de los musul­manes”.

Zam Zam, rápidamente, llegó a la Meca y según la orden de Abu Sufián, cortó las orejas de su camello e hirió su nariz y desordenó su carga, para luego romper su camisa por delante y por detrás. Se paró entonces sobre el camello y gritó: “¡Quraishitas! Los camellos que llevan sus mercancías están en peligro. Muhammad y sus seguidores tratan de embargar sus bienes. Si no ayudan a su caravana no creo que llegue a sus manos”.

El trágico estado del camello, al que le brotaba sangre de su nariz y de sus orejas, y la forma en que el hombre lloraba y gritaba sus constantes pedidos de auxilio hizo hervir la sangre de la gente de la Meca.

Todos los hombres fuertes y aguerridos se prepararon para salir, excepto Abu Lahab, que no participó del combate y que mandó en su lugar a As Ibn Husham, dándole 4000 dirhams.

Umaiah Ibn Jalaf, otro de los principales quraishitas, no quiso participar en la batalla pues le habían comentado lo profetizado por Muhammad (B.P.), de que él sería muerto por los musulmanes. Los otros je­fes notaron que su no participación seguramente perjudicaría a Quraish y su prestigio. Dos personas fueron entonces a verlo mientras estaba sentado junto a un grupo cerca de la Ka‘aba.

Le dieron una bandeja con un frasco de kohol (pintura para los ojos), y le dijeron: “¡Umaiiah! ya que rehúsas defender tu ciudad y tus bienes, y te has recluido al igual que las mujeres, es momento de que te pintes como ellas y que borren tu nombre de la lista de los hombres valientes”. Esta escena lo acicateó tanto en su orgullo que, sin demora alguna, se preparó y salió para rescatar la caravana.

Cuando ya se había emprendido la partida los jefes quraishitas cayeron en la cuenta de que en el camino encontrarían a un encarni­zado enemigo, la tribu de Banu Bakr, y que era muy posible que los atacaran por la espalda. No obstante, justo en esos críticos momentos Saragat Ibn Malik, uno de los jefes de la tribu, les aseguró que no ocu­rriría nada de lo cual Quraish no saliera con plena seguridad.

El Enfrentamiento entre la Verdad y la Falsedad

Las fuerzas de la verdad y la falsedad, por primera vez, se enfren­taron en el valle llamado Badr. Los combatientes del ejército musul­mán eran 313, mientras que el ejército de los inicuos triplicaba ese número. Además, el armamento y monturas de los musulmanes no estaban completos. Contaban con 70 camellos y unos pocos caballos, mientras que el enemigo había traído todos sus recursos y poder para erradicar la amenaza del Islam.

No obstante, estas diferencias, fue el ejército de la verdad el que triunfó, y los impíos, tras sufrir numerosas bajas, debieron volver a la Meca.

El Enviado de Dios (B.P.) se detuvo en el pasaje septentrional del valle de Badr, en los declives de una montaña llamada Al Uduatul Dunah, aguardando a la caravana. Repentinamente llegó un nuevo informe que preocupó al comandante de las fuerzas islámicas: la gente de la Meca había salido para salvar su caravana y se había concentrado en las cercanías de Badr.

En ese momento el Profeta (B.P.) analizó dos opciones: por una parte, él y sus seguidores, que habían salido de Medina con el fin de em­bargar la mercancía, no estaban preparados para enfrentarse con un ejército tan grande, ni desde el punto de vista del número ni del armamento y monturas.

Por otro lado, si regresaban por el camino de ida, perderían todo el honor y prestigio que habían obtenido mediante las maniobras y manifestaciones militares, y era muy probable que el enemigo quraishita, envalentonado, siguiera su avance hacia Medina atacando el núcleo de la sociedad islámica.

Sopesando cuidadosamente la situación dispuso que era conve­niente no regresar y resistir con la misma fuerza hasta el último aliento.

Había no obstante un punto que debía ser atendido: la mayor parte del grupo expedicionario que se había reunido lo componían los ansár de Medina, y solamente había allí 74 de los muhayirún (emigrados), y el pacto que los ansár habían hecho con Muhammad (B.P.) era un pacto defensivo y no bélico, es decir que habían pactado defender al Profeta (B.P.) en Medina, pero salir con él y luchar no estaba incluido en el pacto.

An­te esta situación el Profeta convocó un consejo para reclamar la opinión de sus compañeros en esta circunstancia.

