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Capítulo 62: El Décimo Año de la Hégira (6ª parte)

El Islam se Perfecciona con la Designación del Sucesor

El punto de vista de los sabios de la escuela shi‘ita es que el cali­fato (sucesión) es un título divino que se otorga al más merecedor, vir­tuoso y sabio de la comunidad. La diferencia precisa entre el Imam (su­cesor guía) y el Profeta, es que el Profeta es el fundador de la Ley islá­mica (Shari'ah), el receptor del Mensaje divino y quien tiene en sus ma­nos el Libro (Corán).

El Imam en cambio asume los asuntos del gobier­no y guía de la comunidad, esclareciendo y legislando sobre aquellas cuestiones que, por falta de oportunidad o de condiciones adecuadas, el Profeta no pudo definir.

El Califa no es entonces solamente un go­bernante y administrador de la comunidad islámica, protector de los derechos, aplicador de las leyes y guardián de las fronteras del territo­rio islámico, sino que además es el intérprete de los temas más compli­cados de la religión y quien la perfecciona en los mandatos y leyes que no fueron estipulados por el fundador por diversas causas.

Sin embargo, el punto de vista de los sabios de la escuela sunnita es que el califa es una autoridad común, y su objetivo es el resguardo de la integridad de la comunidad y el país y las temáticas materiales. Según ellos el califa debía ser elegido por la comunidad y su función era administrar los asuntos políticos, judiciales y económicos.

El resto de los asuntos y y la explicación de aquellos temas que no fueron esclarecidos -por el Profeta-, atañía a los sabios islámicos que debían resolverlas a través de la elaboración de dictámenes en base a las diferentes ramas del Islam (Iytihad). Por tal discrepancia respecto a la esencia del califato se origi­naron dos tendencias dentro del Islam que perduran hasta la actualidad.

Según la primera opinión. el Imam es igual al Profeta en algunos as­pectos y las condiciones imprescindibles para el Profeta lo son también para el Imam (conductor, guía, califa). He aquí esas condiciones:

1) El Profeta debe ser infalible, es decir que no ha de cometer pecados durante su vida ni incurrir en equivocaciones al expresar los man­datos islámicos, los principios de su doctrina y al responder a los interrogantes de la gente. El Imam ha de poseer estos mismos requisitos.

2) El Profeta ha de ser el más sabio en el conocimiento de la Sha­riah (ley islámica revelada), y ningún punto puede ser por él desconoci­do. Puesto que el Imam es el encargado de aclarar lo no transmitido o enseñado durante la vida del Profeta, también ha de ser el más sabio.

3) La profecía es una designación divina y no una elección de la comunidad. El Enviado de Dios es presentado por Dios mismo. Tal autoridad emana de Él, pues sólo es Dios quien conoce al ser humano adecuado para ocupar ese puesto, que gracias a Su merced llega a cono­cer los más pequeños detalles de su doctrina. Lo mismo que el Profeta el Imam es designado por Dios.

No obstante lo antes expuesto, la escuela sunnita opina que nin­guna de las condiciones del Profeta son imprescindibles en la persona del Imam. Ni la infalibilidad, ni la justicia, ni la ciencia ni el conoci­miento pleno de la Ley revelada (Shari'ah).

Sostienen que no necesita de designación divina ni relacionarse con el mundo de lo invisible, sino que le basta con su inteligencia y la consulta con los musulmanes para resguardar la integridad del Islam y proteger la seguridad de su te­rritorio.

En lo que sigue nosotros discutiremos el tema basándonos en una serie de factores sociales y el lector podrá percibir claramente que las circunstancias requerían que, durante su vida, el Profeta (B.P.) resolviera el problema de su sucesión sin dejarlo en manos de la comunidad.

¿La función del Imamato es una designación emanada de Dios, o resulta de la elección de la comunidad? ¿Era imprescindible que el Enviado de Dios nombrara un sucesor, o era mejor que dejara esa responsabilidad a su comunidad?

