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Capítulo 14: La Convocatoria Clandestina

La reforma debe llevarse a cabo paulatinamente

Todo conductor y líder de una profunda transformación espi­ritual tiene como meta un cambio profundo del alma humana y la sociedad, pero tal objetivo debe llevarse a cabo en forma gradual, au­mentando el ritmo de esfuerzo y trabajo solamente cuando se han conseguido algunos éxitos.

El Profeta del Islam siguió estos principios pues durante tres años consecutivos trató de difundir su Mensaje sin apresuramiento alguno. Cuando conocía alguna persona y notaba en ella la capacidad y la inteligencia necesaria para aceptar el Islam, la convocaba y trataba de enseñarle.

Durante esos tres años no hizo pú­blico su mensaje, sólo lo transmitía a individuos aislados, aun cuando su meta era mucho mayor: establecer una sociedad universal basada en la Unidad divina y la justicia.

Durante esos años los líderes de la tribu de Quraish vivían una suerte de embriaguez de poder. El faraón de la Meca, Abu Sufián, y sus secuaces jerarcas de Quraish, mostraban sonrisas burlonas cuando escuchaban hablar del llamamiento de Muhammad, decían: “Pronto la llama de su querella se extinguirá y se sumará a la caravana de los olvidados”.

Ellos no molestaron ni insultaron al Profeta (B.P.) durante ese primer período, sino que al contrario lo respetaban. Muhammad (B.P.) tam­poco criticaba de frente a sus ídolos en un principio.

Pero cuando extendió su llamamiento individual y lo hizo general, y comenzó a propagarse entre la gente las críticas que el Mensajero de Dios (B.P.) hacía a la idolatría y la conducta y doctrina inhumana de los quraishitas, se inició la reacción de los jefes mequinenses que despertaron de su letargo y tomaron conciencia de que el llamamiento de Muhammad (B.P.) no era lo que ellos pensaban.

El Profeta (B.P.) rompió el silencio para con sus parientes y luego inició una proclama general hacia el Islam.

Las reformas profundas, que afectan todos los órdenes de la vida de los seres humanos y cambian el curso de las sociedades, necesitan de dos fuertes poderes para propagarse y conservarse:

1) El poder de la elocuencia sabia; aquel que poseen los mensajeros y profetas y que les permite transmitir y explicar la verdad a la gente de una manera sinté­tica, sugestiva y fácil; y 2) el poder de la defensa, para que en ocasio­nes de peligro y ante los ataques del enemigo pueda establecerse una línea defensiva. Si así no fuera la llama de la convocatoria se apagaría a poco de comenzar por el embate de los opresores.

No cabe duda de que la capacidad de expresión y la elocuencia del Profeta (B.P.) eran excepcionales y perfectas. Era mi orador poderoso que con sencillez y fuerza dilucidaba todos los aspectos de la fe. Pero lamentablemente, durante los primeros períodos de la convocatoria careció del segundo poder, ya que sólo había reunido 40 personas que en forma clandestina adherían al Islam.

Un grupo tan pequeño no po­día asumir la defensa de su doctrina (en caso de ataque), y por tal motivo el Profeta (B.P.) hizo un llamamiento especial dirigido a sus parientes cercanos. De esta forma esperaba poder conformar una línea de defensa adecuada.

Y lo logró. Si bien la mayoría de sus parientes no adherían a su mensaje y doctrina, no obstante, lo defendían por ser uno de sus familiares. Sin embargo, su proclama consiguió atraer a algunos jefes de tribu, y logró que otros tuvieran al menos una inclinación ha­cia el Islam.

Muhammad (B.P.) pensaba, y con razón, que el comienzo de toda transformación profunda debe iniciarse desde adentro, en la propia ca­sa y familia. Si quien difunde el mensaje no veda lo ilícito a sus hijos y parientes próximos en primer lugar, jamás logrará que su convocatoria alcance a los demás, quienes objetarían, y con razón, el mal ejemplo de sus propios parientes.