El Consejo de Badr

Reunido el consejo el Enviado de Dios (B.P.) se levantó y preguntó: “¿Qué piensan respecto a este asunto?” El primero en responder fue Abu Bakr quien dijo: “Los guerreros líderes de Quraish tienen expe­riencia en el ejército y jamás han aceptado ningún acuerdo ni fueron vencidos. Por otra parte, nosotros no hemos salido de Medina prepara­dos para una batalla” (es decir: no es conveniente luchar y sí volver a Medina).

El Profeta (B.P.) le pidió que se sentara. Luego se levantó Umar y repitió las mismas palabras de Abu Bakr. Luego tomó la palabra Al Miqdad Y dijo:

“¡Enviado de Dios! Nuestros corazones están contigo, haz lo que Dios ha ordenado hacer. ¡Por El! que nosotros jamás te di­remos lo que Bani Isra’il dijo a Moisés, cuando éste los invitó a la gue­rra por la causa de Dios y le respondieron: ‘Ve tú, con tu Señor, y com­báteles, mientras nosotros permanecemos aquí sentados’ (Corán 5:24). Noso­tros te decimos lo contrario: Lucha bajo las mercedes de Dios, que nosotros lucharemos a tu lado”.

El Profeta (B.P.) se alegró mucho al oírlo y rogó a Dios por él.

La decisión final

El principal objetivo del Profeta (B.P.) era obtener la opinión de los ansár. Hasta que ellos no adoptasen la decisión de luchar no sería posi­ble tomar la más mínima medida. Muhammad (B.P.) seguía por lo tanto pi­diendo que todos expresaran sus opiniones. Saad Ibn Maad (de los ansár) se levantó y dijo: “Creo que deseas conocer nuestra opinión”. Él le respondió que sí.

Entonces aquél dijo: “¡Enviado de Dios! No­sotros creímos en ti y sabemos que el Islam es la verdad. También he­mos concretado pactos. Seguiremos tu decisión. ¡Por el Dios que te en­vió y te eligió para la profecía que si te sumerges en este mar (el Mar Rojo) nosotros nos sumergiremos detrás tuyo y ninguno te desobedece­rá!

No tememos el enfrentamiento con el enemigo. Quizás te hagamos ver sacrificios que te alegren y te satisfagan, mándanos bajo la orden de Dios a cualquier sitio que sea”.

Sus palabras emocionaron al Profeta (B.P.) y con su contenido de esperanza, resistencia y paciencia en la lucha por la Causa de Dios aven­taron las sombras de la desilusión y la desesperación que había en el ambiente.

De inmediato el Enviado de Dios (B.P.) dio la orden de partida di­ciendo: “Partan. Les albrició que se enfrentarán con la caravana y les embargarán sus mercancías, o que si enfrentan con su ejército lucha­rán. Estoy viendo el campo de Quraish con muchas bajas”.

El ejército del Islam al mando del Profeta (B.P.) se puso en mar­cha hasta llegar a las cercanías de los pozos de Badr, donde se detuvo.

La obtención de informaciones sobre la situación del enemigo

Aunque las tácticas bélicas actuales son muy distintas de las del pasado, aún persiste el esfuerzo por obtener informaciones del enemi­go para conocer sus secretos militares, sus tácticas y la capacidad de sus fuerzas. Actualmente esto constituye la clave de los triunfos, y se ha convertido en una materia de estudio para la cual se han creado incluso universidades.

Los jefes de los bloques de poder del este y el oeste consideran a sus agencias de inteligencia como la causa principal de sus éxitos.

Fieles a la importancia de este principio el ejército islámico se de­tuvo en un lugar estratégico que impidiera cualquier tipo de manifes­tación que revelara sus secretos. Diversos grupos partieron en busca de información sobre el enemigo. He aquí una breve crónica de estas misiones de inteligencia y sus resultados:

a) En primer lugar el Enviado de Dios (B.P.) mismo, junto a un valiente soldado, se dirigió a una tribu y preguntó a su jefe que sabía de Quraish y de Muhammad (B.P.) y sus compañeros. Le respondió: “Me han informado que Muhammad y sus seguidores salieron de Medina, y si el que me informó es veraz, ahora deben estar cerca de Badr. Además, supe el lugar exacto en que se encuentra Quraish”.

b) Un grupo del cual formaban parte Zubair Awam y Saad Abi Uaqas y que estaba al mando de Alí (P) se dirigió a los pozos de Badr para conseguir más información. Este punto (al ser un abrevadero natural) era el lugar común de reunión e intercambio informativo. El grupo se topó allí con dos esclavos de Quraish que procedían a extraer agua de los pozos. Fueron arrestados de inmediato y trasladados al campamen­to de los musulmanes.