Los Factores Sociales en el Tema de la Sucesión

No hay duda alguna de que la religión islámica es universal, la cul­minación de las tradiciones religiosas y que, mientras el Enviado de Dios (B.P.) estuviera con vida, él asumía el liderazgo de la comunidad. Tras su fa­llecimiento ese liderazgo debía recaer en el más merecedor de entre los integrantes de la comunidad.

Respecto a este tema existen dos tenden­cias: La escuela shi‘ita cree que ese liderazgo proviene de la designación divina (tansis), mientras que la escuela sunnita cree que es consecuencia de una elección comunitaria (Intijab), y ambas escuelas proporcionan diferentes argumentos para sostener sus opiniones que pueden encon­trarse en los libros de derecho islámico.

Pero lo que aquí deseamos es plantear un análisis de las condiciones imperantes en la época del Men­saje, lo cual puede corroborar una de las opiniones.

Un estudio de la política externa e interna de la era del mensaje (en la época de Muham­mad (B.P.)) nos dice que era necesario que el sucesor del Profeta (B.P.) fuese desig­nado por Dios, puesto que la comunidad islámica estaba amenazada constantemente por un peligroso triángulo formado por Bizancio, Persia y los hipócritas.

Esas amenazas conducirían a guerras, traiciones y ha­rían surgir discrepancias (entre los musulmanes), por lo que la comuni­dad requería que el Profeta (B.P.) designara un líder político que uniera a to­dos en una única fila frente al enemigo externo, y eliminara su influencia y poder -teniendo en cuenta de que cualquier desunión interna sig­nificaba una ayuda al enemigo-.

Un lado de aquel peligroso triángulo lo conformaba el imperio romano de oriente. Esta gran, potencia situa­da al norte de la península arábiga estaba muy presente en el pensamiento del Profeta (B.P.), tanto que no dejó de pensar en el asunto in­cluso hasta los últimos momentos de su vida.

Haciendo un poco de his­toria el primer encuentro militar entre los musulmanes y el ejército cristiano de Constantinopla había tenido lugar en el octavo año de la Hégira en Palestina. El enfrentamiento acabó con el martirio de tres comandantes, Ÿa‘far Taiiar, Zaid Ibn Hariza y Abdullah Ibn Rauaha, y con el triste fracaso del ejército islámico.

La deserción de las huestes del Islam frente al ejército de la incredulidad aumentó la osadía de los ejércitos del César, y en cualquier momento cabía la posibilidad de que el corazón del territorio islámico fuese atacado. Por lo tanto en el no­veno año de la Hégira el Profeta (B.P.), acompañado por un gran ejército, partió hacia las fronteras con Sham a fin de dirigir personalmente cual­quier enfrentamiento bélico con los romanos.

En esa expedición llena de dificultades y padecimientos el ejército islámico logró recuperar su antiguo prestigio y renovar su influencia política en la región. Este triunfo parcial, sin combate, no satisfizo plenamente al Profeta (B.P.), por lo cual días antes de su enfermedad -y previamente a su fallecimiento-­ dio la orden de partida de un ejército hacia las fronteras de Sham, nom­brando a Usamat comandante del mismo.

Deseaba que el enemigo ob­servara su presencia.

El segundo lado del triángulo lo componía el imperio Persa. Su enemistad era tal y la cólera de su rey tan grande que la carta que le envió el Profeta (B.P.) fue destruida y el mensajero que la portaba insultado y expulsado. Este rey además ordenó a su gobernador en el Yemen que arrestara al Profeta (B.P.).

Aunque Josrou Parviz fue asesinado en vida del Profeta (B.P.) el asunto de la independencia del Yemen -que surgiría tras su islamización que ya se había iniciado-, que constituía una colonia per­sa, no estaba lejana, y jamás la arrogancia y el egoísmo de estos monar­cas les permitiría soportar tal situación.

El tercer peligro lo constituía el partido hipócrita, que trabajaba incesantemente como quinta columna enemiga entre los musulmanes. Esa gente tuvo la osadía de atentar contra la vida del Profeta (B.P.) cuando éste regresaba desde Tabuk a Medina. Algunos de ellos creían que con su muerte el movimiento islámico llegaría a su fin, y todos ellos quedarían a salvo.