Este plan de acción le fue ordenado al Profe­ta en la siguiente aleya: “Y amonesta a tus parientes más próximos” (Corán 26:214).

La forma en que convocó a sus parientes

Los intérpretes del Corán y los historiadores escriben sobre la forma en que se efectivizó la aleya antes mencionada que ordena amonestar a los parientes próximos. El Profeta (B.P.) ordenó a Alí (P), que en ese momento contaba sólo 15 años de edad, que organizara un banquete e invitara a 45 notables de Banu Hashim. El propósito de es­ta reunión era aclararles los motivos de su profecía.

Lamentablemente una vez terminada la comida y previamente a que el Profeta (B.P.) les dirigie­ra la palabra uno de sus tíos, Abu Lahab, alteró el clima de la reunión pronunciando vanidades sin fundamento. Muhammad (B.P.) decidió que se­ría conveniente concretar su cometido al día siguiente, por lo que volvió a invitarlos a otra comida.

Esta vez sí alabó a Dios, testimonió su monoteísmo y comenzó a hablarles de este modo:

“Alabado sea Dios, a Quien agradezco y pido Su Ayuda, creyendo en Él y me apoyo en Él solo y declaro y atestiguo que no hay otro Dios sino Él, Único, que no tiene asociados (en su Divinidad y Poder). Luego os digo que el guía no os miente: Juro por Dios que no existe otro Dios sino Él, Único, y que soy el Enviado de Dios para vosotros y para todo el mun­do.

Es Él Quien me ha ordenado convocaros diciéndome: ‘Anuncia a tu gente y a los más próximos de ellos’. Todo lo que os pido es que aceptéis dos cosas: testimoniar que no hay Dios sino Dios y que soy Su Enviado.

Juro que morirán como si durmieran y que resucitarán como si despertaran. Luego serán recompensados por lo que han he­cho en este mundo, si bien, con el bien, si mal con el mal, y luego en­trarán al Paraíso eternamente o al Infierno eternamente. ¡Hijos de Abdul Muttalib!, Juro por Dios que no conozco persona alguna que haya traído a los suyos algo mejor que lo que os traigo. Os traigo el bien de este mundo y del otro.

Mi Dios me ha ordenado convocarlos a Él, ¿quién de ustedes me apoyará para ser considerado mi hermano, mi albacea y mi sucesor (califa)?”.

Se hizo un profundo silencio que fue roto por el joven Alí (P) quien se puso de pie y dijo: “¡Enviado de Dios! Yo te apoyaré”. Muhammad (B.P.) le pidió que se sentara y reiteró su pregunta dos veces más. Nadie respondió además de Alí (P). Entonces sentenció el Profeta (B.P.):

“¡Gentes! Este joven es mi hermano, mi albacea y mi sucesor (califa), escúchenle y obedézcanle”. Concluyó entonces la reunión y algunos de los presentes, en son de burla, se di­rigieron a Abu Talib diciéndole: “¡Muhammad te ha ordenado obede­cer a tu hijo y lo ha hecho superior a ti!”.

Lo anterior es una síntesis de lo ocurrido en esa reunión.

La Profecía y el Imamato van juntos

La referencia a la sucesión del Imam Alí (P) en los comienzos mis­mos de la profecía de Muhammad (B.P.) demuestra que ambas fun­ciones -la de Profeta e Imam- no están separadas, sino que se unen como eslabones de una misma cadena.

El suceso antes mencionado -narrado por tradiciones cuya ve­racidad testimonian todas las escuelas islámicas- dan cuenta de la fuerza espiritual y valentía de Alí (P), quien, en una reunión de sus mayo­res más experimentados, los desconcertó con su firmeza en el apoyo a su primo el Profeta, declarando con claridad su rechazo a los enemigos de Muhammad (B.P.).

A pesar de que era con mucho el menor de los presentes, su cate­goría espiritual y preparación era superior, pues la había adquirido de la crianza y enseñanza directa que recibió del Mensajero de Dios (B.P.) desde su más tierna infancia. Eso le permitía, ver, percibir y comprender aque­llo de lo cual los demás dudaban.