Luego de interrogarlos supieron que uno de ellos pertenecía a Banul Hayyay y el otro a Banul Ass y que eran los encargados de llevar el agua. El Profeta (B.P.) les preguntó dónde se encon­traba Quraish y respondieron señalando con sus manos: “Tras aquella montaña”. Luego les preguntó cuántos eran y respondieron que no co­nocían el número exacto.

Entonces el Profeta (B.P.) volvió a interro­garlos: “¿Cuántos camellos sacrifican por día?” “A veces diez, a veces nueve”, fue la respuesta. “Su número está entre 900 y 1000”, afirmó entonces el Enviado de Dios.

Más tarde el Profeta (B.P.) les preguntó quiénes eran sus jefes y dijeron: “Nuestros jefes son Atbat Ibn Rabiat, Yaibat Ibn Rabiat, Abul Bajtari Ibn Hisham, Abu Yahl Ibn Hisham, Jakim ibn Hazam y Umaiiat Ibn Jalaf”.

c) Dos personas fueron encargadas de entrar al pueblo de Badr para conseguir información. Descendieron en un sitio cercano a los pozos fingiendo tener sed. Casualmente dos mujeres estaban conver­sando junto a los pozos. Una decía a la otra: “¿Por qué no pagas tu deuda si sabes que necesito el dinero?”. La otra dijo: “Mañana o pasado mañana llegará la caravana, trabajaré en ella para pagarte la deuda”.

Un hombre llamado Maydi Ibn Amr, que se encontraba cerca de ambas, Corroboró la palabra de la deudora. Los musulmanes se alegraron al escuchar la noticia y volvieron al campamento para hacer saber al Pro­feta lo que habían escuchado.

La fuga de la caravana de Abu Sufián

Abu Sufián, el jefe de la caravana, quien a la ida había descubierto la persecución de los musulmanes, sabía que al regresar podía ser ataca­do por ellos. Por lo tanto, cuando llegó al lugar que estaba bajo la in­fluencia de los musulmanes hizo detener la caravana y entró a Badr para conseguir información. Allí vio a Maydi Ibn Amr y le preguntó si había visto a algún sospechoso.

Respondió que no, y que sólo había visto a dos personas que habían dejado los camellos sobre cierta duna y habían bajado a tomar agua. Abu Sufián subió a la duna y al ver el excremento de los camellos lo examinó. Encontró carozos de dátiles lo que dio la pista de que eran de Medina (lugar famoso por la producción de dáti­les).

Inmediatamente regresó a la caravana y cambió el rumbo de la misma y ordenó a una persona llevar a Quraish el mensaje de que la ca­ravana pudo escapar ilesa y que los que habían partido regresaran a la Meca.

La noticia de la fuga de la caravana se divulgó entre los musulma­nes y los abatió, pero Dios reveló entonces la siguiente aleya para re­confortar los corazones:

“Recordad de cuando Dios os prometió que uno de los dos bandos caería en vuestras manos, que preferisteis al inerme (la caravana); pero Dios quiso justificar la verdad con Sus pa­labras, y exterminar a los incrédulos” (Corán 8:7).

La diferencia de opiniones entre los quraishitas

Cuando el mensajero que había enviado Abu Sufián para avisar al ejército quraishita que había escapado ileso con la caravana llegó a des­tino se produjo entre las filas de los inicuos una extraña discrepancia.

La tribu de Banu Zuhra y Ajnas Ibn Sharíq, junto a sus aliados, regre­saron por donde habían venido, pues decían que su objetivo era resguar­dar su mercancía. Talib, el hijo de Abu Talib, que obligado por Quraish había partido con ellos de la Meca, tras una discusión en que se lo acusó de que su corazón estaba con Muhammad (B.P.), regresó a la ciudad.

Abu Yahl por su parte, contrariando la decisión de Abu Sufián, insistió en que debían ir a los pozos, permanecer allí tres días, sacrificar camellos, tomar vino y escuchar a los cantantes. “Que nuestro poderío se dé a co­nocer y llegue a oídos de los árabes”, habría dicho este recalcitrante impío. Sus palabras engañosas encontraron eco y el grupo siguió viaje para finalmente acampar en los pozos.

Una intensa lluvia les impidió el avance, pero la misma no causó molestias a los musulmanes, por lo que éstos, bajo las órdenes del Profeta (B.P.), se establecieron junto a los pozos de Badr.

Badr es un lugar amplio cuyo punto meridional (Al-Uduatul Qusua) es alto y su punto septentrional va en declive (Al-Uduatul Duniah). Existía en este valle gran número de pozos de agua y consti­­tuía un campamento usual de las caravanas.