Tras el deceso del Enviado de Dios (B.P.) Abu Sufián quiso poner en práctica un nefasto plan. Había decido realizar la ba'iat juramento de fidelidad al sucesor del Profeta (B.P.) con Alí (P), y de ese modo colocar a los musulmanes en dos grupos enfrentados -los que seguían a Abu Bakr y los que seguían a Alí (P)-, para posteriormente aprovechar el caos resul­tante en su propio beneficio.

Pero la especial inteligencia de Alí le permitió darse cuenta de las intenciones de aquél y por eso lo rechazó diciendo: “¡Por Dios! que tú no tienes en mente otro objetivo más que la sedición y la corrupción, y no es la primera vez que pretendes encen­der las llamas de la división, lo has intentado reiteradas veces. Sabe que no necesito de tí”.

El poder destructivo de los hipócritas era tan grande que el Corán lo menciona en diferentes capítulos (La familia de Imran, Las mujeres La mesa servida, Los trofeos, El arrepentimiento, La araña, Los confederados, Muhammad, La victoria, La litigante, El hierro, Los hipócritas, y El destierro).

¿Era correcto que con la existencia de tan poderosos enemigos acechando al Islam el Profeta (B.P.) no designara a un sucesor que ocupara el liderazgo político y religioso? Las circunstancias sociales nos dicen que mediante la designación de un sucesor el Profeta (B.P.) podía prevenir todo tipo de discrepancias que pudieran suscitarse tras su fallecimiento, y asegurar así la unidad islámica.

Prevenir cualquier suceso desagradable e inesperado, como por ejemplo que cada grupo quisiera imponer a uno de los suyos como líder, no era posible sin la designación previa de un sucesor. Esta clara circunstancia social nos dirige entonces hacia la ver­dad y la firme y recta convicción de que la función del liderazgo debe provenir de la designación divina.

Basándonos en estos hechos y en otros tantos que se dieron desde los primeros días de la misión hasta los últimos de vida del Profeta (B.P.), veremos que éste planteó la cuestión de la designación y que designó al sucesor, tanto al comienzo como al final de su misión.

La Profecía y el Imamato Marchan Juntos

Haciendo a un lado las argumentaciones filosóficas y racionales so­bre las circunstancias sociales que tornan definitiva la veracidad de la primera opinión antes enunciada (la de la escuela shi‘ita), sabemos ade­más que los dichos y las narraciones del Profeta (B.P.) también lo corroboran. A lo largo de su misión el Profeta (B.P.) presentó reiteradas veces a su heredero y su sucesor, y extirpó la idea de una elección colectiva en cuanto al conductor (Imam) después suyo.

Y no sólo lo hizo al final de su vida, lo hizo también en el comienzo de su misión, cuando aún no habían creído en él más que cien personas.

El día en que se le ordenó advertir a sus parientes más próximos acerca del castigo divino y convocarlos a la religión monoteísta, antes de concretar su convocatoria general, dijo frente a cuarenta y cinco jefes de Banu Hashim: “El primero de vosotros que me secunde será mi hermano, mi heredero y mi sucesor”. Alí (P) se puso de pie y atestiguó su profecía. Entonces anunció el Profeta (B.P.): “Este joven es mi her­mano, mi heredero y mi sucesor”.

Este relato goza de gran fama entre los narradores de tradiciones proféticas, al punto que recibe un nombre especial, pues es denominado “hadizu iaumud dar” y también “hadizu badud-da'uat” (la tradición, de los comienzos de la proclamación del Islam).

En muchas otras ocasiones también, en sus viajes y sus estadías en Medina, Muhammad (B.P.) expresaba claramente la autoridad de Alí, pero ninguno de estos sucesos alcanza la categoría que tiene (en cuanto a claridad de la designación) el acontecimiento del día del Gadir.

El Suceso de Gadir

Terminados los rituales del Hayy, donde los musulmanes aprendie­ron los procedimientos de la verdadera peregrinación del santo Profe­ta éste decidió partir hacia Medina. Se dio la orden de partida.

