Capítulo 65: El Décimo Primer Año de la Hégira (2ª parte)
Las Últimas Llamas de la Vida
El desconcierto y la tristeza reinaban en Medina. Con los ojos llenos de lágrimas y los corazones doloridos los creyentes rodeaban la casa del Profeta (B.P.). Las informaciones que de allí provenían daban cuenta de la gravedad de su estado y eliminaban cualquier esperanza. La gente supo así que al Profeta (B.P.) no le quedaban más que unas horas de vida.
Un grupo de sus discípulos deseaba estar cerca suyo pero la gravedad de su estado no permitía que estuvieran en su habitación más que su familia. La querida hija y único recuerdo del Profeta (B.P.), Fátima (P), estaba sentada junto a su padre observando el brillo de su rostro. Veía como el sudor de la muerte, como un racimo de perlas, brotaba de su semblante.
Zahra, llena de congoja y con un nudo presionando en su garganta murmuraba el siguiente verso compuesto por Abu Talib: “El brillante, el respetuoso rostro por el cual se pide la lluvia, la personalidad que es el refugio de los huérfanos, y el protector de las viudas...”
En ese momento el Enviado de Dios (B.P.) abrió sus ojos y en voz baja le dijo a su hija: “Esta es una poesía que Abu Talib compuso para mí, pero lo más adecuado es que recites la aleya que dice:
“Muhammad no es más que un Mensajero a quien precedieron otros mensajeros. ¿Por ventura si muriese o fuese muerto volveríais a la incredulidad? Mas quien volviera a ella, en nada perjudicará a Dios, y Dios remunerará a los agradecidos” (Corán 3:144).
El Profeta (B.P.) Habla con su Hija
Todos sabemos que los sentimientos de los grandes hombres hacia sus hijos se debilitan debido a las numerosas actividades, objetivos e ideales que los ocupan durante tanto tiempo, privándoles de expresar el cariño a sus hijos. Sin embargo, los grandes hombres espirituales constituyen una excepción a esta regla.
Pese a sus grandes objetivos, ideales y ocupaciones, la posesión de un espíritu perfecto no les permite que una parte de sus obligaciones le impida cumplir con otra. El cariño del Profeta (B.P.) hacia su única hija viva era modelo del sentimiento humano, al punto que el jamás emprendía un viaje sin antes despedirse de ella, ni regresaba sin visitarla antes que a nadie.
Cuando estaba frente a sus esposas respetaba debidamente y solía decir a sus discípulos: “Fátima es una parte de mi cuerpo. Su satisfacción es mi satisfacción y su ira es mi ira”. Cuando miraba a Zahra recordaba a la más inmaculada y cariñosa mujer del mundo, Jadiya, quien se sometió a las más extremas penurias por la misión santa de su esposo, en la cual gastó sus bienes y riquezas.
Todos los días que el Profeta (B.P.) permaneció en su lecho de enfermo Fátima estuvo a su lado y trató de no alejarse de él ni siquiera un instante. En determinado momento el Profeta Muhammad (B.P.) le indicó que se acercara más. Cuando lo hizo le habló en voz baja y los que rodeaban su lecho no pudieron oír nada de lo que decía. Cuando terminó, Zahra lloró desconsoladamente.
En ese momento le dijo que volviera a acercársele y le habló otra vez. Esta vez Zahra sonrió. Los dos estados de ánimo contradictorios demostrados por Fátima asombraron a los presentes, quienes le pidieron que les comunicara lo dicho por el Profeta (B.P.). Pero Zahra dijo: “No revelaré el secreto de mi padre (mientras el viva)”.
Tras su fallecimiento, y por la insistencia de Aisha, ella se lo transmitió. Dijo: “En primera instancia mi padre me informó sobre su muerte afirmando que su enfermedad era incurable. Por eso lloré desconsoladamente. En la segunda oportunidad me comunicó que yo sería la primera persona que se reuniría con él. Esa noticia me hizo feliz”.
Las Últimas Voluntades del Profeta (B.P.)
Durante el curso de su enfermedad el Profeta (B.P.) daba suma importancia a los consejos. Lo que más recomendaba en sus últimos días de vida eran la oración y el buen trato de los criados. Aconsejaba: “Trátenlos bondadosamente. Ocúpense de su alimentación y su vestimenta, háblenles suavemente; traten de ser simpáticos y amables con todos en general”.
Cierta vez Ka'ab Ahbar preguntó al segundo califa que había dicho el Profeta (B.P.) durante sus últimos momentos de vida. Umar señaló al Príncipe de los creyentes, que se encontraba presente en la reunión, y le sugirió que le preguntara a él. Alí (P) dijo: “Decía el Profeta, mientras permanecía con su cabeza sobre mi hombro: ‘As-Salat. As-Salát’ (¡La oración! ¡La oración!)”.
Entonces agregó Ka'ab: “Los profetas que lo precedieron habían advertido lo mismo”.
Cuando la vida del Profeta se estaba apagando abrió sus ojos y dijo: “Llamen a mi hermano para que me acompañe”. Todos descubrieron que se estaba refiriendo a Alí (P). El comandante de los creyentes se sentó junto a su lecho y presintió que el Enviado de Dios (B.P.) deseaba levantarse. De inmediato lo ayudó a hacerla y lo sostuvo sobre su pecho.