Habab Ibn Mundhir, uno de los hábiles comandantes del grupo islámico, dijo al Profeta (B.P.) (B.P.): “¿Te has establecido en este lugar por orden divina o porque lo has considerado adecuado para la lucha?” Muhammad (B.P.) respondió: “No se ha revelado ninguna orden específica, y si sabes de un lugar más adecuado, dímelo que iremos allí”.

Habab dijo entonces: “Lo conveniente es establecemos junto a los pozos cer­canos al enemigo y hacer una pileta para abastecemos continuamente nosotros y nuestros animales”. Esta idea agradó al Enviado de Dios (B.P.) y ordenó la reubicación del ejército.

La torre de vigilancia

Saad Ibn Mu'adh dijo al Profeta (B.P.): “Haremos para tí una torre preca­ria sobre las dunas, para que puedas divisar todo el campo de batalla. En ella habrá vigilantes y tu orden (como comandante supremo) llegará a los jefes a través de determinadas personas.

Si el ejército del Islam triunfa, mejor, y si es derrotado tú te dirigirás a Medina con los camellos y los vigilantes. Allí hay muchos musulmanes que te apoyarán y cumpliendo con su pacto te defenderán hasta perder su vida”. Muham­mad (B.P.) suplicó a Dios por Saad y ordenó la construcción de la torre.

Objeciones al motivo y utilización de la torre de comandancia

La idea de Sad Ibn Muadh y un grupo de los ansár de construir la torre es algo que Tabarí transmite recibido de Ibn Is-haq, y lo que los demás historiadores han referido de esa fuente. No obstante, algunos aspectos de esta versión de los hechos son inaceptables:

1) Este tipo de acciones disminuye la moral de los combatientes, pues un comandante que planifica su propia salvación y no la de sus soldados no obtiene el respeto de éstos, ni su obediencia ni alta moral para la lucha.

2) Este proceder no coincide con las revelaciones categóricas del Profeta (B.P.) referentes a la victoria, habiendo sido él mismo quien recitó la aleya de la sura Al-Anfal (8:7) antes de comenzar la batalla.

En el momento en que, según Tabari, se construía la torre para el Profeta (B.P.), la caravana de Quraish ya había escapado y sólo habían que­dado allí los quraishitas que habían salido en su rescate. Los musulma­nes, por lo que les aseguraba la aleya coránica, estaban seguros de su triunfo y era vano pensar en el fracaso y en resguardar al Profeta (B.P.) prepa­rando camellos veloces para su retirada.

3) Esta táctica tampoco concuerda con la conocida descripción de Alí (P) referente a la actitud del Profeta (B.P.) en las batallas. Dijo: “Cuan­do la batalla llegaba a su punto más crítico, nosotros nos refugiábamos en el Profeta, y ninguno estaba más cerca del enemigo que él”. ¿Acaso es creíble semejante historia cuando su principal compañero y discípulo lo describe de este modo?

Nosotros creemos que la construcción de la torre se emprendió por la utilidad que reportaba su altura para Ia visión completa del cam­po de batalla, ya que obviamente, hasta que un comandante no tiene un pleno conocimiento del campo de lucha, no puede orientar adecuadamente a sus fuerzas para el combate.

Asamblea y Consejo de Quraish

En la mañana del día 17 del mes de Ramadán del segundo año de la emigración, los hombres de Quraish se dirigieron hacia el valle de Badr. Apenas los divisó el Enviado de Dios (B.P.) levantó su rostro hacia el cielo y dijo: “¡Dios nuestro!, Quraish con toda altanería y soberbia se rebeló contra Ti y Tu Enviado. ¡Dios nuestro!, Haz realidad el auxilio que me has prometido y hazlos perecer”.

El ejército quraishita se concentró en un lugar de Badr, pero no estaban al tanto del poder de los musulmanes ni de su número. Para obtener este último dato enviaron a Amir Ibn Uahhab, experto en cal­cular el número de personas. Este dio vueltas con su caballo alrededor del campamento de los musulmanes y a su regreso informó que su nú­mero era aproximadamente de 300 hombres.

Decidió luego hacer una segunda incursión para investigar si acaso en su retaguardia había algún refugio con más hombres de reserva. Luego del reconocimiento volvió diciendo: “No tienen ningún refugio ni reserva. No tienen más refugio que sus espadas. Es necesario que adopten entonces una actitud defini­tiva”. Uaqidi y Maylisi afirman que agregó otra frase que reza: “¿No ven que su decisión y su voluntad son firmes y se notan en sus rostros?”

Las palabras de este experimentado soldado crearon zozobra. El miedo circuló entre las filas de Quraish. Hakim Ibn Hazm se dirigió a Utba diciéndole: “Quraish salió de la Meca para resguardar sus mer­cancías y ya obtuvo el objetivo que procuraba. No hay motivo para lu­char, excepto por el precio de sangre de Hazraml y el valor de los bie­nes hace poco tomados por los musulmanes.