Cuando la caravana llegó al territorio de Raabeg, a tres millas de distancia de Yuhfa (una de las “estaciones” o “miqats” donde se consagran los pere­grinos), el fiel ángel de la revelación descendió justo en un punto llama­do Gadirul Jum para comunicarle al Profeta (B.P.) la siguiente aleya:

“¡Men­sajero! Proclama lo que te fue revelado por tu Señor, porque si no lo hicieras no habrás cumplido tu misión. Mas Dios te protegerá de los hom­bres; porque Dios no ilumina a los incrédulos” (Corán 5:67).

Los términos de este versículo indican que Dios había encomen­dado al Profeta (B.P.) la transmisión de un asunto importante y de suma de­licadeza, y ¿qué asunto podía ser más importante que la designación de Alí (P) como Califa (sucesor) ante los ojos de cien mil personas?

Se dio la orden de detener la caravana y los que llevaban la delantera esperaron el arribo de los que estaban más rezagados. Era el medio­día y el calor era muy intenso. Los creyentes colocaban una parte de sus mantos debajo de sus pies y otra sobre sus cabezas. Además hicieron entre los árboles una galería a fin de proteger al Profeta (B.P.).

Muham­mad (B.P.) dirigió la oración del mediodía. Luego, mientras la multitud lo rodeaba, subió a un púlpito que le habían preparado con varias montu­ras de camello superpuestas, y en voz bien alta y expresiva dirigió una di­sertación a los presentes.

El sermón del Profeta en Gadir Jum

“La alabanza pertenece a Dios, a Él le imploramos ayuda y a Él nos encomendamos. En Él nos refugiamos de nuestras maldades y nuestros pecados. Dios es la única guía y orientación y a quien Él encamina jamás se desviará. Atestiguo que no hay más dios que Él y que Muham­mad es Su Enviado.

¡Gentes! Es probable que muy pronto acuda a una invitación divina y me vaya de vuestro lado. Yo soy responsable de mis actos y vosotros lo sois de los vuestros. ¿Qué es lo que piensan de mí? ”

Todos exclamaron: “Atestiguamos que tú has cumplido tu misión y has luchado. ¡Dios te conceda una buena recompensa!”

El Profeta (B.P.) preguntó: “¿Atestiguan que Dios es Único, que Muhammad es Su Enviado, y que no hay duda respecto al Paraíso, al infierno y a la vida eterna en el otro mundo?” Respondieron: “Sí, lo atestiguamos”. Agregó: “Dejo entre ustedes dos cosas valiosas y queridas. Ya veré como las trataréis”.

Alguien interrogó: “¿Cuáles son esas dos cosas a las cuales te refieres?” Respondió: “Uno es el Libro de Dios y la otra mi familia y mi descendencia”. “Dios el Altísimo me ha informado que estos dos legados jamás se separarán. ¡Gentes! No pretendan adelantarse al Corán ni a mi descen­dencia, ni tampoco retrasarse. Si lo hicieran perecerían”

Tomando entonces el brazo de Alí (P) y levantándolo hasta que llegaron a verse las axi­las de ambos, lo presentó y preguntó quién era el soberano y el conoce­dor de la felicidad de los creyentes más que ellos mismos, a lo que todos respondieron: “Dios y Su Enviado”.

Exclamó entonces el Profeta (B.P.): “Aquel de quien yo fuera su señor (maula: protector, guardián y maestro), Alí también es su señor” (y lo repitió tres veces)”. ¡Dios! Ama a quien lo ame; protege a quien lo proteja, sé enemigo de su enemigo y amigo de su amigo. Trata con Tu ira a quien no lo ame, haz victorioso a quien lo haga vencedor y humilla a quien lo humille, y conviértelo en el eje de la verdad”.

Vigencia y eternidad del suceso del Gadir

La sabia Voluntad Divina quiso que el acontecimiento de Gadir Jum perdurara a lo largo de los siglos y las eras como una historia vital, atrayente para los corazones y que en todas las épocas los autores islá­micos hablaran a su respecto tanto en sus libros de exégesis coránica, como de historia, de tradiciones y de teología.