Poco después las señales de la agonía se hicieron presentes en su noble ser.
En cierta oportunidad alguien le preguntó a Ibn Abbás: “¿En los brazos de quién expiró el Profeta (B.P.)?” Respondió: “El santo Profeta (B.P.) falleció en brazos de Alí (P)”. El hombre acotó: “Pero es que Aisha afirma que era ella quien lo sostenía”. Ibn Abbás la desmintió y dijo: “No es cierto, estaba en brazos de Alí (P), y éste y mi hermano Fadl fueron los encargados de realizarle la purificación”.
El comandante de los creyentes confirma esto en uno de sus sermones cuando dice: “Ciertamente el alma del Profeta (B.P.) se desprendió de su cuerpo mientras permanecía sobre mi pecho. Yo mismo dirigí la purificación y los ángeles me ayudaban”.
Relata un grupo de los muhaddizín (narradores de tradiciones y dichos proféticos) que la última frase pronunciada por el Profeta (B.P.) fue la siguiente: “La, ma'a rafíqi-l-a'la” (¡No!, con el Compañero Altísimo).
Es como si el ángel de la revelación le hubiera dado la oportunidad de elegir entre curarse y permanecer en la tierra o dejar que su alma se elevara y viajara al otro mundo. Y se explica su preferencia por la compañía allí anunciada en la siguiente aleya coránica:
“Porque quienes obedezcan a Dios y a Su Enviado se contarán entre los agraciados de Dios: los profetas, los sinceros, los mártires y los virtuosos. ¡Qué excelentes compañeros los suyos!” (Corán 4:69).
El Día del Fallecimiento
La santa y pura alma del Mensajero de Dios (B.P.) levantó vuelo hacia la morada eterna un mediodía del día 28 del mes de Safar del XI año de la Hégira. Fue colocada sobre su cuerpo una tela yemenita. El llanto de las mujeres y los parientes cercioró a los que rodeaban la casa de que el gran Profeta (B.P.) había fallecido.
No mucho después la noticia se difundió en toda la ciudad, Umar gritaba fuera de la casa que el Profeta (B.P.) no había fallecido, sino que Dios lo había elevado vivo hacia Él. Un grupo estaba por apoyar su afirmación cuando de pronto uno de los discípulos de Muhammad (B.P.) (según los relatos de la obra de Al-Bujari era Abu Bakr) recitó la siguiente aleya:
“Muhammad no es más que un Mensajero a quien precedieron otros mensajeros, ¿Por ventura si muriese o fuese muerto volveríais a la incredulidad? Mas quien volviera a ella, en nada perjudicará a Dios, y Dios remunerará a los agradecidos” (Corán 3: 144).
Luego de esto el que sería el segundo califa cesó con sus exclamaciones.
El Príncipe de los creyentes Alí (P) purificó el inmaculado cuerpo del Profeta (con los baños mortuorios rituales) y lo amortajó, dado que el difunto había dicho: “El más cercano a mí será quien me purifique”.
Alí (P) descubrió su rostro y mientras le brotaban lágrimas de los ojos decía: “¡Be Abi anta ua Ummi! (expresión árabe que se usa para demostrar gran amor y cariño), con tu deceso la cadena de la profecía, el mensaje divino y las noticias de los cielos se han acabado (lo que jamás sucedería con la muerte de nadie salvo la suya).
Si no hubiera sido porque nos has recomendado ser pacientes frente a las calamidades, ten por seguro que yo derramaría tantas lágrimas por tí que llegaría a secarse la fuente de la cual nacen. De todos modos, nuestro dolor persistirá después de ti. ¡Be Abi anta ua ummi! Recuérdanos en la otra vida no nos olvides”.
Alí (P) fue la primera persona que realizó la oración del muerto para el Profeta (B.P.). Después sus fieles oraron en grandes grupos. Los rituales continuaron hasta el mediodía del día martes. Su sepultura fue hecha en la misma habitación en que falleció y fue preparada por Abu Ubaida Ibn Yarrah y Said Ibn Sahl. Alí (P) lo sepultó ayudado por Fadl y Abbás.
Y así finalmente se puso el sol de la vida de quien, con sus incansables sacrificios, cambió el rumbo de la humanidad y abrió las más brillantes páginas de la civilización. Tras ello se suscitaron muchas dificultades en la continuidad de su mensaje y sus objetivos. Lo más destacado fue el problema del califato (sucesión) y el liderazgo de la comunidad islámica.
Ya antes de la muerte del Profeta (B.P.) se veían como inminentes los efectos de la desunión entre los musulmanes. Esa parte de la historia del Islam, a pesar de ser muy precisa, delicada e importante, se encuentra fuera del tema principal de este libro. Damos por lo tanto fin a nuestras palabras y agradecemos a Dios el habernos brindado la merced de poder escribir esta vida del Profeta del Islam (B.P.).
“Recuerda, ¡Oh Mensajero!, cuando los incrédulos intrigaban contra ti, para capturarte, matarte o expulsarte. Intrigaban ellos e intrigaba Dios, pues Dios es el Mejor de los que intrigan” (Corán, 8:30).