Resuelve esto tú, paga el precio de sangre y deja de combatir con Muhammad”. Sus palabras con­vencieron a Utba, quien se dirigió a los demás de esta forma: “¡Gentes! Dejemos a Muhammad con los demás árabes; si pretende lograr la vic­toria, no nos hará daño pues nosotros rehusamos combatirlo. Lo con­veniente es que regresemos por donde vinimos”.

Hakim transmitió la opinión de Utba a Abu Yahl, quien estaba en ese momento calzándose su armadura. Cuando escuchó lo que Utba ha­bía dicho se irritó mucho y mandó a alguien a acicatear al hermano de Hazramí (muerto por los musulmanes no hacía mucho), de nombre Amir Hazramí.

El emisario dijo: “Ve como Utba, que ha pactado contigo, impide a la gente vengar a tu hermano. Tú sabes de su sangre, levántate y recuérdales el pacto que has sellado con él, y sigue con tus llantos”. Amir se levantó, descubrió su cabeza (en señal de luto) y en tono exclamativo (de lamento) nombraba a su hermano.

Los lamentos de Amir encendieron nuevamente la ira y el fanatismo en las filas de los inicuos lo que los decidió a combatir pese a los consejos pacifistas de Utba. El propio Utba, impresionado por los cambiantes sentimien­tos de la gente, se levantó tomando sus armas dispuesto para la lucha.

Así es como el sentimiento y los deseos vanos, anclados en el egoísmo y las pasiones, nublan completamente la luz de la razón y el intelecto. El hombre que hasta hacía unos momentos era partidario de la conciliación y la paz, arrastrado por la masa inconsciente, es el pri­mero en prepararse para dar batalla.

Lo que definió la lucha

Asuad Majsumf, un inicuo de carácter fuerte y fanático, vio la pileta que los musulmanes habían construido para abastecerse de agua y se impuso a sí mismo una de tres opciones: beber de esa pileta, des­truirla, o morir en el intento. Se dirigió entonces al lugar y allí se le enfrentó Hamza Ibn Abdul Muttalib, el valiente tío del Profeta (B.P.), noble guerrero y caballero.

Luego de un feroz combate Hamza le dio muerte. Este acontecimiento, por su contenido emotivo, definió y marcó todo el curso de la batalla.

El duelo previo a la lucha general

Una antigua tradición de los árabes era el entablar duelos perso­nales antes de descargar el ataque general. Tras la muerte de Asuad Majzumí, tres conocidos caballeros de Quraish salieron de entré sus filas y pidieron pares para luchar. Eran Utba, su hermano Shaiba (los hijos de Rabiat) y el hijo de Utba, Ualid. Los tres estaban bien armados y pertrechados.

De inmediato se adelantaron tres jóvenes valientes de los Ansár, Aul, Mauas y Abdullah Ibn Rauaha. Utba, al ver que eran hombre de Medina, exclamó: “Con ustedes no tenemos nada que ha­cer”. Otro gritó: “Muhammad, mándanos a nuestros parientes que son nuestros iguales”.

El Enviado de Dios (B.P.) entonces se volvió hacia Ubaidah, Hamza y Ali (P) y les ordenó adelantarse. Los tres se adelantaron entonces al campo de lucha con sus cabezas y rostros cubiertos. Se presentaron y Utba los aceptó para los duelos individuales diciendo: “Ustedes son nuestros pares (en nobleza)”. El duelo comenzó.

Escribe Ibn Hisham: “Hamza contra Shaiba, Ubaidah contra Utba y Ali (P) contra Ualid emprendieron la lucha”. Coinciden Los historiadores en que Ali (P) y Hamza terminaron muy pronto con sus rivales, y que luego se abocaron a ayudar a Ubaida ultimando también a su contendiente.

Comienza el ataque general

La muerte de los tres caballeros quraishitas dio la señal para el ata­que general. El Enviado de Dios (B.P.) ordenó a su ejército desde la torre de comando no atacar sino por medio de flechas e impedir así el avance del enemigo. Luego bajó de la torre y con un bastón ordenaba la fila de sus hombres.

En esta circunstancia uno de los hombres, de nombre Sauad Ibn Aziah, se encontraba parado adelantado de la fila. El Profeta (B.P.) le golpeó suavemente el abdomen con su bastón diciéndole: “No te pa­res delante de la fila”. Sauad dijo: “Este golpe fue injusto y debo vengarme”. El Enviado de Dios enseguida se mostró dispuesto y dijo:

“¡Ven!”. Los hombres observaban. Sauad se acercó al Profeta (B.P.) y besó su pecho, y abrazándolo le dijo: “Era mi deseo besar tu pecho en el último día de mi vida”.