Y que también los diser­tantes religiosos lo citaran en sus disertaciones y reuniones, considerán­dolo uno de los honores innegables del Imam. Y no sólo los disertantes (de las oraciones comunitarias de los viernes) sino también los poetas se inspiraron en este acontecimiento volcándolo en sus obras con su ta­lento literario, dejando las más excelentes obras en diferentes idiomas.

Por lo tanto podemos afirmar que este suceso histórico, como muy pocos en el mundo, ha interesado a personas de todos los niveles y capa­cidades, los narradores de tradiciones, los intérpretes del Corán, los teólogos, los filósofos, los poetas y los historiadores.

Uno de los facto­res que hizo a la prevalencia del recuerdo de este acontecimiento fue la revelación de dos versículos a su respecto, y mientras el Corán pre­valezca, jamás podrá borrarse este acontecimiento de las mentes de los hombres.

Ejemplo de lo que decimos es que antiguamente la comunidad is­lámica y hasta nuestros días la comunidad shi‘ita considera esta fecha una de las grandes fiestas religiosas. Si recurrimos a los libros de histo­ria constatamos que el décimo octavo día del mes de Dhul Hiyya era conocido como el día de la fiesta del Gadir.

Dice incluso Ibn Jalkan, al referirse a la época de Almusta'la Ibn Mustansár: “En el año 487 de la Hégira, que corresponde a la fiesta del Gadir, la comunidad le dio la ba’iat a Almusta'la Ibn Mustansár”. También escribe respecto a Al- Mustansár padre del califa mencionado: “En el año 487 Al-Mustansár falleció cuando restaban doce noches para la culminación del mes de Dhul Hiyyah. La noche de su fallecimiento coincidía con la fiesta del Gadir”

En su obra “Al-Asarul Baqiah” Abu Raihan Al-Biruni considera a la fiesta del Gadir una de las más celebradas entre los musulmanes. Y también Sa'alabi la considera una de las noches más famosas en la co­munidad islámica.

La causa de la celebración tuvo lugar el mismo día del Gadir, cuando el Enviado de Dios (B.P.) ordenó a los muhayirún (emigra­dos) y a los ansár (auxiliares de Medina) y también a sus esposas, diri­girse a la tienda de Alí (P) y felicitarlo por el galardón recibido. Relata Said Ibn Arqam: “De entre los emigrados los primeros en visitar a Alí (P) fueron Abu Bakr, Umar, Uzmán, Talha y Zubair. Las felicitaciones y el ba'iat juramento de fidelidad continuaron hasta el ocaso.

Otros factores para la prevalencia del suceso

Para aquilatar la importancia y validez de este suceso es suficien­te saber que fue transmitido por 110 compañeros del Profeta (B.P.). Naturalmente esto no significa que de tantas personas sólo unas pocas lo ha­yan relatado, sino que sólo en los libros de la -escuela sunnita figuran 110 de ellos.

Es cierto que el Enviado de Dios (B.P.) ofreció su disertación ante 100.000 personas, pero también es cierto que la vasta mayoría de ellos pertenecía a los rincones más lejanos del Hiyaz, y que de ellos no se han transmitido dichos o actos proféticos. Seguramente muchos de ellos lo hicieron pero la historia no pudo grabar sus nombres. En el caso de haber sido registrados, no han llegado hasta nosotros.

Durante el siglo II de la era islámica, llamado “la era de los tabi'ún” (lit. “los seguidores”, es decir la segunda generación que conoció a los contempo­ráneos del Profeta (B.P.), relatando dichos recibidos de ellos), 89 diferentes tabi'ún relataron también el acontecimiento. En los siglos siguientes los transmisores del suceso del Gadir pertenecieron a la escuela sunni­ta.

Trescientos sesenta de ellos lo narran en sus respectivos libros, y un gran número de ellos confirma su veracidad y firmeza. En el siglo III, 93 sabios; en el siglo IV, 43 sabios, en el V, 24; en el VI, 20; en el VII, 21; en el VIII, 18; en el IX, 16; en el X, 14; en el XI, 12; en el XII, 13; en el XIII, 12; y en el XIV, 20, han relatado el suceso.