El Profeta (B.P.) volvió a la torre y con el corazón iluminado por la fe que percibía en sus seguidores suplicó a su Señor: “¡Dios mío! Si hoy perece este grupo musulmán no habrá nadie en la tierra que te adore”.

Muhammad (B.P.) bajaba a veces de la torre y estimulaba a los musulmanes. En una oportunidad les dijo en voz bien alta: “¡Por Dios!, que la vida de Muhammad está en vuestras manos. Quien hoy luche con paciencia y sinceridad y muera, Dios lo hará entrar al Paraíso”. Sus palabras aumentaron el denuedo de sus compañeros, y algunos, deseosos del martirio se quitaban sus armaduras y se lanzaban a la lu­cha.

Amir Hammam preguntó al Enviado de Dios (B.P.): “¿Qué debo hacer para conseguir el Paraíso?”. “Luchar contra los jefes de la incre­dulidad”, fue la respuesta. Amir tiró entonces unos dátiles que tenía en su mano y se lanzó al combate. En ese momento el Profeta (B.P.) orde­no el asalto general.

Al poco rato se notaron los signos del triunfo del Islam; los soldados de Dios, para quienes matar o morir en esa lucha eran triunfos por igual, no conocían el temor ni la retirada. El enemi­go, superado y desmoralizado, temiendo por su vida, se entregó a la fuga.

El caso de algunos de los inicuos

Era preciso a los musulmanes hacer distingos respecto de dos grupos: a) los que en la Meca habían sido benevolentes con los musul­manes y los habían apoyado, como Abul Bajtarí, que había ayudado considerablemente al levantamiento del bloqueo económico-social impuesto a los musulmanes.

b) los que obligados por Quraish habían salido de la Meca con el grupo inicuo, pero que profesaban de corazón simpatía por el Islam y el Profeta (B.P.), como el caso de la mayoría de Banu Hashim, entre los cuales se encontraba Abbas, el tío de Muhammad. El Enviado de Dios, Profeta de la misericordia y la bondad (B.P.), ordenó que no se derramara su sangre.

Umaiiat y su hijo habían sido detenidos por Abdurrahmán Ibn Auf. Abdurrahman, por un lazo de amistad que tenía con ellos, trató de preservar sus vidas conservándolos como prisioneros.

Bilál en cam­bio, que había sufrido de crueles torturas de parte de Umaiiah por su fe en el Islam (era esclavo de este inicuo), exclamó al verlo en la bata­lla y percibir que Abdurrahmán trataba de protejerlos: “¡Secundado­res de Dios! Umaiiat es la cabeza de la impiedad, no hay que dejado vivo”. Los musulmanes los atacaron entonces y los ultimaron a él y a su hijo.

En cuanto a Abul Bajtarí, pese a que el Enviado de Dios había or­denado no matarlo, fue también ultimado pese al esfuerzo en contrario de un hombre llamado Mayzar, quien lo había hecho prisionero y trató de salvarlo.

El saldo de bajas humanas y materiales

En esta batalla obtuvieron el martirio 14 musulmanes, Y fueron muertos 70 del ejército de Quraish, y otros 70 tomados prisioneros. Los más importantes de estos últimos eran: Nasr Hariz, Aqba Ibn Abi Muhit, Abu Qarra, Suhail Ibn Amr, Abbas y Abul-Ass.

Los mártires de Badr fueron enterrados en un lugar del mismo campo de batalla que actualmente es visitado por los musulmanes. El Profeta (B.P.) ordenó reunir los cuerpos de los incrédulos Y arrojados en un pozo. Luego se inclinó en el borde del mismo y nombrando a cada uno de los jefes muertos les dijo: “¿Han comprobado ahora la realidad que su Dios les había prometido? En cuanto a mí, encontré lo que mi Dios me había prometido”.

La culminación de la batalla

Narran la mayoría de los historiadores que los duelos y los ata­ques generalizados se sucedieron hasta el mediodía, finalizando los combates tras la fuga de Quraish. Luego de enterrar a los mártires el Enviado de Dios (B.P.) realizó la oración de la tarde y antes de que anoche­ciera salió de Badr con sus hombres.

En ese momento, al comienzo del viaje de vuelta, comenzaron las primeras discrepancias entre los musulmanes. Se centraban en la manera de repartir el botín. Los vigilantes de la torre se considera­ban con más mérito, pero el grupo que había perseguido al enemi­go hasta último momento creía tener más derecho. Por su parte los que habían reunido el botín se creían también más merecedores.

Estas diferencias amenazaban con romper la unidad en las filas del grupo de creyentes. Entonces el Profeta (B.P.), comenzó por confiar todo el botín a la custodia de Abdullah Ibn Kaab, designando un gru­po para transportarlo.

La justicia exigía compartir entre todo el ejército por igual, pues todos habían colaborado en la victoria con su esfuerzo individual. Por lo tanto, en el camino de vuelta, el Profeta (B.P.) repartió el botín a todos por igual guardando la parte de los mártires que posteriormente entre­gó a sus familiares.

La decisión del Profeta (B.P.) enfureció a Saad Ibn Uaqqás quien dijo: “¿Acaso me consideras igual que a estos jardineros de Iazrib, a pesar de que soy uno de los grandes de la tribu de Banu Zuhra?”

El Enviado de Dios (B.P.), disgustado por sus palabras, le replicó: “Mi objetivo en esta batalla era apoyar a los pobres contra los opresores. Dios me ha enviado para erradicar toda forma de discriminación y va­nos privilegios e instalar en su lugar la justicia y la igualdad”.

Según la aleya del Jums (quinto), un quinto del botín pertenece a Dios, a Su Enviado, a sus parientes y a los necesitados:

“y sabed que de todo cuanto despojéis al adversario la quinta parte pertenece a Dios, al Mensajero, a sus parientes, a los huérfanos, a los menesterosos y al viandante” (Corán 8:41).

La ejecución de dos prisioneros en el camino

En una de las casas del camino, destinadas al descanso de los viaje­ros, se hizo desfilar a los prisioneros delante del Profeta (B.P.). En un lugar llamado Safraa fue ejecutado Nazir ibn Hariz, uno de los más en­carnizados enemigos del Islam, y en Araqu Sabíe fue ejecutado también Aqabat Ibn Abi Moit.

Esto puede hacer surgir una pregunta: ¿Por qué el Enviado de Dios, si los prisioneros de guerra se tomaban como sirvientes de los combatientes, pudiendo cobrar rescate por ellos, hizo tal discrimina­ción? ¿Por qué quién ordenaba ser bondadoso con los prisioneros decidió la ejecución de estos dos?

Abu Aziz, quien portaba el estandarte de Quraish en la batalla de Badr, narró: “Cuando fuimos tomados prisioneros éramos tan respeta­dos por los musulmanes que, si no tenían con que alimentamos, ellos tampoco comían”.

Podemos deducir de estas evidencias que la ejecu­ción de esos dos prisioneros se realizó para la conveniencia y el bienes­tar del Islam, y no por venganza, ya que eran de los líderes de la impiedad y los que urdían los complots contra los musulmanes. Quizás el Enviado de Dios actuó en la seguridad de que si los dejaba con vida tramarían maniobras peligrosas para los creyentes.

La delegación enviada a Medina

El Profeta ordenó a Abdullah Ibn Rauaha y a Zaid Ibn Hariza llegar lo más pronto posible a Medina y comunicar la noticia del triun­fo del Islam a los musulmanes, avisando de la muerte de los principales jefes de Quraish. Pero justo cuando llegaban, los musulmanes que ha­bían permanecido en la ciudad volvían del entierro de una de las hijas del Profeta, Y así la alegría del triunfo se mezcló con el dolor de esta pérdida.

La noticia produjo en Medina el desconcierto el temor entre los inicuos y los judíos, quienes no querían creer que la noticia fuera cierta, por lo que trataban de desmentirla. Finalmente, la llegada de las fuerzas islámicas con los prisioneros testimonió su veracidad.

Los mequinenses se enteran de la muerte de sus jefes

Heisamen Jasaí fue el primero en llegar a la Meca e informar a la gente de los encarnizados combates librados en Badr y de la muerte de los principales jefes de Quraish. Abu Ráf'ai, quien por entonces era esclavo de Abbás y que posteriormente se convirtió en uno de los más fieles discípulos del Enviado de Dios (B.P.) y del Príncipe de los creyentes Alí (P), narra:

“En aquellos días la luz del Islam había iluminado la casa de Abbás. Él, su esposa Umm Al-Fadl y yo habíamos aceptado el Is­lam, pero por miedo al ambiente de la Meca ocultábamos nuestra fe. Cuando se divulgó la noticia del fracaso de los enemigos del Islam no­sotros nos pusimos muy contentos, pero los demás estaban muy desconcertados y disgustados”.