Y a un grupo de éstos no le bastó con transmitido en sus obras, sino que tam­bién escribió libros respecto a la documentación y el contenido del mismo.

El gran historiador islámico Tabari ha escrito un libro titulado “Al-Uilaiat fi turuq hadizi-l-Gadir” (“La Uilaiat -primacía- en los senderos del hadiz -narración- del Gadir”) en el cual transmite el suceso según 75 diferentes versiones. Ibn Aqade Al-Kufi, en su libro “Uilaiat” lo transmitió de 105 personas diferentes. Abu Bakr Muhammad Ibn Umar Al-Bagdadi, conocido como Yamani, lo relata de acuerdo con 25 vías diferentes.

De los grandes Muhaddizín (recopiladores y transmisiones de tradiciones proféticas) podemos citar a: 1) Ahmad Ibn Hanbal Al-Sheiba­ni, quien relató el suceso basándose en 40 documentos provenientes de otras tantas cadenas de transmisión;

2) Ibn Hayar Al-Asqalani (25 documentos); 3) Yazari Al-Shafi'i (80 documentos); 4) Abu Sa‘id Al-Sa­yestani (120 documentos); 5) Amir Muhammad Al-Iamani (40 docu­mentos); 6) AI-Nisa'i (250 documentos); 7) Abul-Ala' Al-Hamdani (100 documentos); y 8) Abul Irfán AI-Heban (30 documentos).

Independientemente de éstos 26 historiadores han escrito libros respecto del tema. Tal vez hayan existido otras personas que también lo hicieron pero la historia no los ha registrado1. Los sabios de la es­cuela shi‘ita han escrito valiosos libros sobre este histórico aconteci­miento.

El más completo de ellos es “Al-Gadir”, escrito por la poderosa pluma del famoso autor islámico, el gran sabio y combatiente Ayatullah Amini. Y debe saber el lector que en este capítulo se ha aprovechado mucho de su obra.

La continuación del acontecimiento

Luego de haber pronunciado su sermón, dijo el Profeta (B.P.): “¡Gentes! Acaba de descender el ángel de la revelación y reveló: Hoy os he perfeccionado vuestra religión, os he agraciado generosamente y os he elegido el Islam por religión” (Corán 5:3).

Enseguida se alzó la voz del Profeta (B.P.) pronunciando el tak­bir (¡Dios es el Más Grande!) y agregó: “Agradezco a Dios que perfec­cionó su religión y nos agració con Sus mercedes, y se satisfizo por la sucesión y la herencia de Alí (P) después de mí”.

Luego descendió del púlpito y ordenó a Alí (P) dirigirse a una tienda para qué los grandes lo felicitaran y realizaran la ba'iat. Antes que nadie Al-Sheijan (los dos Sheij: Abu Bakr y Umar) lo felicitaron y lo nombraron su maulá (se­ñor y maestro).

Aprovechando la oportunidad y luego de pedir permiso al Profeta (B.P.), el poeta islámico Hisan Ibn Zabit de inmediato compuso algunos versos que recitó en presencia del Mensajero de Dios (B.P.). He aquí dos de sus ver­sos:

“Dijo a Alí (P): Levántate, ¡Oh Alí!, Que estoy satisfecho con tu sucesión y tu liderazgo después de mí. De quien soy su señor, Alí es su señor. Síganlo y ámenlo sinceramente”.

A lo largo de la historia este acontecimiento fue la más grande prueba del honor y el privilegio de Alí (P) por sobre todos los otros discí­pu1os del Profeta (B.P.).

El Príncipe de los creyentes, en la reunión del consejo del califato formada tras el fallecimiento del segundo califa, y también durante el califato de Uzmán y en su propio califato, tam­bién se apoyaba en este hecho. Otras personalidades del Islam lo utili­zaron para refutar a quienes rechazaban los derechos de Alí (P).

  • 1. La mayoría de estas cifras las hemos extraído del tomo primero de la monu­mental obra “AI-Gadir”.