Abu Lahab, que no había participado de la batalla, se encontraba sentado junto al pozo de Zamzam. Cuando la gente le informó de la llegada de Abu Sufián ibn Hariz, ante lo cual pidió que lo viniera a ver de inmediato. Abu Sufián fue a verlo y sentándose a su lado le informó de lo acontecido. El desconcierto, la contrariedad y el miedo trastor­naron a Abu Lahab. Tras tres días de padecer mucha fiebre y una ex­traña enfermedad, murió.

El asunto de la participación de Abbás, el tío del Profeta, en la ba­talla de Badr, es una de las incógnitas históricas. Fue uno de los prisio­neros del combate. Es contradictorio el hecho de que haya participado del grupo quraishita en Badr siendo que no mucho antes convocaba a la gente de Medina, en la noche del pacto de Aqaba, a defender y apo­yar al Profeta.

La única explicación es la que nos llegó por su esclavo Abu Raf'ai: Abbás era de las personas que, al igual que su hermano Abu Talib, había aceptado el Islam y creía en Muhammad, pero que mantenían su fe en secreto. Esto les permitía contribuir a la causa del Islam y asimismo ayudar al Profeta teniéndolo al tanto de los planes que los quraishitas elaboraban en su contra, como ocurrió con motivo de la batalla de Uhud.

La divulgación de la noticia de la muerte de 70 quraishitas hizo ingresar la tristeza y el dolor en muchas casas de la Meca. Abu Sufián, para mantener a la tribu de Quraish en un estado de ira prohibió toda clase de llantos y lamentos por los muertos, y no permitió tampoco a los poetas hacer poesías (que descargaran sus sentimientos), para no disminuir entre el pueblo la cólera y el deseo de venganza.

En Asuat Mutallib ardían las llamas de la cólera y el dolor por la pérdida de tres hijos. Repentinamente escuchó el llanto de una mujer y supuso que se había levantado la prohibición, que ya se podía llorar a los muertos. Envió a alguien a investigar el asunto, pero le informaron que el motivo del llanto de esa mujer era la pérdida de su camello, lo cual no contrariaba lo decretado por Abu Sufián.

Asuat, en el colmo de la tristeza compuso por esto una poesía, al­gunos de cuyos versos decían:

“¿Es que ella llora por su camello perdido,

y vela por las noches?

No es justo eso, no es justo,

que llore a su camello perdido,

más que llore por los muertos,

muertes que nos quitaron del ser

la majestad y la grandeza.”

El Destino Final de los Prisioneros

Para los prisioneros tomados en la batalla de Badr se dispuso lo siguiente: los que supieran leer y escribir y enseñaran a diez niños mu­sulmanes a hacerlo obtendrían su libertad. El resto obtendría su liber­tad pagando sumas que oscilaban entre 1000 y 4000 dirhams. Los po­bres podían obtener su libertad sin pagar nada.

La divulgación de estas condiciones para la recuperación de los prisioneros generó una gran actividad en la Meca: los familiares de cada uno de los prisioneros de guerra reunieron las sumas de dinero exigidas y se encaminaron a Medina.

Cuando Suhail Ibn Amr, uno de los prisioneros, estaba a punto de ser liberado, uno de los compañeros del Profeta (B.P.) le pidió que le dejara romperle sus dientes para que de ahí en más no pudiera hablar contra el Islam. El Enviado de Dios (B.P.) no se lo permitió y dijo: “Eso (el maltra­to y opresión de los prisioneros) está prohibido en el Islam”.

Abul-Ass, quien era yerno del Profeta (B.P.) por estar casado con su hija Zainab, era un noble y rico comerciante de la Meca. Había desposado a la hija de Muhammad (B.P.) en la época anterior a la misión. Luego, cuando Muhammad (B.P.) recibió la profecía, a diferencia de su esposa no aceptó el Islam.

Fue hecho prisionero en la batalla de Badr y su esposa, que permanecía en la Meca, mandó a Medina un co­llar que le había regalado su madre (Jadiya) en la noche de bodas. El Profeta (B.P.), al ver el collar, se echó a llorar recordando los sacrifi­cios de su esposa, que lo había apoyado en los peores momentos de vida, sacrificando por la causa divina su salud y su riqueza.

El Enviado de Dios (B.P.), por respeto a todos esos bienes que pertenecían a los musul­manes, dijo a sus compañeros: “Este collar les pertenece, y pueden de­cidir lo que deseen. Si quieren devuélvanlo a su dueña y liberen a Abul-Ass sin cargo”. Los compañeros de inmediato dieron el consen­timiento a lo sugerido por el Profeta (B.P.).

Muhammad (B.P.) le pidió entonces a Abul-Ass que dejara que Zainab viajara a Medina, y él, además de per­mitirle viajar, aceptó el Islam.